Ella, el perfume, el avión y la policía

Ciudad de México.- Como he comentado en más de una ocasión, mi mujer, Veneatra Paynther, es de la tribu sioux y la conocí en una aldea de 11 habitantes porque se confundió de casa; sí, como te lo cuento, se confundió de casa y para mí, (pero te lo digo a ti solo), creo que también de marido, pero es otra historia.

Como norteamericana que es no se amedrenta ante nada ni nadie, tiene ese espíritu luchador de salir adelante y ya puede tener cualquier tipo de problema que no solamente encontrará una solución, sino que como la Nasa, siempre tiene un plan B e incluso C, que suelo ser yo. Pero si soy sincero, cuando llega al Plan C, el asunto es casi imposible de solucionar, por eso yo la animo en el Plan A, y me vuelco totalmente en el B para que no me caiga el marrón del C. (Dios, que noble era).

Como mujer aventurera que es ha conocido medio mundo y, curiosamente, mientras puede desorientarse en A Coruña, donde vivió más de cuatros años, para ella Nueva York, París o los macroaeropuertos son como para ti ir a por tabaco y yo fumarlo. ¿Vas con ella a París? Pues machiño, ni que estuviera en Arzúa o Lalín, en un plis plas te enseña todo y sabe por donde va; pero le dices que vaya a la plaza de Cuatro Caminos, e A Coruña, y sí, va, pero pasando por Segovia, Avila, Badajoz y Palencia. No sé, a lo mejor lo hace por eso que dice Tráfico que los desplazamientos cortos son los más peligrosos⬦ tal vez, pero yo no lo entiendo y por eso entiendo porqué estoy con ella. Contradicciones de la vida, que dicen.

A lo que vamos, pues si para otras mujeres la ropa es superimportante, y en vez de llevar una maleta parece que están haciendo una mudanza, ella, quizás porque vivió en Francia 15 años, no va a ningún sitio sin su perfume. Y si hace un viaje lo primero que mete en su bolso es su esencia.

En una ocasión cogió un avión en el aeropuerto de Alvedro para ir a París, donde tenía que hacer unas gestiones por su trabajo de traductora. Al llegar al puesto de la Guardia Civil y pasar el bolso por el detector de metales, el funcionario vio un frasquito por lo que preguntó de qué se trataba. (Nitroglicerina, pensé yo, que siempre me vienen las ideas más estúpidas en los momentos menos adecuados y ya me imaginaba al personal de aeropuerto gritando: «¡¡¡ Nitroglicerina, nitroglicerina !!!, ¿¡¡¡ Paco, qué se hace con la nitroglicerina !!!?». O sea, el protocolo normal de este país para después, al cabo de una hora, oír al papón de turno preguntando: «¿Que era qué, que niotronotoquequé?».

Tras decirle que era su perfume, el agente le dijo que aunque la creía, el botecito en cuestión tenía más cantidad de la permitida y, que lo sentía mucho, pero que no podía llevarlo consigo. Entonces ella miró al funcionario y le dijo: «Y dígame, ¿qué cantidad puedo llevar?». El guardia civil cogió el envase, lo izó, lo observó al trasluz, y tras hacer un cálculo con logaritmos neperianos cuando X tiende a cero le explicó que, más o menos la mitad, a lo que Veneatra, también mirando el perfume y con él en la mano, pero sin hacer ningún cálculo aritmético le contestó: «Mire, este frasquito me ha costado 60 euros; pero no hay problema, lo que dice que sobra me lo echo todo encima y allá usted, que si vamos oliendo así todos hasta París⬦». El agente un tanto contrariado, no pudo menos que decir: «Bueno, pase, pase». Ella pasó y yo pasé a pensar: «Joé, en poco más 300 años, lo rápido que aprenden estos sioux».