Monitor Nacional
Camino a un nuevo feminismo: ¿Hacia la reforma o el canibalismo?
México lindo y kafkiano | Alan Díaz Díaz
3 de abril de 2017 - 10:31 am
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Los eventos recientes sólo avivan más una acalorada discusión actual y recurrente ¿es el feminismo relevante hoy en día? ¿Es benéfico para nuestra sociedad? ¿Es necesario? Y  de ser así ¿cómo debemos conducir su ejercicio?

México es una tierra extraña donde todo puede pasar, y pasa. Pareciera nuestras autoridades están envueltas en una competencia, donde cada uno tiene la difícil tarea de decidir qué situación provocarán para superar las andanzas de sus antecesores. En este marco no carente de noticias  vimos cómo hace días una gran parte de México se vio conmocionado ante las declaraciones del juez que dejarían en libertad a uno de los ya infames “Porkys” bajo argumentos totalmente absurdos.

Aunque es ciertamente alentadora la reacción de la sociedad mexicana, la cual ha repudiado dicha decisión prácticamente de forma unánime, el hecho en sí ha desatado una pregunta cada vez más común: ¿cuál es el estado de la mujer en México? ¿cuál es su verdadera situación en otras partes del mundo? Pregunta razonable, más aun en marzo, donde celebramos el Día Internacional de la Mujer.

El cuestionamiento se posiciona en medio de la conversación común y rápidamente la discusión se calienta. Por un lado, un segmento poblacional e ideológico que ha alcanzado un crecimiento considerable en la última década y media: el feminismo; por el otro, sus disidentes. Y usted, lector, de tener redes sociales, habrá notado la avalancha de contenido relacionado a este tema, cuyo tema común es la denuncia del cúmulo de malas situaciones que tienen que soportar las mujeres.

Si alguna vez ha entablado conversación con alguna de las personas que se dicen seguidoras del feminismo, seguramente observó que en algún punto del diálogo (casi siempre es en el primer minuto) esta persona ha desviado la conversación a cómo el feminismo tiene una muy mala imagen hoy en día, seguido de algún comentario sobre cómo aquellos que tienen esa imagen están muy equivocados.

En el punto de la popularidad se tiene algo de razón, Emma Watson, en su famoso discurso que recapitulaba la trayectoria de su campaña personal HeForShe apuntó al hecho de que la palabra feminismo ha adquirido una connotación negativa. Esto es más evidente al observar encuestas conducidas por la firma PerryUndem, donde se muestra que en los Estados Unidos sólo 18% de la población se considera a sí misma como feminista; también es observable en campañas digitales como Women Against Feminism. ¿Cómo poder explicar este hecho? ¿Se puede corregir?

La verdad es que la medición de la popularidad del feminismo es muy truculenta, porque a pesar de los ejemplos anteriores se puede observar el crecimiento y prevalencia de contenido altamente pro-feminista en medios de alta importancia; además, en la mayoría de los campus de Estados Unidos, Canadá, Reino Unido y demás países (fenómeno que parece se está extendiendo a nuestras propias universidades, con menor fuerza) el feminismo no es sólo popular, sino que es la escuela de pensamiento reinante.

Así es, en los últimos 15 o 20 años las cátedras universitarias y el área intelectual se han visto fuertemente invadidas por la ola feminista, proveyéndonos el más reciente caso de una ideología marginada que en última instancia se convirtió en la norma. Aun así, lo que interesa aquí es pensar en el porqué del disgusto reciente del público con el feminismo.

Lo voy a decir de una vez: existe un problema con el feminismo actual, y uno grande. Este problema tiene varias capas: una intelectual, una discursiva, una internacional y una dialogal.

En la capa intelectual, producto directo del feminismo interseccional y del apogeo de los estudios de género, vemos multitud de problemas: La creación de términos como mansplaining y manspreading, los cuales no tienen justificación alguna, donde en su esencia se observan claramente características que el feminismo normalmente aborrecería como el sexismo y la generalización, que van envenenando el discurso público; el rechazo de la biología, insistiendo en que el género es una construcción social, negando que cualquier género pueda tener inclinaciones naturales a poseer intereses diferentes o a desarrollar habilidades diferentes.

La propagación de mitos es también común: Un primer ejemplo es el tema del abismo salarial en países primermundistas como Estados Unidos (en los países en desarrollo es diferente), donde se dice que es de 23 centavos de dólar respecto a los hombres, sin notar que dicho abismo no existe (salvo casos muy extraños) gracias a un marco jurídico bien elaborado desde la creación del Equal Pay Act (hace 54 años).

Otro ejemplo es el mito de que 1 de cada 5 mujeres en un campus será violada (o violentada sexualmente de alguna forma), una clara evidencia de que la definición de violación se ha deformado y ampliado a extremos absurdos, además que muestra la propagación de la noción de que vivimos en una cultura que apoya la violación, cuando el verdadero número es 1 de cada 52.6, el cual es alarmante, pero al parecer no tan alarmante para los que promueven los primeros números. Ambos mitos son producto de malas investigaciones y mal manejo de la estadística, promovido por una agenda ideológica, minando poco a poco la credibilidad de esta corriente.

En la capa discursiva-social vemos cosas ridículas como la persecución de la industria de los videojuegos por personajes como Anita Sarkeesian, la cual los acusa de ser sexistas y de promover estas ideas, la promoción de la idea de que la principal causa de la derrota de Hillary fue la misoginia de la sociedad estadounidense, el discurso que afirma que existe una objetificación única y desmedida de la mujer en la publicidad, el ignorar los numerosos problemas enfrentados por los hombres en la práctica mientras en el discurso dicen trabajar por ambos géneros, la cacería de brujas en las universidades con una epidemia de acusaciones de violación falsas que han acabado con las reputaciones y las carreras de numerosos hombres, el rechazo general de la cultura occidental y sus productos, conceptos como los trigger warnings y las micro agresiones que en conjunto derivan en una extrema victimización de la mujer y en una infantilización del género al buscar constantemente “espacios seguros”  y figuras de autoridad que las protejan de ideas diferentes a las suyas.

En lo respectivo a la capa internacional diré que al feminismo actual le falta una visión más local y analítica al examinar los acontecimientos de hoy. No parece distinguir que la situación de las mujeres es extremadamente distinta al comparar países como Arabia Saudita o Irán junto a Estados Unidos o Inglaterra; por un lado porque se niega a criticar (como sucede en el liberalismo moderno) a culturas que realmente tienen un problema de sexismo cultural y verdaderamente institucionalizado, como la musulmana, en aras de no aparecer como políticamente incorrectos; y por el otro porque se niega a aceptar los enormes logros que se han tenido en el Occidente desarrollado, donde las mujeres son un grupo completamente liberado y donde pocos problemas existen ya respecto a este tema, insistiendo en que las mujeres en estos lugares viven igual de oprimidas (o hasta más) que las del Medio Oriente.

Este último problema es harto relevante al hablar de la situación mexicana, porque manejar la perspectiva conspiranoica de que todas las mujeres en el mundo viven bajo opresión y en una situación extremadamente desventajosa cuando un simple vistazo y el sentido común nos dicen lo contrario promete ser el mayor lastre que cargará el feminismo y que le impedirá promover su causa a otros sectores.

En México existen numerosos problemas relacionados a las mujeres y que por ser tan repudiables y vergonzosos exigen su tratamiento inmediato. Ciertamente nuestra situación no es parecida a la de nuestros vecinos del norte, nosotros tenemos que lidiar con problemas mayores de prostitución, feminicidios y con la situación de intentar llegar a una legislación que garantice el pago igualitario efectivo (por poner un par de ejemplos contundentes y sencillos). El problema es intentar hacer encajar esta situación particular con el paquete ideológico ofrecido por el feminismo estadounidense que importamos a través de nuestras casas educativas, y que viene mezclado con todos los problemas mencionados en los párrafos anteriores, los cuales (gracias al retraso que tenemos de todo lo imitado a EEUU) por suerte hasta ahorita no hemos heredado a nivel sociedad, sólo a nivel educacional, aunque esto también es preocupante.

Y es aquí donde llego a la última y más crucial capa: la dialogal. El más grande problema del feminismo actual es la capacidad que tiene para que sus miembros la blinden contra toda crítica. Es común que si usted apunta cualquier defecto de esta ideología a una persona feminista simplemente le diga que todo ello no representa al verdadero feminismo, esta ruta (al tomar el camino fácil de usar la falacia de “ningún escocés verdadero” para quitarse del problema) sólo indica la tendencia de las feministas a hacer algo que dicen repudiar: generalizar.

Y es que el feminismo no es un monolito de carácter puramente benévolo, tiene muchas caras, facetas y opiniones (algunas veces hasta encontradas), y podemos ver muchas de estas caras son problemáticas. Pero el feminismo actual se niega a verse como un movimiento diverso y con defectos que se pueden (y se deben) corregir. Es verdad que muchas de las creencias y posturas arriba mencionadas son radicales (y hasta extremistas), pero lo son en el sentido de que se desvían del discurso que se podría considerar sensato y racional, no porque muy pocas personas lo compartan. La verdad es que ese discurso se va esparciendo como una plaga en nuestro discurso cotidiano, como una especie de gangrena que amenaza con comer internamente al movimiento.

Actualmente el feminismo de la tercera ola se ha convertido en un aparto de censura de la disidencia, cerrándole puertas inclusive a feministas notables como Christina Hoff Sommers que se atreven a hacer una crítica del movimiento. Esta actitud de que criticar esta multitud de aspectos negativos implica tirar por la borda todos los beneficios y aspectos positivos que el feminismo nos ha traído sólo envenena el ambiente necesario para una verdadera conversación acerca de qué nos falta como sociedad en materia de género (especialmente en países que necesitan esta discusión, como el nuestro).

Así que el feminismo debe aprender a mirarse en el espejo y ver sus errores, sus puntos débiles, qué ha descuidado en esta última década. Debe aprender a engancharse en una discusión real con otras posturas. Se tiene una oportunidad todavía para rescatar al feminismo como algo valioso del lodazal en el que él mismo se ha metido. Pero como todo proceso de redención éste implica el reconocimiento de que en algún punto se ha desviado el camino.

El feminismo actual pide a gritos una reforma. Aunque ahorita solamente los críticos externos insisten en empujarlo en esa dirección sólo sus miembros pueden lograr este cambio. Si se rehúsan corren el riesgo de que el movimiento muera a manos de su adversario más letal: él mismo.

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