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Desplome del chavismo

El domingo pasado se celebraron elecciones legislativas en Venezuela, el resultado final no se alejó de los pronósticos dados a conocer desde semanas atrás. La oposición, aglutinada en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) producto de una veintena de formaciones políticas de amplio espectro ideológico, obtuvo 113 de 167 escaños disponibles en la Asamblea Nacional, asegurando con ello la mayoría calificada que eventualmente podrá utilizar para frenar el chavismo después de 17 años ininterrumpidos en el poder a través del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). El triunfo electoral de la oposición les permitirá promover leyes; aprobar votos de censura contra los ministros y el vicepresidente; designar a los rectores del Consejo Nacional Electoral; convocar a una Asamblea Constituyente; avalar una reforma constitucional; designar o remover a los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, al contralor general y al defensor del pueblo; aprobar o rechazar el presupuesto público; convocar a referendos consultivos sobre asuntos de interés nacional. La oposición asumirá la mesa directiva de la Asamblea y la presidencia de las principales comisiones legislativas. Además podrá frenar los proyectos de gobierno que consideren dañinos para la nación.

La derrota del chavismo y del gobierno del presidente, Nicolás Maduro, es apenas la segunda derrota de este proyecto de nación en las 20 elecciones realizadas en aquel país desde 1998. La consecuencia más grave para el partido gobernante será que por primera vez en poco más de tres lustros deberá compartir el poder con la oposición. Más a fuerzas que con ganas, a partir de enero próximo Nicolás Maduro estará obligado a negociar cada paso de su gobierno con el poder Legislativo.

Sin duda, el contexto electoral no fue el mejor para Nicolás Maduro y los candidatos oficiales. Por un lado, los propios errores cometidos por el gobierno, el constante asedio hacia las voces críticas, y la errática política económica de los últimos dos años generaron una profunda crisis social y económica que se materializa en escasez de productos básicos, una caída del ingreso por habitante de 17.7 por ciento, una inflación que supera 324 por ciento, el aumento de la pobreza en 10 puntos porcentuales; todo ello ocasiona que los trabajadores necesiten 15 salarios mínimos para adquirir la canasta básica para una familia de cinco personas. Desde luego, la baja en los precios internacionales del petróleo trajo una disminución en las arcas nacionales con lo cual varios programas sociales fueron suspendidos o vieron reducidos los montos asignados. En este escenario se encuentran las explicaciones de la votación ciudadana.

Evidentemente, la derrota electoral del chavismo tendrá un efecto dominó sobre otros proyectos regionales de características similares. Argentina, Bolivia, Ecuador, Brasil y Chile resentirá el impacto del retroceso del chavismo en Venezuela. Consecuentemente, los proyectos oligárquicos en varias latitudes encuentran una rendija por donde colarse para reorientar la política y la economía de esas naciones luego de dos décadas de gobiernos de centro-izquierda. Veremos hacia dónde soplan los nuevos vientos latinoamericanos.

A querer o no, las elecciones intermedias se han convertido en un verdadero plebiscito para la administración de Nicolás Maduro. Así deberá ser entendida la jornada electoral, de lo contrario la transición del chavismo hacia otras formas de gobierno en Venezuela se violentará. El fantasma del autoritarismo no deberá rondar por los corrillos gubernamentales. Si bien, la actual Asamblea Nacional de Venezuela estará en funciones hasta el 5 de enero del 2016, esto no debe significar que el presidente utilice su control y poder para obtener atributos especiales que le permitan gobernar por decreto y con ello ahogar la decisión ciudadana puesta de manifiesto en las urnas. Actuar de espaldas a la sociedad y negarse a la decisión electoral significaría un grave y costoso error para los venezolanos.