Monitor Nacional
El ser hacia la muerte y la cercanía con la finitud humana
Portada | Andrea Martinez
18 de agosto de 2015 - 7:58 pm
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Dedicado a Alejandra Negrete, Yesenia Quiróz, Mile Virgina Martín, Nadia Vera y Rubén Espinosa

En su análisis del Día de Muertos, Octavio Paz escribiría que la relación del mexicano con la muerte es más íntima que la de otros pueblos, pero “desnuda de significación… y de erotismo”. Paz afirma que para poder valorar la vida, debe existir una relación de igual respeto hacia la muerte, y declara al mexicano como indiferente ante ambas, inclusive señalando la burla de la vida y de su insignificancia representada por calaveras de azúcar y papel picado. Roger Bartra, en cambio, hablaría de la relación del mexicano con la muerte como un producto de la mitología nacional, una nostalgia construida a partir de la tradición. En un análisis mucho más reciente, Claudio Lomnitz señala que a pesar de los debates alrededor de la significancia de la muerte para el mexicano, lo que es notable es la trivialización de la misma para poder ser consumida masivamente por el turismo y la “villa global”. El enlace con la significación “original”, si tal cosa existe, se ha perdido en la popularización y simplificación del horizonte permanentemente inalcanzable de la tradición. Proyectada como emblema nacional y como la antítesis del Halloween americano, a nuestra comprensión de la muerte poco le queda de aspectos indígenas y se ha homogeneizado con el panorama occidental (esto sin tomar en cuenta el cambio en años recientes provocado por la sangrienta guerra contra los cárteles).

La realidad es que ni el mexicano ni el anglo sajón tienen clara su relación con la finitud propia, y pocas veces la desean enfrentar y reflexionar sobre ella. El filósofo griego Epicuro decía que una de las principales causas de nuestro sufrimiento era el preocuparnos por nuestra propia muerte. Sin embargo, en vez de ofrecer la solución religiosa de una vida después de la muerte, negaba tal continuidad y además afirmaba que uno no puede ser feliz en la vida presente si siempre se está pensando en la siguiente. Ya que no tenemos experiencia empírica de la muerte, no vale la pena preocuparse por ella pues nunca sabremos en qué consiste ya que vida y muerte son mutuamente excluyentes. Evidentemente el razonamiento de Epicuro nos puede parecer inocente y fácil de decir, pero difícil de aplicar en nuestra vida diaria.
Albert Camus reinterpretando el mito de Sísifo aunque no posiciona su argumento sobre la muerte como tal, lo hace con respecto al suicidio. Si logramos entender que nuestra vida estará compuesta por rutinas, momentos de aburrimiento, de pasión, de reflexión y de absurdos diarios, entenderemos que no hay nada más difícil que aceptarla como tal, sin ayuda de la religión prometiendo cielos o infiernos. La aceptación de la cotidianeidad y de lo absurdo que pueden resultar nuestras vidas es la base para el respeto a la vida misma, según Camus.

Desde otra perspectiva, Martin Heidegger dedica muchos de sus textos al análisis de la relación entre el ser humano y su finitud. Para Heidegger, la aceptación es también parte de el vivir auténtico, pero él se enfoca en la aceptación de la muerte como aspecto intrínseco de nuestra naturaleza. Heidegger cree que constantemente trivializamos nuestra muerte y escapamos de ella. Tal vez en este sentido los mexicanos estemos más alejados de la muerte que lo que Paz pensaba. Quizá en la burla está la distancia, en el juego está la negación. Nos sumergimos en la cotidianeidad, la tradición para olvidar lo frágiles que realmente somos. Pero la fragilidad no sólo radica en nosotros como seres humanos sino en nuestras posibilidades, nuestros planes y nuestro entorno. El tener consciencia de esa fragilidad puede desestabilizarnos y hasta cierto punto, aterrorizarnos. El que no logremos sentir un horror profundo ante las matanzas en nuestro país, los asesinatos a periodistas, puede ser porque existencialmente nos negamos a reconocer la seriedad y la fragilidad de nuestras vidas. Tal vez no sea indiferencia, como dice Paz, sino ignorancia voluntaria.

Heidegger habla de el Ser-hacia-la-Muerte como una posibilidad de relacionarse auténticamente con nuestra finitud. Para Heidegger, la muerte es la posibilidad más importante en el ser humano por ser permanentemente posible y en ella radica en la imposibilidad de nuestra existencia. Nuestra muerte revela que cualquier otra posibilidad es igualmente finita, igualmente vulnerable, y mientras ciertas posibilidades se iluminan a lo largo de nuestras vidas, otras se apagan. Sin embargo, para Heidegger la aceptación y la reflexión sobre nuestra finitud no significa que nuestras vidas carezcan de sentido. Para él, como para Camus, la finitud es algo de lo que no podemos ni debemos intentar escapar. El reto recae en proyectarnos hacia delante “a pesar de” nuestro terror ante la posibilidad del no existir. El entender nuestra vulnerabilidad y nuestra finitud nos permite planear de manera más informada. A pesar de la angustia que nos cause el enfrentar nuestra muerte, también somos capaces de encontrar el “gozo del asombro” por medio de la comprensión de lo actual y lo posible en cada una de nuestras vidas. El punto tanto para Heidegger como para Camus no es relegar nuestras vidas a la irrelevancia y a la indiferencia, sino es el reconocimiento de los factores que nos definen como seres humanos y la conciencia sobre las bases de nuestra existencia. De esta forma no sólo podríamos cambiar nuestra relación con la muerte, sino con la de los demás y entonces sepamos alzar la voz cuando el respeto a la existencia se hunde en versiones oficiales e incontables asesinatos a sangre fría.

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