Monitor Nacional
El kung-fu de las letras
Políticamente Correcto | Ivan Ruelas
22 de junio de 2015 - 9:21 am
KungFu-MonitorNacional
I say empty your mind. Be formless, shapeless, like water. Now, you put water into a cup… it becomes the cup; you put water into a bottle, it becomes the bottle; you put it into a teapot, it becomes the teapot. Now, water can flow or it can crash. Be water my friend- Bruce Lee

Resulta curioso que la RAE defina al kung-fu como un arte marcial de origen chino, semejante al kárate; cuando la etimología que ahí mismo presenta es correcta. Afortunadamente la wikipedia es mucho más precisa. Literalmente: 工 gōng “trabajo” y 夫 fu “hombre”, significa perfeccionarse uno mismo en cualquier disciplina, hasta alcanzar la máxima virtud. Y es que saber rifarse el físico es una disciplina que solamente puede ser adquirida con una voluntad inquebrantable, dispuesta a pasar horas practicando, esforzándose al máximo, con dedicación y persistencia… claves en el kung-fu de cualquier arte.

Pero en China el kung-fu no es exclusivo de las artes marciales: uno puede preguntarse por el kung-fu de un empresario, de un músico o de un hacker… y hasta de un escritor. El maestro en kung-fu encuentra en su disciplina el sentido de La Existencia, a través de su virtud. Al grito de “la pluma es más poderosa que la espada”, ambos instrumentos prácticamente en desuso, me explico:

Un escritor profesional puede ganar todas las batallas y desde todos los frentes. Bruce Lee, filósofo, primus inter paris del kung-fu e ícono de la cultura occidental, revolucionó el tradicional wing tzung hacia un nuevo “estilo sin estilo” llamado Jeet Kune Do, en cantonés: “el camino del puño que intercepta”. Especialmente diseñado para entrenar a cualquier tipo de cuerpo, este arte marcial optimiza las técnicas enfocándose en la naturaleza y las capacidades de la persona que lo practica. Habilitarse como escritor de cualquier persona o causa, incluso como intérprete de uno mismo, requiere conocer la naturaleza y características de nuestro sujeto, su entorno y sus contrapartes. Estar profunda y oportunamente informado es esencial para una comunicación efectiva.

El inevitable entrenamiento físico en las artes marciales es tradicionalmente extremo, de igual manera los escritores deben ensayar hasta llevar el cuerpo al límite de su tolerancia como algo cotidiano. Es menester alimentar y agilizar la mente, mantenerla aguda, procurar opciones y caminos jerarquizados por diferentes variables; metáforas, símiles, paradojas, contradicciones y demás figuras retóricas… todo para operar una sola idea.

Leer y más leer, escribir y reescribir; terminar y volver a empezar, leer en voz alta, informarse por los medios más eficientes, traducir, parafrasear, jugar con más anfibologías que el fino albur… y a veces, ¿por qué no?, regresar al viejo Nietzsche con soundtrack de Charlie Parker y un buen expreso.

Hoy los escritores estamos llamados a hacer textos simples con ideas complejas, con hipertextos a 140 caracteres, a cinco mil golpes por hora. Muchos practicantes olvidan, por ejemplo, lo importante que es el entrenamiento físico: nada mal vienen unas clases (mínimo autodidácticas) de mecanografía.

Para el escritor, el cansancio y el agobio de la celeridad con la que hay que trabajar es considerable, quebrarse la cabeza con una simple oración es cosa de todos los días, y a veces toma días llegar a esa simple oración. Pero ningún dolor se compara con el de verse equiparado con las toneladas de textos descuidados, de argumentación suicida, repletos de lugares comunes… silvestres, por decir lo menos, que hoy se publican.

El maestro de kung-fu tiene que mantener la mente clara, abierta, sin prejuicios, transparente… agua; solo así puede adaptarse a lo que venga y dar una respuesta que incluso anticipe el movimiento del contrario. Con algo tan sencillo como un #luegoexisto o tan complicado como Confucio. El mensaje de adaptación en la filosofía oriental parte desde lo esencial hacia lo trascendental, pero impacta como un tsunami de ejemplos en la cotidianidad. Por eso, nuestra escritura debe ser omnimediática: de esencia simple, adaptable a cualquier audiencia o contexto. Tanto más complicado el tema, cuanto más simple debe ser el lenguaje y la ejecución de la pieza.

En contraste con el tradicional dojo japonés, quien pretende llegar a ser maestro de su kung-fu debe entrenar y practicar en cualquier lugar, bajo cualquier circunstancia, pero siempre persiguiendo el camino de su virtud. Pero el maestro también elige un lugar para practicar su más elevado arte; puede tratarse de un espacio ideal, que defina simbólicamente la mística de su trabajo. Recuerdo, por ejemplo ejemplar, la mítica casona de Monsiváis repleta de libros y gatos.

El maestro de kung-fu debe hacerse de todos los elementos posibles para su defensa, esto le permitirá combatir incluso con varias personas a la vez. Dicha filosofía queda patente en escenas donde Bruce, genio cinematográfico adelantado a su tiempo, logra zafarse de una llave japonesa con una buena mordida. Con el debido entrenamiento, no puede intimidarnos ninguna persona: ni la primera, ni la segunda, ni la tercera… ni del plural ni del singular. No puede limitarnos la búsqueda de un estilo pulcro y ortodoxo, desde las celebérrimas loas, hasta el sarcasmo y el insulto, todos los recursos retóricos están a la mano y esas son nuestras armas. No debe sacarnos ronchas la política, la cultura, ni el fútbol; un buen escritor sabe ver los temas tabú como una oportunidad… Al final, siempre es una palabra la que cambia la historia.

Pero ninguna lección de kung-fu está completa hasta que enfatice suficiente lo imprescindible de la práctica. La retórica es una disciplina que solamente puede ser adquirida a través del tiempo, con esfuerzo, dedicación, continuidad y devoción.

El gran maestro en el kung-fu de las artes retóricas es entonces, quien encuentra en eso que antes era garabatear, cruzar y tachar; que ahora es el sonido de las teclas mientras un monitor es la única fuente de luz… el sentido de La Existencia, a través de sus letras.

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