Monitor Nacional
A un cielo estrellado: entre la urbe y el campo
Portada | Andrea Martinez
6 de enero de 2016 - 5:25 pm
Paisaje-MN
Los márgenes no sólo ofrecen la belleza de cielos profundamente azules, sino cierta autenticidad

Solía decir que jamás podría vivir fuera de la ciudad. Adoraba el D.F. con todas sus entrañas caóticas, perderme en el metro y caminar las calles del centro.  Después la vida daría algunas vueltas y terminé mudándome a una ciudad pequeña al sureste de Canadá llamada St. Catharines. El silencio de las noches era ensordecedor y el centro de la ciudad constaba de cuatro calles. Su población: 160 mil habitantes.  Aunque la mayor parte de mi vida estaba concentrada en mis estudios, al pasar los años fui descubriendo que la asfixia que inicialmente me provocaba, se iba convirtiendo en aprecio. Durante los meses de verano tomaba mi bicicleta y me iba a los campos de la región del Niagara a disfrutar del cielo azul y el aire puro. A veces salíamos a caminar por un trecho boscoso del Bruce Trail que cruza gran parte del Este canadiense, y en los fines de semana las opciones de salidas se reducían a dos o tres, lo cual hacía la elección bastante fácil. Siempre los mismos bares, las mismas bandas de música, la misma gente.

En otra vuelta de la vida, después de cinco años de vivir en Canadá, me moví a Barcelona. Al llegar, me di cuenta que algo había cambiado en los últimos cinco años. La ciudad me imponía, y el no ver el horizonte me parecía extraño. Anhelaba el poco tiempo que hacía a la universidad y ya no era tan emocionante tomar el tren todos los días. Me robaron en diferentes ocasiones: cartera, bicicleta, celular, mochila. Empecé a pensar que tal vez lo de las ciudades grandes no era lo mío.  Por esas fechas viajé a Irlanda por primera vez, y aunque me recibió con lluvias torrenciales, me enamoré profundamente.

En menos de un año ya estaba viviendo y estudiando en la pequeña ciudad de Cork, al sur de Irlanda. Una vez más horizontes amplios y cielos limpios me saludaban a diario. Me era posible correr diariamente en las afueras de la ciudad y ver el río, los árboles y el musgo sobre el camino. Mis compañeros del doctorado, provenientes de Inglaterra, Canadá, Estados Unidos, se quejaban con frecuencia. Ciudad inculta, pequeña, de bares viejos. Sin festivales de cine, sin grandes museos, sin una vida cultural rica, sin la heterogeneidad del multiculturalismo. Yo entendía. También extrañaba todo aquello, y las pocas exhibiciones de arte que había, por lo general resultaban bastante patéticas y tristes. Pero no podía unirme a su club de quejas sobre mi querida isla.

Es verdad que comparado con el resto de Europa Occidental, Irlanda es … un pueblito. Su historia post-colonial con Inglaterra y su inestabilidad económica a partir de su independencia no ha contribuido a atraer grandes movimientos culturales y migratorios. Es verdad que en comparación a Alemanes, Daneses, y Holandeses, los Irlandeses son bastante obtusos, aún arraigados al pasado católico y conservador. Pero todo esto no logró disminuir mi gran cariño. Me adapté hasta tal punto que me conocía el carnicero, el dueño del bar, los meseros del café, e incluso comencé a cantar semanalmente en un restaurante mexicano. Me encantaba siempre encontrarme con alguien en la calle, y que si se me antojaba salir sola, siempre había alguien dispuesto a hablar conmigo. Pero más que eso, si me sentía triste o desesperada por alguna razón, podía salir a correr junto a los campos y ver el cielo azul que se abría en todas direcciones. Con frecuencia iba a la capital  porque era parte de una banda de música, pero aún como ciudad grande e histórica, no me conmovía de la manera que lo había hecho Cork, y de hecho me resultaba tedioso tener que caminar grandes distancias o pagar por transporte público.

Regresé a México hace dos años. Sigo apreciando su gran riqueza cultural y su gran variedad de oferta en espectáculos y actividades, pero el tren de vida no me termina de acomodar. Gente viene y va a esta ciudad y todos me dicen que es magnífica. Hay muchos defeños que juran por su ciudad y prometen nunca dejarla. Yo no me siento así. Extraño los amplios cielos, el silencio profundo, las calles empedradas, y rostros que me reconocen en mi camino.

Hablando con una gran amiga proveniente de Baja California, nos confesamos que nosotras no estamos tan convencidas que esta sea la vida que queremos. El tráfico, las distancias, los horarios, la segregación. Ambas hemos vivido en partes periféricas, no siempre en el centro social y cultural de un país. Ella en la playa, yo en el campo. Los márgenes no sólo ofrecen la belleza de cielos profundamente azules, sino cierta autenticidad como producto del rezago propiciado por las urbes y los centros turísticos. Los cielos limpios que abren abanico de azules y regalan estrellas ayudan a aclarar la mente y los sentimientos. Queridos lectores, en este nuevo año, les deseo muchos cielos estrellados.

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