Monitor Nacional
De Octubre 21 del 2015 (o cuando todos miramos al cielo buscando un DeLorean)
Portada | David Moreno
21 de octubre de 2015 - 3:50 pm
BackToTheFuture-MN
¿Cuántos de ustedes recuerdan exactamente como era 1985? Yo sí.

1985 fue un año de contrastes. Para mí fue fantástico. No solamente porque en ese año cumplí 13 febreros de edad, o porque estaba en la secundaria y aquello era realmente divertido, o porque en esos días  todos bailamos al ritmo de AHA y su “Take on Me”, o porque no había nada más cool que ponerse unos pantalones “bombachos” e irse a la Arcadia del boliche local a escuchar a Tears for Fears, pretender que se fumaba un cigarro y mirar como unos pocos se ligaban a las chicas más lindas del lugar. Fue también un gran año porque en aquel 1985 viajamos por primera vez a bordo de un DeLorean al pasado con la esperanza de volver al presente que en, aquel pasado, se convertía en el futuro.

La primera vez que vi Back To The Future fue en un cine que ya no existe en la ciudad de Mérida: El Cantarell. Era uno de esos viejos palacios cinematográficos con una enorme pantalla, estatuas de mármol en sus paredes, un enorme balcón y un piso que siempre, siempre, estaba pegajoso. Ahí fue donde vi a Alex P.Keaton convertirse en Marty McFly.  Pero curiosamente no fue esa la función que más recuerdo del primer filme de la trilogía de Robert Zemeckis. Fue quizá un tiempo después cuando las vecinas de frente a mi casa consiguieron, en un video cassette Beta, una copia de la película. Aún tengo en la memoria aquella mañana de sábado en la que estuvimos tirados en el piso disfrutando del viaje a Hill Valley, encantados, sin prisas, sin preocupaciones, embriagados de feliz pubertad mientras reíamos y gozábamos de dos cosas: la primera, la posibilidad de tener una función de tu película favorita en casa. Lo que ahora es algo común, en 1985 era extraordinario. Y la segunda, aún más importante: estábamos en el principio de eso que se te aparece por primera vez en la adolescencia, que te acompañará toda la vida y que se conoce como nostalgia.

Y sí algo tiene Back to The Future es que, más allá de ser una película de ciencia ficción, es una película que siempre apeló a la nostalgia y a su entrañable poder para ayudarnos a crecer como seres humanos. En ello recae una gran parte de su éxito.

Decía que 1985 fue un año lleno de claroscuros, pues mientras algunos éramos felices en nuestro pequeño universo personal, el mundo parecía encaminarse al desastre. La guerra fría aún mantenía en vilo al planeta entero. Vivíamos con el temor de que alguien finalmente apretase el botón y todos termináramos volando en medio de una nube radioactiva. Fue también el año en el que SIDA hizo su aparición generando el miedo de que una pandemia de consecuencias inimaginables para la humanidad entera. Las hambrunas en Etiopía nos mostraban que habíamos fracasado en esa visión de prosperidad que, según se decía, iba a llegar en los últimos años del Siglo XX. Por ende, había en el ambiente una cierta añoranza por otras épocas, por aquella inocencia que dio origen a grandes sueños, por esos tiempos en los que el mundo aún desconocía muchas cosas y que se planteaba la utopía de un cambio posible en un futuro quizá no muy lejano.

Back To The Future llega entonces en un momento idóneo. Ahí teníamos la historia de un chico de la penúltima década del Siglo XX que tiene la posibilidad de regresar a esa época tan añorada para, además, cumplir con el sueño de todo ser humano en el planeta: conocer a sus padres antes de que fueran padres, cuando aún eran personas que estaban luchando por darle un rumbo y un sentido a su vida, cuando aún estaban en el proceso de convertirse en aquellos a los que se conoce justo en el momento de nacer. El choque de Marty McFly con ese mundo, con esos jóvenes que algún día se convertirían en sus progenitores, fue representativo de los deseos de casi toda una generación que soñaba con un mundo diferente, un mundo ideal en el que los buenos triunfan y los malos reciben su merecido. Un mundo en el que la tecnología era capaz de cambiar las cosas y convertir en realidad esa fantasía utópica que involucra el poder transformar el futuro en un presente ideal.

La primera parte de la Trilogía termina con Marty McFly, su futura esposa Jennifer Parker y el Doc Brown viajando de nuevo en el DeLorean pero ahora con un nuevo destino: el año 2015. Justo cuando los tres personajes toman la calle para iniciar el viaje, Marty le señala al Doc que el camino no es lo suficientemente largo para alcanzar las míticas 88 millas por hora necesarias para activar el mecanismo que permite realizar el viaje en el tiempo. El Doc entonces se voltea y con un gran aire de suficiencia responde: “¿Caminos?, a donde vamos no necesitamos caminos”. A partir de ese momento la trilogía da un giro y activa en el espectador otro de nuestros eternos deseos: el de conocer el futuro.

Hagamos aquí una pausa: ¿Si tuvieran la oportunidad de viajar en el tiempo, que escogerían: un viaje al pasado o un viaje al futuro? Regresar al pasado es regresar a conocer una historia que ha sido escrita anteriormente. Y aunque no deja de ser interesante el poder estar, por ejemplo, en Abbey Road el día en el que The Beatles cantaron en el techo del estudio de grabación; o quizá regresar a ser testigos presenciales del momento en el que Cristóbal Colón desembarcó en San Salvador o a mirar como era la ciudad en la que vivimos 200 años atrás; nada de eso puede compararse con la experiencia que significaría viajar al futuro, viajar a ver en lo que se convertirá el ser humano, viajar a ver si aquello que quizá imaginamos terminó por cumplirse o si la existencia humana se transformó en lo que nadie nunca pudo prever, en algo que aún no somos capaces de imaginar. El futuro resulta más atractivo porque una vez muertos ya no podremos mirar hacía adelante como si pudimos mirar hacía atrás cuando que llegamos a formar parte de la población de este punto azul en el espacio. Viajar al futuro, se convertiría entonces en la única manera de comprobar que existe la vida después de la muerte.

Dicho lo anterior, el gran éxito de Back to the Future II recayó en su gran imaginería en torno al futuro. Se trataba de una utopía, de un mundo en el que la tecnología nos hacía las cosas no solamente más fáciles sino también mucho más divertidas (carros voladores, tenis que se abrochaban por si solos, patinetas voladoras). Era, finalmente,  una representación feliz,  propia de una generación que se acercaba al fin de siglo con la esperanza de que el futuro trajera cosas mejores a las de su complicado presente; es decir estábamos ante una película cuyo ingrediente era principal era la nostalgia del futuro, es decir esa poderosa e inagotable añoranza por tiempos venideros cargados de nuevas y mejores posibilidades.

Back to The Future III también tiene una importante carga de Nostalgia. Pero dicha carga poco tiene que ver con el período de tiempo al cual Marty McFly viaja. No, no se trata de una nostalgia por el lejano oeste, ni por los códigos visuales que éste tiene en el cine. Es en el fondo un viaje un poco más profundo y personal, un viaje a los orígenes de quien se es y de quien se puede llegar a ser. No es ninguna casualidad que Marty se tope con uno de sus parientes más lejanos, pero Seamus McFly es mucho más que es eso: es ante todo un alter ego que pondrá a prueba al protagonista del filme para enfrentarse a si mismo, incluso en cierta forma le forzará a realizar tal confrontación con un solo objetivo: madurar, crecer. Es en el pasado más remoto en donde Marty dejará atrás a la adolescencia para asumirse como un adulto, para asumirse como alguien capaz de tomar decisiones  más o menos sensatas que finalmente son las únicas que le garantizan el poder aspirar a tener un mejor futuro.

Hoy es 21 de Octubre de 2015. A las 4:29 de la tarde miles, quizá millones de personas, le darán la bienvenida a Marty McFly al futuro, a ese futuro que en un guiño se convierte en presente, para luego perderse para siempre en el pasado. Habrá, a partir de hoy, muchas funciones de una trilogía que en su momento habló de un porvenir, pero que ahora nos habla – en cualquiera de sus tres partes – de un tiempo pasado. Para muchos ya no existirá esa nostalgia del futuro que se activaba al mirar lo que la película planteaba como algo que iba a terminar por realizarse.

Treinta años atrás en 1985, muchos disfrutamos de una película que hoy activa esa sección cerebral en la que habitan nuestros más sinceros y felices recuerdos. Un filme que generó muchas expectativas sobre lo que sería el futuro. Ahora, ese futuro ha llegado y quizá aún no tengamos carros voladores o no podamos conseguir plutonio en cada tienda de la esquina. Pero si algo nos enseñó Marty McFly es que el futuro de nadie está escrito en ninguna parte, que el futuro lo construimos cada uno de nosotros, todos los días. Y que nuestra única responsabilidad en lo concerniente al futuro es tratar de llegar a él como si lo hiciéramos a bordo de un DeLorean volador.

Bienvenidos a nuestro futuro…

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