Monitor Nacional
El espionaje detrás de ‘El Chapo’
Espectro | Javier Tejado Dondé
12 de enero de 2016 - 7:27 am
ChapoGuzman-MN
Es motivo de orgullo que el sistema de seguridad dé pruebas de su funcionamiento

La reaprehensión de Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, es un importante logro para este gobierno y, en particular, para los órganos de seguridad e inteligencia de la Secretaría de Gobernación. Su aparato de inteligencia, el CISEN, estuvo siguiéndole la pista al Chapo durante semanas y documentando todo tipo de encuentros entre abogados e integrantes del medio artístico, con quienes planeaba hacer varios documentales. El arrojo de los infantes de Marina, ahora que hemos visto los videos del asalto a la guarida del Chapo, es incontrovertible. También lo es el de la Policía Federal que, tras un reporte de un ciudadano cualquiera, detuvo con prontitud un vehículo reportado como robado en donde apareció el delincuente más buscado del país. Así, todos los elementos de seguridad federal probaron su eficacia, algo digno de destacar.
Sin embargo, hay una historia que no se ha contado. El apoyo de la comunidad de inteligencia internacional a México. Estos apoyos son secretos, poco se conoce de sus resultados y la relación del actual gobierno con los organismos de inteligencia internacional, particularmente con los norteamericanos y sus aliados, ha sido de altibajos.

Al inicio de la actual administración, y dado lo que se percibía como una política descontrolada de “puertas abiertas” del régimen calderonista a las agencias de inteligencia estadounidenses (DEA, Marshall Service, FBI, Homeland), se les restringió el acceso a sus contrapartes mexicanas. Todo su contacto con la Policía Federal, la PGR, Sedena y Marina debía ser centralizado y coordinado por el CISEN. Esta medida molestó a los estadounidenses, quienes ya tenían línea directa con varias dependencias mexicanas y en ocasiones se enteraban de temas relevantes antes incluso que los propios funcionarios de primer nivel del gobierno federal. Con ello, buena parte del intercambio de información y de inteligencia se restringió, mermando una confianza vital para los intercambios de información.

Fue hasta la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa que el intercambio de información volvió a fluir. Gracias a la inteligencia occidental, y en particular al programa ECHELON (la mayor red de espionaje y análisis para la intercepción de comunicaciones o “signals intelligence” con la que se pueden capturar todo tipo de comunicaciones —radio, satélite, teléfonos, correos electrónicos y videollamadas—) se logró la ubicación de José Luis Abarca en Iztapalapa. De hecho, se reporta que el sistema ECHELON intercepta a diario tres mil millones de comunicaciones al día.

El ex alcalde de Iguala y su esposa, ambos prófugos de la justicia en aquél entonces por sus vínculos en la desaparición de los 43 estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa, eran muy cuidadosos en sus comunicaciones y nunca usaban el teléfono. Se les ubicó por la comunicación que desde un iPad sostuvieron con un familiar en un lejano país que forma parte de la alianza de inteligencia de Estados Unidos y en donde hay infraestructura que alberga el sistema ECHELON.

El contacto vía FaceTime fue suficiente para ubicar la cuadra exacta en la que se encontraban y el dato fue de inmediato informado por los órganos de inteligencia extranjeros al CISEN.

Es por ello que en la madrugada del 4 de noviembre de 2014 la Policía Federal entró a tres domicilios de la misma cuadra, conocía las coordenadas de georreferencia, pero no la ubicación exacta del domicilio en el que se encontraban los Abarca. Así, la información de inteligencia extranjera fue valiosa para su captura.

A partir de ese momento, se observó que era necesaria la reconstrucción de las relaciones con los órganos de inteligencia extranjeros, y el gabinete de seguridad del actual gobierno se encargó de ello.

Para la recaptura del Chapo era vital conocer las comunicaciones que sostenían todos los cercanos a Guzmán Loera. Ahora sabemos que El Chapo tenía extremo cuidado en sus comunicaciones, al grado que retiraba los celulares a sus invitados —como fue el caso de Sean Penn y Kate del Castillo—, pero continuó usando sistemas de comunicación como BBM que ayudaron a su localización. Además, se ha hecho público que el gobierno estadounidense pidió al gobierno federal suspender uno de los operativos de captura en el “triángulo dorado” para no poner en riesgo la vida de sus ciudadanos al encontrarse en las inmediaciones del señor Guzmán. Por ello, se buscó otro momento para ejecutar la recaptura.

Al igual que en el caso Abarca, el caso Chapo prueba una vez más que la coordinación entre países fue clave: los estadounidenses proveían la inteligencia en intercepción de comunicaciones y los mexicanos la vigilancia física al círculo cercano del capo. La estrategia fue básicamente la misma que se usó para capturar en Colombia al también narcotraficante Pablo Escobar.

Ahora bien, por más intercepciones que se tengan, es a los operadores de tierra —en este caso los miembros de élite de la Marina, los agentes del CISEN y la Policía Federal— a los que les toca la parte más peligrosa: realizar la vigilancia y ejecutar las aprehensiones. El costo humano de estas misiones ha sido alto para las familias de una centena de agentes e incluso para altos directivos de inteligencia. El sistema de coordinación nacional e internacional sirvió y se logró una captura difícil de realizar. Es motivo de orgullo que el sistema de seguridad dé pruebas de su funcionamiento.

Con este operativo se prueba que en la intercepción de comunicaciones, la privacidad de los ciudadanos queda en extremo acotada, de hecho parecería ya inexistente, pero es una forma eficaz en la que los Estados están combatiendo la inseguridad, el terrorismo y el crimen organizado. La pérdida de libertades para reforzar la seguridad es un debate que se ha venido dando en los últimos años y la forma en que se reaprehendió al Chapo prueba que la discusión la ganó, otra vez, el fortalecimiento del aparato de espionaje sobre la privacidad en las comunicaciones de los ciudadanos. Esta práctica, al parecer seguirá siendo la constante y conlleva riesgos importantes, pero todo indica que jueces, académicos, legisladores y periodistas están dispuestos a apoyarla en aras de una mayor seguridad. Así lo deja ver incluso la opinión pública francesa luego de los recientes atentados en París.

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