Monitor Nacional
El género: prisión y circo
Portada | Andrea Martinez
25 de noviembre de 2015 - 12:36 pm
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Gender Trouble propuso que el género no sólo es prisión, sino también circo, las normas de género se aprenden a partir de la repetición

Imaginemos un lugar público: la Alameda central, un bar en Álvaro Obregón, el Corona Capital. La manera más sencilla de clasificar a los asistentes es por su género: masculino o femenino. En esta ciudad, la gran mayoría aún nos apegamos a las reglas de género con poca o nula resistencia, pero aparte de la simplificación de nuestro entorno, ¿qué ha hecho el género de nosotros? En principio, aclaremos. La biología que divide a los seres humanos en dos categorías (ahora cuestionables) la llamamos sexo. El sexo tiene que ver con cromosomas, hormonas, genitales, etc. El género, aquello que Simone de Beauvoir hace más de medio siglo definió como una serie de expectativas sociales impuestas sobre el individuo, es distinto. No hay nada esencial acerca de lo masculino y lo femenino, sólo una larga historia cultural y social de lo que se espera de cada ser humano de acuerdo a su sexo. Esperamos de las mujeres que sean dulces, comprehensivas, cariñosas, abiertas a expresar sus emociones. En contraste, de los hombres esperamos fortaleza, valentía, control de las emociones y sentimientos. Lo que siglos de repetición de estas expectativas y normas ha logrado es limitar nuestras emociones, actitudes, deseos y comportamientos. Como mujer, me cuestiono si soy lo suficientemente atractiva, lo suficientemente “femenina”, si está mal que no sepa usar tacones, que no me haga manicure o que no corra automática y desaforadamente hacia un bebé en una carriola. Como hombre, me cuestiono si he tenido suficientes conquistas, si tengo un salario decente para mantener una familia, si mi físico afirma mi masculinidad, si está mal que me importe un carajo el fútbol, si debo ser más directo con las mujeres.
Una y otra vez durante el día queremos reafirmar nuestra identidad de género. Nuestros atuendos lo revelan, nuestro lenguaje corporal, nuestra manera de hablar. Diversos estudios psicológicos han encontrado que las mujeres en general tienden a ocupar menor espacio que los hombres. Cruzan las piernas, recogen su cuerpo hacia posiciones que emitan un mensaje de delicadeza y sumisión. Los hombres abarcan más espacio, extienden los brazos al hablar, sus gestos y su lenguaje corporal pasan menos desapercibidos. Otro estudio reveló que mujeres anglosajonas terminan sus oraciones afirmativas con una entonación interrogativa, a comparación de su contraparte masculina, que no genera esta tendencia. El entonar un enunciado afirmativo como pregunta denota inseguridad, búsqueda de la confirmación externa. Estos fenómenos no son un producto de algo esencial en el hombre o la mujer. Los hombres no son natural ni biológicamente más seguros de sí mismos que las mujeres, ni las mujeres más delicadas y emocionales por naturaleza que los hombres. Es un reflejo de la interpretación cultural que se le ha dado a cada género. El género es entonces prisión, demandando de sus miembros características que no tienen naturalmente y que a fuerza de práctica, uno va aprendiendo si es que desea encajar en la sociedad “debidamente”.
Judith Butler, una de los pilares de la Teoría Queer, en su libro icónico Gender Trouble propuso que el género no sólo es prisión, sino también circo. Para Butler, las normas de género se aprenden a partir de la repetición e imitación de aquellos que nos rodean, y por lo tanto son construidas socialmente, sin base alguna en los aspectos biológicos. Esta es su teoría de la performatividad, que le da un tinte teatral a nuestro concepto de género. Es decir, mas allá de la construcción social, la performatividad de género necesita de una audiencia que la reafirme o la niegue. El hombre que le grita a la televisión del bar junto a sus cuates mientras observan un partido de fútbol lo hace, en parte, por que es un acto para el resto, para reafirmar su masculinidad por medio de la mirada del otro. La mujer que busca pareja en un antro de la ciudad de México, repite formas que ha visto funcionar: maquillaje, tacones, vestido. Si tiene éxito, éste no sólo le reafirmará su comportamiento, sino que habrá sentado expectativas y ejemplos ante aquellos que la rodean.
En nuestra sociedad post-moderna, afortunadamente, han surgido identidades y fenómenos sociales que desafían los límites del género. Las identidades drag, por ejemplo: “mujeres” vestidos de “hombre” o viceversa (pongo comillas por lo ambiguo que pueden resultar estas categorías), logran desestabilizar la mirada pública, la hacen cuestionar lo que asume del género. Los drag son un ejemplo de “gender-benders”, o aquellas identidades que irrumpen en las normas de género. Aunque muchos casos sí se sientan identificados con ser mujeres u hombres, toman la performatividad de género como una posibilidad de deconstruir los límites impuestos por la sociedad, tomando una apariencia andrógina, vistiendo del sexo opuesto, o adoptando comportamientos y actitudes inesperadas de su género. Algunos gender-benders se consideran activistas sociales, mientras otros no necesariamente tienen esta agenda. Ejemplos famosos son: David Bowie, Annie Lennox, Conchita Wurst, Marilyn Manson, Boy George, y la gran película de The Rocky Horror Picture Show. A diferencia de los miembros de la sociedad que se apegan a las normas de género (llamados ahora cis-gender), los gender-benders hacen del género un circo, un concepto del cual es posible mofarse, que es flexible, interpretable y fluido.
Así como ofrece celdas y murallas, el género también puede ofrecer un espacio de posibilidad, donde la ambigüedad y la contradicción no están peleadas con la identidad individual y donde aquellas personas que perciben las normas de género como asfixiantes, pueden dar cabida a su personalidad y a sus diversas formas de ser. Dado que el género busca una audiencia, la oferta de performatividad de Butler puede lograr un cuestionamiento de los roles de género, abriendo paso a una sociedad más abierta, que encuentre en la ambigüedad mayor posibilidad que en la normatividad.

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