Monitor Nacional
Aprender a Enseñar
Portada | Andrea Martinez
22 de julio de 2015 - 12:35 pm
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Si piensas en términos de un año, planta una semilla; en términos de diez años, planta árboles, en términos de 100 años, enseña a la gente. Confucio

Parte de la fórmula para ser un buen maestro es haber tenido excelentes modelos a lo largo de la vida. En ese sentido, me considero afortunada. En cada etapa de mi vida he tenido ejemplos de amor a la enseñanza, desde mi maestra de literatura en la prepa, hasta los profesores en la carrera que marcaron mi pasión por la filosofía. Cada uno de ellos transmitía su amor por las letras y por el conocimiento, su interés en nuestro aprendizaje e incluso en nuestras vidas. También he tenido la fortuna de dar clases en tres países distintos: en Canadá, Irlanda y  ahora en México. He visto cómo la cultura moldea las clases, los alumnos, y su relación con los maestros; he conocido las diferencias culturales y sociales al escuchar sobre sus vidas, y he aprendido a quererlos sin importar diferencias de edad,  intereses y de personalidad.

Cuando impartí clases de psicología en Canadá, el trato era más distante, los alumnos se interesaban principalmente por los exámenes y las calificaciones, su motivación principal era de carácter pragmático. Inclusive nos pedían a los tutores que si nos encontrábamos a algún alumno en un ámbito social, no estableciéramos conversaciones con ellos, para evitar interpretaciones ambiguas sobre la relación maestro-alumno. En Irlanda, en un ambiente más relajado, pocos eran los estudiantes que leían, pero eran apasionados en las discusiones y compartían sus opiniones y sus puntos de vista en mi clases de filosofía y ciencias sociales. El sistema educativo en Irlanda, donde cada alumno tiene derecho a que el Estado pague su colegiatura y a recibir una cantidad mensual, es difícil motivar a los alumnos. Muchos ven a la universidad como fiesta, alcohol y amistades solamente, ya que no tienen que hacer mucho esfuerzo para mantenerse en ella. Finalmente, aquí en México, la cercanía con mis alumnos se basa no sólo en su interés por aprender, sino también por conocerse a nivel más personal. Los alumnos buscan un vínculo emocional, tal vez que los motive a interesarse en las clases. Estos lazos emocionales, aunque ricos, a veces hacen que uno pueda cuestionar la objetividad con ellos, pero es con ellos con quien mi sentido de obligación como maestra es más intenso.

La relación alumno-maestro es una relación muy especial, que se tiene que cuidar como cualquier otra relación humana. Como autoridad dentro del salón de clase, como guía, como consejero, inclusive como amigo, uno debe dar y recibir desde un punto muy íntimo. Creo que como maestro uno debe permitirse aprender de estas conexiones, aprender con ellos y de ellos para poder enseñar de mejor manera. Incluso cuando los horarios son pesados, cuando los días son largos, o cuando los problemas personales ocupan nuestro espacio mental, debemos dejar un espacio libre para nuestros alumnos. Una clase mal enseñada es una falta de respeto a ellos y a nosotros mismos. Como profesora de licenciatura, me parece que es importante servir de modelo de lo apasionante que puede ser el conocimiento. Creo que es mi obligación acercarlos a preguntas y cuestiones que jamás hubieran imaginado. Para esto, uno debe relacionar ese conocimiento, esas teorías con el mundo en el que ellos viven. Hablar desde el pódium es fácil, pero saber aterrizar con ellos denota interés y motivación de nuestra parte. Un maestro que no sabe conectar con sus alumnos, es un maestro que no sabe enseñar.

Desgraciadamente en nuestro país es común que los maestros hayan tomado esa vocación ya sea por necesidad o por accidente, porque no lograron algo más dentro de su ámbito laboral. Esto, evidentemente, tiene mucho que ver con la economía de nuestro país, la falta de empleos, o los salarios raquíticos que todos enfrentamos. El resultado catastrófico de este fenómeno son maestros cansados, que no preparan sus clases, maestros frustrados cuyo interés está muy lejos del salón de clases. Hay ausentismo, un uso excesivo de ponencias por parte de los alumnos, desinterés y por lo tanto se proyecta una imagen de que la educación es una transacción sólo de calificaciones y asistencias, donde ambas partes sólo esperan que se termine el día para hacer cualquier otra cosa. Qué pasión le podemos transmitir a nuestros estudiantes de esa manera? Cuando el conocimiento es simplemente un trámite para pasar el examen, para sacar la carrera, y no un bien en sí mismo. ¿Dónde quedó el concepto del Alma Mater, de la universidad como la madre de almas por que las cultiva y las inyecta de sabiduría? ¿Dónde quedó la figura del profesor como fuente de inspiración y respeto por su conocimiento detallado de su área?

En la educación de nuestros jóvenes está la posibilidad de una visión distinta de nuestro futuro. Habrá muchos motivados en sus casas, muchos cuyo deseo de aprender no será truncado por malos maestros, pero hay aquéllos para los que un maestro puede hacer la diferencia.

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