Acoso callejero: desde mi propia voz

En esta ocasión, estuve pensando mucho acerca sobre qué escribir mi siguiente artículo de opinión, creo que cada día hay algo nuevo de qué hablar y acontecimientos que parecieran no importar van adquiriendo relevancia conforme pasa el tiempo. Por lo cual escoger únicamente un tema que me parezca relevante se torna cada vez más complicado.

Hoy, escribo esto porque me es imperativo dar a conocer mi punto de vista acerca de un fenómeno que ha estado mermando en mi día a día desde hace ya varios meses. Finalmente, creo que para eso es este espacio, para comunicar lo que a veces no me atrevo a decir y tratar de concientizar a cualquiera que tenga la oportunidad de leerme.

Soy estudiante de segundo semestre a nivel profesional en el Tecnológico de Monterrey campus Guadalajara, casi todos los días camino (tan solo algunos metros) hacia mi universidad, y de un tiempo para acá, he visto incrementar acciones que antes no me acechaba tan de cerca: el acoso callejero.

Estas acciones van desde el hecho de que me chiflen, me avienten besos o me digan piropos, hasta algo tan simple como el que me observen fijamente en mi camino a casa. Es algo que sufro de distintas maneras prácticamente todos los días, tanto en las mañanas como en las noches, pero principalmente ya que el sol se ha puesto y comienza a oscurecer. Como si la oscuridad brindara alguna especie de seguridad sobre sí mismos a los sujetos que realizan estos actos.

Me invade una sensación de incomodidad e inseguridad que no puedo controlar, la mayoría de las veces hago caso omiso, pero en más de una ocasión me han dado ganas de responder de alguna manera a mis agresores, porque de eso se trata: de una agresión. Sin embargo, no lo hago, lo más que he hecho es lanzar alguna mirada molesta, de desaprobación, porque tampoco puedo rebajarme a su nivel. Creo que es claro quién saldría perdiendo.

Es aquí donde me pregunto, ¿qué se supone que haga? Si el contestarles no es una opción, y darles una plática acerca de porqué lo que hacen no es correcto y cómo además atenta contra mi persona, dudo que cause algún impacto en ellos. Es claro que las opciones son pocas, y casi siempre se reducen a lo mismo: caminar lo más rápido que pueda mientras reservo mi enojo para mí misma.

No obstante, esto me parece de lo más injusto. Ni yo, ni ninguna otra persona merece sufrir a costa de este fenómeno. Hace unos días veía un vídeo de cómo “buitreaban⬝ a una estudiante en el campus CUCEI de la Universidad de Guadalajara, y honestamente me pareció algo de lo más indignante. Como si nunca hubieran visto una mujer en su vida, y lo peor es que es nuestra misma cultura y sociedad la que lo normaliza, haciéndolo parecer como si no se estuviera cometiendo falta alguna en esa acción.

En verdad es una vergüenza que sigan ocurriendo este tipo de acciones, más aún dentro de centros educativos. Creo que nadie merece pasar por esto, pero sobre todo que nadie, absolutamente nadie debería verlo como algo normal y mucho menos correcto, porque ahí empieza el problema. El acoso callejero no es un juego, no da risa, no se justifica y no es normal. Es una manera de agredir a otra persona, en una acción tan inevitable como caminar unos cuantos metros a casa todos los días.

Me parece que nadie debería enfrentarse a la sensación de inseguridad que experimento al salir tarde de la escuela mientras camino a mi casa. Y el hecho de que además deba sufrir acoso callejero por el simple hecho de ir por la vida existiendo, simplemente me resulta inaudito. En verdad espero que cada persona pueda ser un poco más consciente de sus acciones porque juego o no, broma o no, tienen un impacto en la vida de alguien. Empezamos tratando de ignorarlo, pero llega un momento en que ya no se puede.

No hay día que anhele más en que estos temas puedan ser tomados y hablados con la seriedad que se debe. Porque en verdad este es tan solo uno de los muchos problemas que no hacen más que reflejar la falta de educación y cultura, entre otras carencias sociales, que experimenta la mayoría de la población en nuestro país.