Monitor Nacional
El soft power mexicano: ¿poder para quién?
Portada | Eduardo Luciano Tadeo Hernández
12 de enero de 2016 - 7:22 pm
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El concepto de soft power se ha convertido en una preocupación real para los tomadores de decisiones en política exterior

Nuestros líderes políticos han transitado del lamento al nacionalismo para culminar con el sueño de un país neoliberal. Así se entiende la frase que representa la transición del siglo xix al xx: ¡Pobre México, tan lejos de dios y tan cerca de los Estados Unidos!, atribuida a Porfirio Díaz, aunque según Ángeles González perteneció realmente al académico Nemesio García Naranjo. En cualquier caso, el mensaje encuentra en la geografía destino.

Saltando de siglo, entrado el xxi encontramos la consolidación de la internacionalización, Felipe Calderón definió la imperiosa necesidad de tener ¡Más México en el mundo y más mundo en México!, expresión que bien podría explicarse a partir del concepto de interdependencia compleja de Nye y Keohane, acaso producto de la inspiración educada en la academia estadunidense de los asesores del ex presidente.

Hoy, la visión del presidente Enrique Peña Nieto dicta ¡México con responsabilidad global!. Se trata de qué puede ofrecer el país al mundo; una decisión para entender la complejidad de los problemas mundiales y un compromiso impostergable de contribuir a su solución a partir de las fortalezas nacionales. ¡Ahí está el detalle! Diría nuestro celebre Cantinflas. Sin cantinflear, la pregunta importante es ¿qué puede dar México?

El concepto de soft power, cuya popularidad es internacional, se ha convertido en una preocupación real para los tomadores de decisiones en política exterior. Existe un deseo porque los países resulten atractivos para otros países y sociedades a fin de alcanzar los intereses nacionales. El Embajador Arturo Sarukhan encuentra diversas fortalezas que puede utilizar el gobierno mexicano para generar este poder: el arte y la cultura, las industrias creativas, la biodiversidad, buenas prácticas institucionales, la diáspora, la participación del país en el mantenimiento de la paz internacional.

Sin duda, México tiene innumerables riquezas que pueden resultar atractivas para terceros, pero no es un país en paz. José Luis Chicoma escribió en Animal Político sobre la peor amenaza al Soft Power de México. El Director de Ethos Laboratorio de Políticas Públicas, egresado de Harvard, sugiere que la buena imagen del país generada por figuras como Enrique Olvera o Alejandro González Iñárritu se arruina pues “México tiene no sólo el narco y la violencia, sino también una clase gobernante y política que puede sobrevivir a las peores acusaciones con ilegalidad e impunidad, y sin fiscalización”.

Chicoma considera que las declaraciones negativas del New York Times sobre el gobierno de Peña Nieto afectan la imagen de México en el exterior. Asiste total razón a esta reflexión, pues el periódico estadounidense difunde una imagen del país que representa uno de nuestros peores males: la impunidad.  Pero qué consecuencias exactamente tiene México al tener una mala imagen. ¿Lo excluirían de negociaciones los países latinoamericanos en la ONU? ¿Dejarán de invertir las empresas internacionales en México? ¿Se suspenderá el Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea? ¿Les impedirán la entrada a políticos mexicanos a las reuniones de APEC o la OEA?

A pesar de la violencia, el narco y la impunidad, el año pasado el gobierno mexicano celebraba que México subió cinco posiciones en el Barómetro de la Organización Mundial de Turismo, con lo cual se convirtió en uno de los 10 países con mayor captación de turistas extranjeros. Habría que analizar si tras las declaraciones del New York Times menos turistas vienen a México en 2016.

La fuerza del interés económico es tal que no existen costos políticos reales para los gobernantes mexicanos por su falta de rendición de cuentas y apego a la legalidad. Este hecho detona una de las mayores limitantes del concepto de soft power: enfocar los aspectos positivos de un país para generar poder de atracción, sin problematizar a quién beneficia o afecta tener una mala imagen nacional. Sería ideal que una mejor imagen de México fuera directamente proporcional a la disminución de la desigualdad en la distribución del ingreso.

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