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Alfred Hitchcock y su fascinacion por las rubias

Ciudad de México.- Alfred Hitchcock (13 de agosto de 1899 – 29 de abril de 1980) es conocido por ser el mejor director de suspenso, y, entre otras cosas, por firmar sus obras con cameos. De esta forma, el público recordaba que estaba viendo una película de Hitchcock porque: «Los actores aparecen y desaparecen, pero el nombre de los directores debería permanecer claramente en la mente del público», decía el director.

Hitchock tenía fama de prepotente y misógino. Le encantaba ser adorado, y ser el centro de atención en todas las conversaciones. En cuanto a las mujeres, sentía predilección por las «nórdicas» –como él las llamaba– porque las consideraba misteriosas y frívolas; eran más fáciles de fotografiar en blanco y negro y de resaltar su elegancia y frialdad. Hitchcock tenía muy claro que sus protagonistas serían rubias, y sino se teñirían, como lo tuvieron que hacer Madeleine Carroll, Joan Fontaine o Ingrid Bergman.

Y, sobre todo, tenía que sentir que podía moldear a su antojo a su musa: «Debo tener en cuenta si es la clase de chica a la que puedo dar forma como la heroína de mi imaginación. Debe tener verdadera belleza y juventud», expresó Alfred Hitchcock. Recordamos a Alfred Hitchcock en el 113º aniversario de su nacimiento. Todas las declaraciones que se recogen en este artículo están sacadas del libro «Las damas de Hitchcock» del biógrafo norteamericano Donald Spoto (2008).

«Rebeca» (1940). Joan Fontaine

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El reparto para encarnar a «Rebeca» no fue nada fácil. Vivian Leight no daba a cámara para el papel. Por tanto se lo disputaron entre tres actrices: Margaret Sullavan, Anne Baxter y Joan Fontaine. Esta última, la menos conocida y con menos experiencia, lo consiguió por ser «demasiado tímida y remilgada hasta extremos insoportables»; de esta manera la definieron Alma Reville (asistente de dirección y esposa de Hitchcock) y el guionista Joan Harrison. Fontaine escribió en su autobiografía sobre Hitchcock: «Nos caímos bien, y me dí cuenta de que estaba de mi parte. Tenía una extraña manera de comportarse, como bien saben los actores que han trabajado con él. Su lema es “divide y vencerás”. Deseaba total lealtad, pero solo a su persona.»

El director quiso que durante el rodaje Fontaine no se confiase, y que siempre mostrase esa inseguridad y timidez que tan bien iban a su papel: «Hitchcock intentaba dividirnos. Quería ejercer un control absoluto sobre mí y parecía disfrutar con el hecho de que los actores de la película no se cayeran bien entre ellos al final del rodaje. Eso ayudó a mi interpretación, ya que se suponía que mi personaje estaba aterrorizada por todo el mundo, y aportó mucha tensión a mis escenas. Aquello le permitía ejercer el mando, y formaba parte de la confusión que buscaba.

Para su satisfacción me mantuvo en la cuerda floja; pero no me dio lo que yo más necesitaba, que era confianza.» La actuación de Fontaine no fue muy buena. Hitchcock suprimió los planos de los «grandes momentos» para disimular que Joan no estaba a la altura. Además, tras terminar el rodaje, tuvieron que volver a grabar una docena de frases sueltas de la actriz para que su actuación se puliese en la sala de montaje. Joan Fontaine también fue protagonista,  junto a Cary Grant, de «Sospecha» (1941).

«Recuerda» (1945). Ingrid Bergman

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«Recuerda» es la primera de las tres películas que Ingrid Bergman rodó con Alfred Hitchcock. Además, fue el principio de una amistad que duró hasta la muerte del director. Cuando comenzó el rodaje de «Recuerda», Hitchcock se enamoró perdidamente de Bergman, fantaseaba con conseguirla y con estar con ella. Sin embargo, la actriz lo veía como una figura paterna.

Y a pesar de su negativa y no correspondencia, se sintió orgullosa por conservar su amistad. Ingrid Bergman, la protagonista de «Recuerda», no se creía su papel; no veía creíble la historia de amor entre ella (psiquiatra) y Gregory Peck (director de un centro psiquiátrico y enfermo mental). Pero entre David O. Selznick, productor del film, y Hitchcock la convencieron. Uno de los motivos que la impulsaron al papel fueron las imágenes oníricas que Salvador Dalí diseñó para esta película; la actriz se quedó fascinada.

En algunos momentos, Bergman se veía incapaz de transmitir lo que Hitchcock le pedía en algunas escenas. Después de la muerte del director, la actriz comentó que: «Se sentaba y me escuchaba con paciencia, y cuando yo ya creía que me lo había ganado, me decía muy dulcemente: “Ingrid, cariño, fíngelo”. Así era como Hitchcock conseguía lo que quería. Y, por lo general tenía razón». Hitchcock modeló la actuación de Bergman con ternura. Sin embargo no ocurrió lo mismo con Gregory Peck que dijo que: «la verdad es que no me ayudó en casi nada y eso que tenía tan poca experiencia que estaba seguro de que necesitaba que me dirigieran mucho (…) Se limitaba a decirme que lo que tenía que hacer era vaciar mi rostro de toda expresión y que entonces me fotografiaría». Bergman también fue protagonista junto con Cary Grant en «Encandenados» (1946), una de las obras maestras de Hitchcock, y «Atormentada» con Joseph Cotten (1949).

«La ventana indiscreta» (1954). Grace Kelly

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Grace Kelly Hitchcock declaró sobre esta película que: «Se trató de una experiencia muy satisfactoria porque fue el epítome del enfoque subjetivo: un hombre mira, observa y reacciona ante una mujer incluso más que una situación». El personaje que encarna James Stewart es exactamente el alter ego de Alfred Hitchcock, que observa a través del encuadre (la ventana), inventa historias, pone nombres a los personajes, y entre ellos destaca una rubia que es la protagonista de la trama. Hitchcock encontró en Grace Kelly los ingredientes perfectos para moldear a su nueva heroína: frialdad y sensualidad. El director la descubrió por los papeles que hizo en «Solo ante el peligro» (Fred Zinnemann, 1952) y «Mogambo» (John Ford, 1953). Con 23 años, la actriz rodó la primera película con Hitchcock, «La ventana indiscreta». Después protagonizó dos películas más: «Crimen perfecto» (1954) y «Atrapa a un ladrón» (1955). Hitchcock se enamoró perdidamente de Grace Kelly. Un amor platónico, puro e inalcanzable que le hacía recordar a la fantasía vivida con Ingrid Bergman.

«Psicosis» (1960). Janet Leigh

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Cuando Janet Leigh rodó «Psicosis» –la película que le dio la fama absoluta en su carrera cinematográfica– tenía 32 años, dos hijos y estaba casada con Tony Curtis. Cuando Hitchcock la conoció en una reunión de preproducción, la advirtió diciéndole: «Mi cámara es el amo absoluto, yo cuento mi historia a través de la lente, y por lo tanto necesito que usted se mueva cuando ella se mueve y que pare cuando ella para. Confío en que sabrá encontrar la motivación adecuada para seguir el movimiento.

Estaré encantado de que trabajemos juntos, pero no tengo intención de cambiar un solo movimiento de cámara.» La famosa escena de la ducha ha dado mucho de qué hablar, incluso hasta nuestros días. Janet Leigh siempre dejó claro que Hitchcock nunca le pidió que interpretase esta secuencia desnuda. Sin embargo, Jack Barron, el supervisor del maquillaje, recordó que el director le dijo que estuvo intentando convencerla para que la rodase desnuda. También le propuso rodar desnuda algunos planos para la versión europea de «Psicosis». Pero ella siempre se negó. Hitchcock, por su enfermedad y al verse solo, comenzó a temer a la muerte, y este miedo lo reflejó en tres de sus películas: «Con la muerte en los talones»; «Psicosis» y «Vértigo».

 

Alfred Hitchcock sintió el desprecio de la industria cinematográfica estadounidense, ya que estuvo nominado en cinco ocasiones al Oscar al mejor director por «Rebeca», «Naúfragos», «Recuerda», «La ventana indiscreta» y «Psicosis», pero nunca obtuvo la estatuilla. Hasta el final de su carrera cinematográfica no recibió ningún premio como director. En 1968 en la ceremonia de la Academia, recibió el Irving Thalberg, que premia a personajes significativos en el mundo de la producción cinematográfica. Cuando Hitchcock subió a recogerlo, cabizbajo y serio en todo momento, llegó al micrófono y, aunque algunos esperaban un ingenioso e irónico discurso, el director sólo se limitó a decir «gracias». Alfred Hitchcock no recibió ni un Oscar, ni tan siquiera el honorífico. Aunque él mostraba indiferencia por ello, en privado y en lo más íntimo mostró su amargura. A sus pocos amigos se refería al premio como una «eterna dama de honor, jamás novia». Sin embargo, en público mostró su impasibilidad ante el Oscar cuando decía: «¿Para qué quiero otro sujetapuertas?».