Monitor Nacional
Arquitectura emocional: los cimientos de un México harto
Portada | Javier Malo
17 de agosto de 2015 - 8:40 am
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La Ciudad de México, nos invita a emocionarnos, emocionarnos de una forma tan sutil y extraordinaria que podría pasar inadvertida para los rutinarios, sin embargo, nuestro subconsciente y el pensamiento en lo colectivo, inevitablemente suben a éste viaje que va más allá de ‘La ruta de la amistad’.

El maestro Mathías Goeritz y su ‘Arquitectura emocional’ revolucionó la forma de pensar, la arquitectura tradicional y pensar en la persona, en aquello que podría combinar lo estético y lo funcional en lo urbano, para generar opinión, generar emociones y generar un ciclo de creatividad.

Se dice que Diego y Siqueiros lo tachaban de loco, joto, pagado por Wall Street y muchas cosas más, así que efectivamente generó pensamientos para todo tipo de público. En algún momento también el mismo arte conmociona de Goeritz, aunque ahora aclamado, en su momento por muchos se quiso ver derrumbado; Para comenzar entender mejor de lo que refiero, comencemos con un trabajo de Goeritz que todo buen defeño conoce, las torres satélite, que en su momento representaron la modernidad en México, pero para muchos significó un radicalismo que merecía demolerse.

La exhibición que nos brinda la oportunidad de ver el gesto místico de Goeritz, actualmente se encuentra en Palacio de Cultura Banamex – Palacio de Iturbide, organizada por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, España, en colaboración con Fomento Cultural Banamex, A.C. y Fundación Amparo, I.B.P.

Bajo la extraordinaria curaduría de Francisco Reyes Palma y la asesoría de Cristina Gálvez Guzzy, la arquitectura emocional cobra vida en este espacio del Centro Histórico y acompañados de la mística serpiente de Goeritz, hacemos un recorrido para entender la misión de crear espacios, obras y objetos que apelaran a la máxima emoción en el espectador, desde 1954.

‘Yo nací a los 30 años’ decía Goeritz y posiblemente ahí vemos la obra entonces de un niño pródigo, de un ‘niño’ que vivió en el camino que se ilumina con la sátira que lo hizo un auténtico ‘Hartista’.

En 1960 Goeritz manifestó:

“Estoy harto de la pretenciosa imposición de la lógica y de la razón, del funcionalismo, del cálculo decorativo y, desde luego, de toda la pornografía caótica del individualismo, de la gloria del día, de la moda del momento, de la vanidad y de la ambición del bluff y de la broma artística, del consciente y subconsciente egocentrismo, de los conceptos inflados, de la aburridísima propaganda de los ismos y de los istas, figurativos o abstractos. Harto también del griterío de un arte de la deformación, de las manchas, de los trapos viejos y pedazos de basura; harto del preciosismo de una estética inadvertida que festeja la exteriorizada belleza de lo destruido y podrido; harto de todas esas texturas interesantes y de los juegos vacíos de una educación puramente visual o táctil. No menos harto estoy de la abundante ausencia de la sensibilidad que, con dogmas oportunistas, sigue presumiendo todavía, de ser capaz de sacar jugo a la copia o a la estilización de una realidad heroicamente vulgar. Estoy harto, sobre todo, de la atmósfera artificial e histérica del llamado mundo artístico, con sus placeres adulterados. Quisiera que una silla sea una silla, tal y cual, sin toda la enfermiza manifestación inventada en torno suyo. Estoy harto de mi propio yo que me repugna más que nunca cuando me veo arrastrado por la aplastante ola del arte menor y cuando siento mi profunda impotencia.

Estoy convencido, por fin, que la belleza plástica, en la actualidad, se presenta con más vigor donde menos invierte el llamado artista.

Habrá que rectificar a fondo todos los valores establecidos: ¡Creer sin preguntar en qué! Hacer o, por lo menos, intentar que la obra del hombre se convierta en UNA ORACIÓN PLÁSTICA.”

La manifestación anterior, se encuentra en la planta alta de la exhibición que habita temporalmente en Palacio de Iturbide y efectivamente, está colocada con un cálculo preciso en el momento donde apreciamos un antes y un después de éste niño ‘que nació a los 30 años’ y tuvo oportunidad de crecer en México; Goeritz es un hombre que también llega a México tras una historia de conflicto en Europa, el mismo que nos importó –en la ambivalencia de la palabra importar- grandes mentes que maquetaron un nuevo México.

Pese a todo lo anterior, pareciera que después de estos años, muchos artistas actuales ‘heroicamente vulgares’ no logran entender qué es lo que hace que no se vendan de una forma vana éstas construcciones, que en realidad sólo tienen el fin de generar un entorno de significado que manifieste la emoción de nuestro entorno.

La Ciudad de México se cimienta en detalles, algunos son ahora parte de la memoria colectiva, luego del terremoto de 1985, por ejemplo. Parte de esos detalles, tienen una función específica enunciada: la arquitectura emocional.

Visitar ésta exhibición es hacer un viaje al interior de la mente de Mathías Goeritz y la vida emocional de la Ciudad de México; visitar ésta exhibición es dejarnos conquistar detalle a detalle de éste proceso que se volvió monumental.

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