Monitor Nacional
El divorcio de los eruditos
Emprende seguro | Luis Lara Esqueda
7 de noviembre de 2016 - 4:47 pm
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En un país de 120 millones de habitantes en el que los diarios publican menos de doscientos mil ejemplares, ¿cómo inculcar que se lea?

Hoy el lenguaje escrito se está separando de las masas, cada vez se escriben más libros de «temas intrascendentes» que libros escritos por literatos, los autores de temas “baladíes” son cada vez más leídos que aquellos que escriben cuentos, relatos y novelas, en este entorno recibe el premio Nóbel de literatura alguien que no es escritor —al menos en el sentido definitorio de la palabra.

¿Quién está presentando la demanda de divorcio, un grupo de eruditos vanguardistas, adelantados, cultos y bien educados o la masa iletrada, analfabeta crónica, lectora de apenas un libro al año y revisora de publicaciones de Facebook?

En este camino habría que reflexionar si los primeros están adelantados o los segundos retrasados, ¿o acaso ambos están caminando en sentidos opuestos? Espero que los más inteligentes viren lo más pronto posible, hoy la brecha ya es muy grande y los últimos cien años mucho la han ensanchado.

En un país de 120 millones de habitantes en el que los diarios publican menos de doscientos mil ejemplares, ¿cómo inculcar que se lea? En un país donde cohabitan 15 millones de personas que no saben leer, ¿cómo queremos que los humanos entienden a los dioses de la literatura? Es tiempo de que el Olimpo literario autorice a las deidades de la literatura que convivan con los mortales.

¿Quién adquirirá una novela de 400 páginas sino compra el periódico? ¿Sabrán los dioses que los mortales no tienen qué comer y su cerebro no está tan desarrollado para sus lecturas, o sólo procuran que los otros dioses y semidioses sepan que entre sus escritos no hay «lugares comunes», que han conjugado correctamente y redactado sin faltas de ortografía, que han utilizado los mejores elementos y figuras literarias…

En 1910, después de una batalla y arduas negociaciones con los «rebeldes», Francisco I. Madero regresó a la capital habiendo derrocado a Porfirio Díaz, pensaba que todo el pueblo estaba preparado para recibirlo y seguirlo, entonces escribió La sucesión presidencial en 1910. Entonces había diez millones de habitantes, se publicaron tres mil ejemplares del libro, me pregunto —con un dejo de sarcasmo—, ¿de verdad quería que lo leyeran? 

Totalmente  disociado con el sentir de un pueblo en donde 92 de cada 100 personas no sabían leer, La decena trágica fue la continuación de una desvinculación entre los que escriben y la masa iletrada necesitada de libros de autoayuda. ¡Dios mío!, a todo mundo le da por escribir y a nadie le da por leer.

¿Para quién escribo y por qué escribo? Parecen preguntas sin respuesta y sin razón olvidadas por una minoría de buenos escritores, de malos escritores, de aspirantes a escritores y de suspirantes a escritores, como todavía no pertenezco a ninguno de esos selectos grupos formularé algunas preguntas antes de presentar mi solicitud de ingreso:

  • ¿Qué prefiero tener un grupo de iletrados crónicos o tener un grupo de

lectores de novelas banales?

  • ¿Qué prefiero que me lea un reducido grupo de respetables o me lean millones de irrespirables?
  • ¿Quiero escribir  libros de literatura light para que me traduzcan en diez idiomas y vender dos millones de ejemplares, o tener dos millones de libros que leen unos pocos eruditos? Las palabras son las mismas, el significado varía de acuerdo a la profundidad oceánica.

El mundo ideal del escritor es que te lean millones y tu literatura produzca un cambio en las mentes de los lectores, el segundo mundo ideal es que te lean los que esperas que lean, el tercer mundo ideal es que lean literatura barata, el inframundo literario es dejar que los videos y la televisión abarroten la mente  —y los dioses se lamenten— de nuestros lectores.

Tampoco leen periódicos, ¿será por la misma causa? Los periodistas están escribiendo para el gremio o están escribiendo dedicatorias especiales en sus artículos y —de nuevo— la masa ha dejado de seguirlos, se están convirtiendo en un medio de difusión y de interpelación en lugar de un medio de relación con sus lectores. El País —periódico que se calcula leen diez millones de personas— está iniciando un cambio: humanos escribiendo para humanos.

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