Monitor Nacional
El niño y la mirada
No te enchiles wey | Manuel Guisande
26 de enero de 2016 - 7:34 pm
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El padre, recordando a su amigo, no dijo nada y se quedó mirando fijamente para su hijo

Esta anécdota me la comentó hace muchos años mi padre con el cual, además de llevarme muy bien, supe que era precisamente eso, mi padre, cuando un día me dijo: «Hay una cosa que no comprendo». «¿Cuál?», le pregunté. Y, a continuación, añadió: «Que el vino vicie…normal, ¿pero que la calvicie?». Desde entonces nunca necesité, para estar seguro de que era mi progenitor, ni acudir al Registro Civil, ni mirar el Libro de Familia, ni hacerme la prueba de ADN; lo que hice, que fue casi igual, es el DNI y, la verdad, me pareció hasta demasiado.

La anécdota que me contó ocurrió cuando una familia visitó a otra en un chalé y los niños entablaron amistad, que ya se sabe como lo hacen, a medio camino entre el cariño y la bestialidad, entre «ven que te dejo este juego» y «es que me dio en la cabeza con un palo», y a curar la herida cuando no la brecha. El caso es que uno de los padres dijo al otro que no hacía bueno de uno de sus niños, que siempre estaba haciendo tonterías, portándose mal y que, más o menos, lo tenía desquiciado. Entonces su colega le explicó su técnica disciplinar para tales ocasiones: «Pues yo a mi hijo, cuando hace una bobada, con solo mirarlo…».

Pasados unos días, estaban comiendo en casa cuando el niño traste hizo una de las suyas y riñó con su hermana a la hora de comer por algo tan trascendente como ver quién cogía primero el bote de tomate. El padre, recordando a su amigo, no dijo nada y se quedó mirando fijamente para su hijo. La mirada era terrible, inmóvil, penetrante, desafiante, hasta diría que cuasiasesina.

El niño, entonces, para sorpresa del cabeza de familia, se quedó callado. El padre, impertérrito, con sangre fría, ni pestañeaba. Fueron tres segundos, tensos, muy tensos, en los que el progenitor sufrió una alegría interior indescriptible casi acercándose a una parada cardiorrespiratoria; pero fueron eso, solo tres, tres segundos, los suficientes como para que el niño, al verlo tan hierático e inmóvil le dijera «Papá, papá, ¿qué te pasa, te pasa algo?»

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