Monitor Nacional
Con la soga en el cuello
Al fondo del asunto | Daniel Ortega
12 de abril de 2016 - 8:27 pm
columna
En el 2011 63 de cada 100 mujeres de 15 años o más fueron víctimas de algún tipo de violencia por parte de su pareja

“Hija, no salgas después de las 12 de la noche porque te va a pasar algo”, “No llore, que no es un hombre”, “Fue su culpa. Sabe que tiene un carácter fuerte y aun así no lo obedece”.

Alguna vez en nuestras vidas hemos escuchado comentarios como estos, ya sea por parte de desconocidos, amigos, familia e incluso nosotros. Esta cultura machista con la que los mexicanos hemos crecido afecta más áreas de nuestra vida de las que pensamos. Entonces surge la pregunta: ¿qué importancia tiene? Muchas personas lo consideran algo normal de nuestra sociedad y, por ende, no ven la necesidad de hacer nada para cambiarlo. Y ¿por qué deberían? Al fin y al cabo no es algo que afecte de manera negativa a nuestra sociedad, ¿o sí? El machismo es, en realidad, el origen de mucha violencia en nuestro país, aunque mucha gente se niegue e verlo.

La definición del machismo, de acuerdo a la RAE, es la actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres. Sin embargo, considero que esta definición está incompleta, así que tomare la definición de Mariana Castañeda ofrecida en su libro El machismo invisible: conjunto de creencias, actitudes y conductas que descansan en las ideas de la polarización de los sexos, donde el masculino es superior al femenino. La anterior definición incluye una premisa que, aunque obvia, es importante reconocer y esa es la diferenciación de lo masculino y lo femenino.

Dentro de esta definición general, existen dos tipos de machismo: el invisible y el visible.  El primero se refiere a las acciones o prácticas que no presentan violencia física y son aceptadas, ignoradas e incluso defendidas por la gente. Pueden ir desde burlarse de un compañero usando “niña” como insulto por estar llorando, hasta el código de vestimenta escolar que prohíbe a las mujeres usar ropa “provocativa”. Una vez que se está consciente de ello, resulta imposible no verlo. Sin embargo, hay gente que aún lo considera normal.

Un padre que le enseña a su hijo a no mostrar sus sentimientos se justifica diciendo que un hombre debe ser así. Si esto es dañino, el segundo tipo de machismo lo es aún más, ya que involucra la violencia física y tiene como máxima expresión el feminicidio.

Según datos del INEGI, en el 2011 63 de cada 100 mujeres de 15 años o más fueron víctimas de algún tipo de violencia por parte de su pareja u otras personas; 43 de cada 100 mujeres que han tenido una relación – pareja, matrimonio o noviazgo – han experimentado al menos un episodio de violencia por parte de su pareja; dentro del periodo del 2013 al 2014, fueron asesinadas en promedio siete mujeres por día. Si estos hechos no son lo suficientemente sorprendentes, se ha dicho que el nivel de violencia en estos actos va al alza conforme pasan los años.

Muchos parecen considerar que el machismo se ha ido reduciendo y no queda mucho de él, pero esto, como ya lo comprobamos, está muy lejos de la realidad. Si bien es cierto que la situación se ha transformado, no significa que se haya aminorado. Un cambio importante es que ahora, en lugar de enorgullecerse de ser machista, se niega o se oculta. Al principio, esto podría parecer un avance. Sin embargo, resulta contraproducente e incluso peligroso.

Si una persona machista se comporta como tal, pero lo niega o lo oculta, será mucho más difícil poder cambiar su manera de pensar y actuar. Lamentablemente, a tal grado hemos llegado que esta inconsciencia no sólo se presenta en los hombres, sino también en las mujeres.

Si es alarmante que los hombres se consideren superiores a las mujeres, los es aún más que las mujeres estén de acuerdo. A pesar de lo ilógico que pueda sonar, las mujeres también pueden ser machistas. Al burlarse de un hombre por ser “afeminado” o, simplemente, aceptando que sus parejas las golpeen, las mujeres contribuyen a que este cultura de machismo continúe. Tan irreal es la situación que muchas incluso lo justifican. “Pues claro que lo van a molestar. Si él no quiere que pase eso, entonces que actúe como un hombre tiene que ser”.

Ya que reconocemos la situación, ¿qué procede? ¿Qué tenemos que hacer para que la situación mejore? La respuesta no viene de políticas públicas que sancionen estos comportamientos, sino de la sociedad misma. Cómo es que se espera que las reformas legales funcionen si los valores de la sociedad siguen corrompidos. Debemos de darnos cuenta que, para que las cosas cambien, es necesario comenzar con nosotros. Primeramente tenemos que ser conscientes de las actitudes y prejuicios que nosotros tenemos para, después, poder educar a los que están a nuestro alrededor. Sí, el camino es complicado y tomará su tiempo, pero ¿acaso no lo vale?

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