Monitor Nacional
Corrupción: el complemento incómodo de la democracia en América Latina
Latinoamérica | Redacción
18 de noviembre de 2016 - 1:44 pm
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En América Latina el gobierno sigue siendo la persona cuyo poder ha de emerger desde un proceso de independencia o quizás tras la destitución de un antecesor

En décadas recientes, la democracia en América Latina se ha consolidado con dificultades. El problema de la generalidad de los países latinoamericanos es la imposibilidad de ponernos de acuerdo acerca de quién será facultado para ejercer el poder. La realidad actual es que, a pesar de que reconocemos que la democracia es la mejor forma de gestionar el poder, no estamos obteniendo los resultados que deberíamos ver materializados. Vivimos en un continente en el que la democracia no siempre se concentra en establecer Estados garantes de los derechos de los individuos.

En ocasiones, los valores que promete la democracia se dejan al aire. Los casos de corrupción como los que han ocurrido en Chile, Brasil y México, son ejemplos de la manera en que la democracia se ve entorpecida. Las instituciones están permeadas de este mal que prevalece a través de la alternancia del poder. En el caso de Chile, después del gobierno de Sebastián Piñera, la credibilidad de Michelle Bachelet se vio opacada por los escándalos de corrupción. En este país,hay una degradación de los políticos debido a las múltiples acusaciones acerca de financiamiento ilegal de campañas, cohecho, fraude tributario sobornos, desvíos de recursos a empresas del sector privado, tráfico de influencias entre otras cuestiones.

Para Brasil, un escenario similar ocurrió con los expresidentes Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff. Por un lado, Lula da Silva fue acusado de estar involucrado en un escándalo con Petrobras y de recibir sobornos. Por otro lado, la destitución de Rousseff se da por exceder sus facultades en cuanto a su poder para otorgar dinero y manipular el destino de esos recursos. Estos escándalos abonan al hecho de que en Brasil se tenga la intención de acabar con el ciclo progresista que ambos presidentes sostuvieron  durante sus respectivos periodos.

En el caso de México, la situación de corrupción se hace presente casi “culturalmente”. En estos momentos hemos visto la manera en que los gobernadores de distintos estados de nuestro país se mantienen prófugos de la justicia bajo acusaciones de desvío de recursos y corrupción. El presidente Peña, al inicio de su sexenio, aseguraba que algunos de estos gobernadores eran parte de una nueva generación como parte de la “renovación del PRI” y son ellos, los mismos que cometen actos irregulares en sus gobiernos. Esta responsabilidad, sin duda, no exenta el papel del propio presidente Peña Nieto.

Estas evidencias demuestran que América Latina continúa en una crisis de democracia asociada con nuestra poca capacidad para para generar políticas y decisiones que consideremos como justas y, sumado a esto, como ciudadanos poco sabemos acerca de los beneficios y alcances de esta manera de gestionar nuestra participación.

Entre los valores que los ciudadanos deberíamos reconocer en la democracia se encuentran: el rompimiento del monopolio del poder político – decidir sobre quién tomará las decisiones por nosotros-; un reparto equitativo de las oportunidades y las riquezas; la prevalencia de un orden que condene la impunidad, corrupción y falta de transparencia; y por último, ofrecer cierta certeza política, un elemento que se mantiene ausente en América Latina.

Sin lugar a dudas, los países latinoamericanos poseen un esquema de democracia que desafía al modelo clásico. En ocasiones, el gobierno sigue siendo la persona cuyo poder ha de emerger desde un proceso de independencia o quizás tras la destitución de un antecesor. En otras, la alternancia ocurre en un escenario de poca flexibilidad para la oposición. A partir de esto, podemos mencionar hechos que condicionan la formación de la democracia en América Latina. Entre ellos, podemos reconocer la profundización de la desigualdad, una crisis del liberalismo, el pluralismo cultural originado a partir de las migraciones, la pérdida de soberanía producto de la globalización y la intención de reducir el Estado en ciertas circunstancias.

La formación de la democracia tiene otro gran obstáculo: alrededor del 70% de la población en nuestro continente declara su preferencia a la dictadura. Por supuesto, la razón de esta percepción es que la democracia promete demasiado y que al menos una dictadura lograría que el Estado funcione. Esto último considerando que la dictadura en verdad respalde al ciudadano y, por supuesto, esto no favorece a toda la población. Quizás esto mismo se explique en una crisis de Estatalidad que contribuye a la ausencia de la unidad entre la política y los ciudadanos, en la poca capacidad de los gobiernos de atender a su población, a la pérdida del monopolio de la violencia y las múltiples crisis fiscales.

El cuestionamiento que nos podemos hacer a partir de la experiencia es ¿realmente podemos fortalecer la democracia en América Latina? Si es así ¿cómo hacerlo? Algunas alternativas que podríamos tomar en consideración como ciudadanos son: construir una opinión pública crítica; comprender que las leyes no son aplicables para todos los ciudadanos y generar autonomía política por medio de la participación en ella – esto podría ser, por ejemplo, desde las reuniones con nuestros vecinos.

En cuanto a los políticos, a quienes facultamos para ejercer poder, es necesario que cumplan con ciertas características como lo son: profesionalización en cuanto a la función pública – esto refiriéndonos a la plena aplicación de la transparencia, rendición de cuentas, imparcialidad, entre otros elementos -; reducir las desigualdades; generar una certeza política donde la población se perciba segura en todos los espacios de su vida; y por último, tomar medidas para erradicar al complemento incómodo de nuestra forma de democracia: la corrupción.

Sin lugar a dudas, estas alternativas involucran tanto a los ciudadanos como a los funcionarios públicos para alcanzarse. La consolidación de la nueva democracia implica retos para el contexto de América Latina. El objetivo es partir de la idea de consolidar una democracia donde exista la participación efectiva, una ciudadanía incluyente y el establecimiento de condiciones para que las elecciones ocurran de manera equitativa, frecuente y que además sean libres.

Roxana  Domínguez Aguilera

Estudiante del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, ITESM, Campus Gld.

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