Monitor Nacional
Ciudad de México: clase social y el espacio
Portada | Andrea Martinez
13 de octubre de 2015 - 5:51 pm
Pobreza-MN
La pobreza, la violencia y la inseguridad comparten el trono en un país donde hasta la organización de su ciudad refleja la opresión de gran parte de su población

Hace dos años que regresé a vivir a la Ciudad de México. Después de 10 años de residir en el extranjero, los detalles de esta ciudad que alguna vez me pasaron inadvertidos, ahora me saltan a la vista en mi vida diaria. Un aspecto que siempre me ha causado frustración e interés es el clasismo mexicano, que permea todos los aspectos de nuestra vida. El lenguaje, por ejemplo, denota la marcada división social: naco, Godínez, hipster, lobuki, mirrey. La convivencia de clases a partir de su división: las trabajadoras domésticas, choferes,  guardaespaldas, jardineros, etc., al servicio de la clase privilegiada mexicana. Y la generalizada obsesión con el estatus: marcas, restaurantes, coches, revelan a un mexicano constantemente preocupado ya sea por mantener su estatus o por alcanzar uno más alto. Nada nuevo bajo el sol, y aunque muchas de estas características las compartimos con el resto del mundo, el clasismo tan marcado en México hace que ciertas prácticas y dinámicas resulten casi ridículas. El video de generación 2015 de los alumnos del Instituto Cumbres, por ejemplo, proyectó descaradamente un segmento inalcanzable para muchos de la sociedad mexicana que no sólo se enorgullece de su separación, sino que mofa y ridiculiza aquél inferior a él. Los numerosos videos de las Lady’s que exigen un trato diferente en distintos establecimientos a partir de su poder económico, político, social, etc. La carta de aplicación a un posgrado extranjero de un potencial alumno que explica uno de los momentos más reveladores de su vida fue al darse cuenta que su “muchacha”  también tenía derecho a una vida digna, sana, a educación y justicia. Los ejemplos sobran y cada uno de ellos representa a una sociedad dividida que poco se conoce y poco se quiere conocer.

La organización del espacio urbano es una radiografía del cuerpo de la sociedad mexicana que muestra la metástasis de un cáncer a lo largo de sus arterias y células. Basta caminar por lugares como Santa Fe o Tecamachalco para darse cuenta de que los únicos transeúntes por sus calles son los trabajadores: albañiles, trabajadoras domésticas, jardineros, paseadores de perros. El espacio exterior es “reservado” para la clase obrera, mientras que sus habitantes se transportan en coches y camionetas. Una de las razones obvias de este fenómeno es la inseguridad, que en una sociedad tan dividida, impone fronteras a la población porque parte de ella teme, sí, teme, a la otra. Rejas, estaciones de policía particulares  que regulan la entrada y salida de vehículos,  alarmas de seguridad evidencian el temor al exterior, el temor a aquél “otro” que no conozco pero que seguramente desea tener lo que yo tengo. Y es verdad, la inseguridad en México es un producto directo de la pobreza y la desigualdad social, y si ambas de tan obvias y dramáticas resultan ofensivas, muchos habrá que justifiquen el uso de la violencia.

La plaza comercial de Paseo Interlomas, ubicada en una de las zonas más privilegiadas de la ciudad es también reflejo de nuestra sociedad sectaria. Afuera de los restaurantes, esperan los choferes, guardaespaldas, gente de seguridad. Hombres morenos, trajeados y de corbata hablan por sus celulares y dan indicaciones. Ninguno de ellos comprará en Swaroski, ninguno se sentará a la mesa del Suntory. Una vez más, su rol es relegado al exterior, afuera de la tienda, de la plaza, del restaurante. Forman parte de un paisaje urbano sin que éste los incluya, sin que nada les pertenezca.

El manejo del espacio es también revelador. Las áreas verdes de las Lomas son un respiro a comparación de gran parte de la ciudad. Sus calles están cuidadas y la basura no es el acompañante constante en el trayecto del peatón. Sin embargo, estas áreas verdes no las disfruta la mayoría de los habitantes de sus colonias. Las miran a través de sus camionetas pero caminarlas resulta indeseable. La situación cambia cuando caminan por las calles de Viena, Amsterdam, Oslo. Claro, en estas ciudades la brecha de la desigualdad social no es un abismo, no provoca ira, frustración, desesperanza. Fotos de políticos británicos, incluyendo al mismo David Cameron, han aparecido en el periódico The Guardian cuando viajaban en el metro londinense. No fue parte de una campaña política ni en fechas especiales, sino simplemente figuras públicas con cargos oficiales que no temen ni rechazan el contacto con el resto de su población.

La pobreza, la violencia y la inseguridad comparten el trono en un país donde hasta la organización de su ciudad refleja la opresión de gran parte de su población. Tal vez por eso el Alto Comisionado de la ONU, en su visita a México, Zeid Ra’ar Al Hussein señaló firmemente la impunidad generalizada en el país. “En vez de matar al mensajero, enfoquémonos en el mensaje”, dijo, refiriéndose a los informes sobre las violaciones a los derechos humanos en México. Pero el mensaje no sólo proviene de la prensa independiente, ni de las tasas del crimen. El mensaje está en todos lados y a pesar de las rejas, los portones, y las alarmas, nos mira de frente en las arterias de nuestra ciudad.

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