Monitor Nacional
Dos relatos de mi nuevo libro
No te enchiles wey | Manuel Guisande
7 de diciembre de 2015 - 6:53 pm
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No sé si era de Cuenca, de Teruel o quizás de Jaén, no lo recuerdo bien; pero por razones que nunca explicó, quería ser gallego, era como una obsesión

EL ENFERMO

Estaba destrozado, las listas de espera en la Seguridad Social era tan largas que ya no sabía qué hacer para curar sus frecuentes dolores estomacales, que le producían insoportables retortijones. La cita con el especialista la tenía para dentro de tres meses y cada vez que pensaba en ello, automáticamente comenzaba a sentirse mal; pero un día, viendo la televisión, se dio cuenta de que en el ciclismo estaba la solución. No es que creyera que haciendo deporte se pondría bien, y aunque así fuera, no estaba dispuesto a hacer ninguna actividad, a realizar un esfuerzo que fuera ir más lejos que andar al estanco a por tabaco. Cualquier tratamiento lo aceptaba, como si tuviera que tomar 20 o 140 pastillas diarias, pero moverse, hacer ejercicio a sus 50 años… ni de broma.

Un día a media tarde, viendo la Vuelta Ciclista a España se percató de cómo los periodistas que retransmitían la prueba, en ocasiones, comentaban que tal o cual corredor se acercaba al coche médico para que lo atendieran. Cuando esto sucedía, por el televisor veía que el deportista se agarraba a la puerta del vehículo, no pedaleaba y era llevado tranquilamente mientras un auxiliar sanitario sacaba el cuerpo por la ventanilla y le ponía un vendaje o le suministraba algún líquido en alguna parte del cuerpo, según fuera el percance que hubiera tenido.

Sin pensárselo dos veces, acudió a una tienda de deportes, compró una bicicleta de carreras y toda la equipación, incluido un aerodinámico casco de colores con visera muy oscura, lo que le alegró enormemente. Miró en Google y comprobó que la salida de la etapa del día siguiente era en Vilamayor del Condado, a tan solo 80 kilómetros de donde vivía. Analizó las diferentes rutas para llegar a la localidad y allá se fue en su turismo, vestido de ciclista y con la bici en un anclaje sobre el techo de su R-5, que parecía de posguerra.

Nada más llegar sabía que lo único que tenía que hacer era localizar el coche médico, subirse a su Orbea Avant, ponerse el casco que le cubría prácticamente todo el rostro, acudir al punto de partida y, una vez iniciada la etapa, ir al vehículo y explicarle al doctor que tenía un fuerte dolor estomacal. No habían pasado ni cinco minutos desde que los ciclistas se habían puesto en marcha cuando se arrimó al turismo y consiguió agarrarse a duras penas a la puerta. Sudoroso por el esfuerzo realizado, casi no tenía aliento para decirles a los ocupantes que padecía intensos ardores, que no era un dolor continuo, sino más bien esporádico, como punzadas. El facultativo pidió a su ayudante unas pastillas y le indicó las dosis que tenía que tomar. Tras guardarlas en el maillot, disimuladamente dejó que el coche siguiera su ritmo, paró en un lado de la carretera, se echó en un descampado entre unos arbustos y, ya más tranquilo, sacó el bidón con agua e ingirió los medicamentos.

Días más tarde, en casa, las molestias habían remitido, y una semana después desaparecido; pero al mes volvieron de nuevo, aunque con menor intensidad. Entró nuevamente en Google, comprobó que la siguiente etapa comenzaba en Burgos e hizo lo mismo que en Vilamayor del Condado: se acercó al coche y explicó su dolor, a la vez que comentaba que hacía unos días le habían dado unas medicinas pero que… el facultativo habló con su ayudante y le entregó otras distintas advirtiéndole de que eran más fuertes. ¡Y que si eran! Increíblemente con ese nuevo tratamiento se encontraba genial, ni un síntoma.

Dos meses sin padecer malestar alguno le pareció milagroso, por lo que inmediatamente averiguó quién era el especialista. Se llamaba Mario Angelo Franelli, italiano, nacido en la Toscana, con una dilatada trayectoria profesional en el ámbito de la medicina deportiva, concretamente en el ciclismo profesional de ruta en carretera. Averiguó también que era el médico oficial de las carreras más importantes que se celebraban en Europa y que en muchas ocasiones sus servicios eran solicitados también por los organizadores de otros países, especialmente de Sudamérica.

En aquel momento decidió que el tal Mario Angelo Franelli sería su médico de cabecera, y que si lo fue, vamos que si lo fue; durante años, sin que nadie lo sospechara, se hacía revisiones periódicas. Para ello, lo único que tenía que hacer era acudir a las carreras que fijaba el calendario ciclista, buscar la etapa, presentarse con la misma indumentaria que la de algún equipo participante y siempre con ese casco que impedía que alguien pudiera ver que no se trataba de un jovenzuelo. De esta forma, además de a la Vuelta Ciclista España, en ocasiones acudía al Tour o al Giro, e incluso a pruebas que tenían lugar en otros continentes. Como le decían sus amigos: «Estás genial, le has dado un giro a tu vida…». «¿Un Giro?, y seis o siete también», pensaba él.

EL HOMBRE QUE QUERÍA SER GALLEGO

No sé si era de Cuenca, de Teruel o quizás de Jaén, no lo recuerdo bien; pero por razones que nunca explicó, quería ser gallego. Era como una obsesión, tal vez influenciado por eso que decían de las meigas, el esoterismo y las tradiciones mitológicas y ancestrales… Quizás fuera por eso, pero a ciencia cierta no lo puedo asegurar. Lo cierto era que su abuelo había nacido en Betanzos, una hermosa villa cercana a A Coruña, y que su padre le había hablado muchas veces de Galicia.

Un día, hojeando varios volúmenes en una librería, encontró uno que se titulaba Relatos de absurdo contenido; lo abrió, y en una página leyó: «Ser gallego no es una cuestión de nacer o no en Galicia; ser gallego es un concepto, una creencia, y casi cualquiera puede ser gallego. Es más, un gallego puede sentirse gallego un día, al siguiente turco para volver nuevamente a ser gallego y a la semana de Kazajistán. Todo depende de su sentimiento».

Entusiasmado por lo que acababa de leer, prosiguió con la lectura: «Galicia es como un centro de operaciones, al igual que la Nasa, desde donde se controlan los viajes espaciales, y los gallegos son los astronautas que viajan por todos los confines. El gallego —se decía en el libro— no tiene una tierra propiamente dicha. Si vive en Japón, por ejemplo, él está en Galicia; y lo mismo sucede si habita en Australia o en la India. Prueba de ello es que, si te invita a comer y abre la nevera, tendrá siempre, sea el lugar que sea, su botella de ribeiro, sus mejillones, su pulpo… Galicia realmente no existe, es una sensación, es algo tan interno que es una cuestión puramente metafísica». Se alegró, anotó el correo electrónico del autor y le escribió una carta en la que le decía que deseaba hablar con él para que le explicara más en detalle lo que significaba «ser gallego».

Unos días más tarde recibió la contestación y ambos quedaron en verse en Betanzos, adonde se había ido a vivir hacía poco tiempo. Durante la conversación no pudo indicar por qué quería ser gallego, pero que le atraía esa gente que lo mismo residía en un país que en otro, que se adaptaba a cualquier circunstancia, que ante la adversidad ponía buena cara y que siempre estaban felices.

El escritor le aclaró algunos conceptos que no comprendía y otros como que las palabras bo y home son parte importante del léxico gallego y que, prácticamente, no se necesitan otras para comunicarse y entenderse. Le puso varios ejemplos, insistiendo en que esos vocablos no eran lo esencial, sino que se trataban de una seña de identidad externa, nada más. La clave, lo fundamental, lo que determinaba ser gallego estaba en el interior de uno mismo. Quedó bastante convencido de lo que escuchó, y antes de irse le comentó que iba a hacer varios viajes por Europa y que a su regreso quedaría con él para charlar nuevamente, pues le había parecido muy interesante todo lo que le había comentado.

Casi medio año después volvieron a verse en la misma localidad y entablaron una animada conversación en la que él de vez en cuando intercalaba bo y home; pero el escritor notó que cuando las pronunciaba estaban forzadas, un poco fuera de contexto, dichas en momentos en que no eran exactamente los apropiados. Él lo miró fijamente y le dijo al cabo de dos horas: «¿Sabes?, me siento gallego». «Y lo eres», contestó el escritor. «Lo dices por lo de bo y home, ¿no?», añadió mientras sorbía un vino tinto. «No, no; eres gallego, pero no por bo y home, lo eres por algo muy, pero que muy especial, que es la esencia del gallego», añadió el literato. «¿Cuál?», dijo sorprendido. El escritor soltó un bo e inmediatamente respondió: «Porque no hay dios que te entienda».

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