¿Cuál será el primer país en acabar con el discurso de solidaridad ante la crisis de migrantes en Venezuela?

La revolución bolivariana ha sido descrita por la comunidad internacional como el mayor éxodo de la historia después de la Guerra Civil en Siria y como una catástrofe humanitaria inverosímil, dado su posicionamiento como una de las potencias petroleras más grandes del mundo; y no fueron aseveraciones apresuradas. De acuerdo a un estudio de la ONU, de 2014 a junio 2018, 2 millones 300 mil venezolanos han salido de su país buscando mejorar sus condiciones de vida. Como es de esperarse, los destinos predilectos son los países aledaños de Brasil, Colombia y Ecuador, quienes ante el mundo han promovido una postura de solidaridad y apertura en el recibimiento de los mismos. Sin embargo, ¿es sostenible este tipo de discurso a la larga?, ¿cuál será la reacción de los países receptores cuando no puedan responder a la crisis migratoria venezolana?

Las migraciones son un fenómeno constante y natural entre la población contemporánea. Los habitantes que deciden salir de su país lo hacen para incrementar su calidad de vida, conseguir mejores condiciones de trabajo o como satisfacción a la búsqueda de nuevas experiencias y el conocimiento cultural. No obstante, la moneda oscura de la migración reside en una palabra muy utilizada pero poco conocida: éxodo. Cuando se habla de un éxodo migratorio, se aborda una emigración masiva de personas que se ven forzadas a dejar el lugar en el que viven para poder sobrevivir. Los principales factores que generan un éxodo son de índole política, racial o religiosa. Por ejemplo, suponiendo que en determinado país exista un cambio drástico o violento en el régimen dominante, muchos ciudadanos saldrán expulsados por este nuevo grupo. Así pues, como señaló la directora ejecutiva del Centro de Justicia y Paz “en este momento la migración de venezolanos debe ser calificada como una migración forzada, pues no se planifica y es por supervivencia”.

Es decir, si bien los venezolanos emigran en la búsqueda de mejorar sus condiciones de vida, lo cierto es que los principales motivos de su partida son el hambre, el miedo y la miseria ocasionadas por la revolución bolivariana. Como prueba de lo anterior bastan las estadísticas emitidas sobre el acceso a servicios básicos y medios de vida. En Venezuela aproximadamente 87% de la población vive en condiciones de pobreza de acuerdo a la Encuesta de Condiciones de Vida 2018, de las cuales más del 60% cae en la clasificación de pobreza extrema. Se han reportado más de 100,000 pacientes con SIDA que no pueden ser tratadas debido a la falta de medicamentos, razón por la cual enfermedades como el sarampión, la tuberculosis y la malaria han vuelto a ser epidemias. Así mismo, el problema de producción y abastecimiento hace difícil recibir los productos alimentarios más básicos y de acuerdo a la ONU al menos un millón y medio de venezolanos sufren desnutrición.  Si a todo esto se le agrega la cantidad de homicidios equivalentes a un país en guerra y que más de 40% de los delitos registrados son cometidos por funcionarios policiales se pone en evidencia cómo Venezuela es ahora la receta perfecta para un pastel del desastre.

Así pues, los migrantes han buscado salvación en sus países vecinos, hermanos en la geografía. Aspiran llegar a Colombia, Brasil o Ecuador, algunos con el propósito de llegar a Perú, Chile o Argentina. Sorteando los peligros que enfrentan, en manos de estafadores, ladrones y violadores, los migrantes toman autobuses o caminan un razonable número de horas para llegar a los países latinoamericanos que han predicado solidaridad total hacia los mismos.

Sumamente interesantes han sido las muestras de solidaridad en los discursos de los países latinoamericanos ante la comunidad internacional en este respecto. Tomemos como ejemplo la Asamblea número 73 ante las Naciones Unidas. Por un lado, el presidente de Brasil, Michel Temer, declaró que estamos experimentando una gran oleada de migración y que Brasil a recibido a todos los migrantes que han llegado a su territorio. Además, “hemos construido refugios para darles las mejores condiciones de alojamiento, los hemos asentado en otras regiones del país, les hemos dado documentos oficiales para que puedan trabajar en Brasil y hemos dado oportunidades de escolarización, vacunas, etc. (Temer, 2018).

Por otro lado, Lenin Moreno, presidente de Ecuador, puso de manifiesto su solidaridad hacia los venezolanos al tiempo que hizo una petición al régimen para establecer un diálogo nacional franco e inclusivo. Igualmente, urgió a los demás países a imitar su ejemplo y recibir adecuadamente a los migrantes venezolanos, que muchas veces, declaró, llegan con enfermedades como poliomielitis, sarampión, o difteria. Perú fue aún mas severo, condenando la ruptura del orden constitucional en Venezuela y señalando que su apoyo está reflejado en sus iniciativas para ayudar al restablecimiento de la democracia. En la misma línea, Macri optó por unirse a la denuncia del régimen de Maduro ante la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad, junto con Colombia, Chile, Paraguay y Perú.

En cualquiera de ambos frentes, el de condena o el de congratulación hacia sí mismos, los países latinoamericanos están lejos de cumplir las expectativas con las que se han vanagloriado, y cómo culparlos. Colombia tiene un millón de venezolanos dentro de sus fronteras, Ecuador lidia con un flujo de 4 mil migrantes diarios, Chile con 150,000 tan sólo entre enero y junio de este año, y la tendencia en los siguientes meses no apunta a la baja.

La solidaridad latinoamericana tiene sus límites, y Brasil parece haberlos encontrado en el pueblo de Roraima, donde su centro de salud pasó de recibir 700 consultas a más de 50,000, o en Pacaraima, donde se enviaron militares para establecer cupos de entrada dada la cantidad de gente que entraba al país. Dónde queda la solidaridad a la que todos los países latinoamericanos recurren al momento de dar sus discursos ante la ONU cuando surgen las declaraciones de migrantes que son engañados para transportarlos en autobuses fuera de Ecuador y repitiendo la misma operación con el caso de Perú ¿Hasta qué punto se mantendrá el discurso de solidaridad? ¿Quién será el primer país en terminar la solidaridad públicamente? Tal parece, con las declaraciones de Jair Bolsonaro, que Brasil será el primero en arrojar la piedra, y no esconder la mano.