Monitor Nacional
Desgaste ciudadano
In-Pulso SocioPolítico | Maria E Plaza
16 de noviembre de 2015 - 11:30 am
Ciudadania-MN
La débil confianza institucional colabora en la constante erosión del ciudadano: la apatía de la participación, en su completa expresión, se sumerge a la serie de consecuencias y causas del poco reconocimiento con el que cuentan los ciudadanos.

Esta semana me gustaría comenzar con una afirmación que se convierte paulatinamente en deseo: el fortalecimiento democrático y la gobernanza presentan como requisito, para su complejo funcionamiento, la concepción de ciudadanos plenamente construidos. A su vez, estos ciudadanos formarán redes de participación para incidir en los principales procesos de las decisiones gubernamentales, conscientes de la importancia de transformar sus necesidades en demandas precisas que podrán ser transformadas en soluciones.

Este ciclo virtuoso, de forma natural, no ha llegado a cumplirse y la concepción de ciudadanos construidos parece ser un llamado al desgaste social en los países en donde la democracia no ha logrado consolidarse. Este desgaste es un escenario preciso para  construir vacíos estructurales entre la relación gobernante-gobernados: está sí, es una realidad.

En este escenario, el preámbulo del concepto de “ciudadanía” se concentra como una carga mayor en las realidades democráticas de Latinoamérica. En el acercamiento de su definición, esta palabra trae consigo una importante responsabilidad dicotómica: la relación personal con el tipo de gobierno en el cual se desea coexistir y el acercamiento con los gobernantes que hemos elegido; de las dos responsabilidades, la última es la que mayor peso y trabajo cuesta a los ciudadanos.

Construir ciudadanos no es un objetivo sencillo, principalmente cuando la relación de ellos con sus instituciones y sus gobernantes no es del todo cercana o confiable, es decir, desgastada por decepción, desencanto, incomprensión, etc, etc.

La débil confianza institucional colabora en la constante erosión del ciudadano: la apatía de la participación, en su completa expresión, se sumerge a la serie de consecuencias y causas del poco reconocimiento con el que cuentan los ciudadanos. La errónea construcción del mayor capital democrático (la ciudadanía) da como resultado una cultura ciudadana minimizada, en ocasiones inexistente y estereotipada.

Maximizar al ciudadano en su justa dimensión no es tarea sencilla, requiere múltiples esfuerzos de las principales instituciones democráticas. Es producto de la voluntad y la constante retroalimentación de dos posiciones:

Política: que permita ejercer la consciencia ciudadana desde los incentivo de las instituciones formales, en donde el desarrollo pleno del concepto “ciudadano” sea comprendido en su totalidad como un horizonte cabal de derechos y amplias responsabilidades.

Social: naturalmente, el ciudadano nace en sociedad, es en ella en donde deposita el mayor legado de sus acciones. Si no se comprende a la democracia como un gobierno que nace desde el escenario social, las fallas democráticas seguirán mermando y desgastando las diferentes estructuras, principalmente, sociales.

No está demás comentar que el desgaste ciudadano parece determinar la nueva ola democrática, y, entre los múltiples retos, la construcción de ciudadanía es el más complejo. Fortalecer la democracia en todos sus escenarios radica en la generación de redes, elemento que la conecta directamente con el proceso de gobernanza; está construcción de redes, sin embargo, necesita confianza y la práctica constante de los valores democráticos; necesita deseo y voluntad de los gobernados, que, en este paulatino desgaste, también comienzan a perderse.

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