Bohemian Rhapsody: Un primer intento decoroso y muy contagioso.

Bohemian Rhapsody

No existe banda sin un líder, aunque serlo no es nada fácil, la energía y actitud que tenía Freddie Mercury lo hacía parecer un trabajo bastante sencillo. Lo verdaderamente difícil para la 20th Century Fox, fue llevarla por fin a todas las salas de cine, después de superar varios obstáculos. Originalmente en 2010, el también británico Sacha Baron Cohen, que había sido elegido para protagonizar la biopic, abandonó el proyecto por algunas diferencias creativas. Pero eso no es todo, casi con la mitad de la cinta grabada, su director Bryan Singer fue despedido ante varias inconsistencias en su trabajo, tomando su lugar el inglés Dexter Fletcher con la encomienda de terminarla.

A pesar de todo lo que tuvo que pasar, Bohemian Rhapsody logra su cometido, entretener al espectador con una extraordinaria producción que recrea las mejores canciones de la banda británica. La celebración musical es condescendiente para aquellos que no conocían a Queen, pero para los fans de hueso colorado, el resultado se quedará corto al no profundizar en los detalles, ni revelar ningún secreto de Freddie Mercury.

Sus directores olvidaron diseccionar las emociones, probablemente por encargo de dos miembros de la banda que fungieron como consultores durante la filmación. Aun así, al igual que Mercury dejó una huella imborrable en la música, Rami Malek lo hará como un legendario histrión. Avanza el filme, y nos envuelve con cada movimiento, sus ademanes naturales, que se advierten estudiados, son perfectamente bien ejecutados. La prótesis dental que incomoda al inicio, después deja de llamar la atención. Lo mismo sucede con sus otros compañeros Gwilym Lee, Ben Hardy y Joseph Mazzello, que dan vida al grupo de inadaptados, sin nada en común, que tocan para otros inadaptados. Y por supuesto a la refinada Lucy Boynton, —la enigmática Raphina de la película Sing Street— como Mary Austin, completan el magnífico ensamble.

Los musicales son apabullantes, en especial los veinte minutos que pasaron a la historia como el mejor concierto de rock, el 13 de julio de 1985 en el Estadio Wembley de Londres, cuando la banda participó en Live Aid interpretando: Bohemian Rhapsody, Radio Ga Ga, Hammer to fall, Crazy little thing called love, We will rock you y We are the champions, donde tuvieron el mundo a sus pies.

Entre muchas de las cosas que debemos admirar, y aprender de Freddie, es la capacidad de superar las obstáculos, encontrar la manera de seguir divirtiéndose, y redoblar esfuerzos, después de enterarse de que por sus venas corría el virus del SIDA. En una palabra, su resiliencia. Celoso de su vida privada y sus emociones, el mito se vuelve eterno con el legado atemporal de sus canciones, algunas convertidas en himnos. Bohemian Rhapsody defiende ese deseo, y su intimidad sigue siendo privilegio de unos cuantos.

Por ello el reinado de Roger Taylor, Brian May, John Deacon y Freddie Mercury merece ser eterno, y aunque por dentro el corazón se esté rompiendo, el show debe continuar.

Wilmer Ogaz.