En memoria de mi madre

En Memoria de mi madre

Me gustaba comer helado de chocolate y el chocolate en general. De todos los dulces, ese era mi favorito; como a veces no podíamos permitírnoslo, tú te esforzabas en hacer una versión “casera” de esos postres que a mi y a mi hermano tanto nos gustaban. No nos dimos cuenta, hasta muchos años después, que la razón no era porque “la comida casera es más sana” sino la falta de dinero.

Me gustaba jugar con los pequeños “amiguitos” que tú me hacías. ¿Te acuerdas? Eran de pelusas de algodón, con lentejuelas por ojos y sonrisa de piedritas brillantes, a veces verdes, otras amarillas o rojas. Los sacaba en una pequeña caja y jugaba encantada con ellos. Los primeros amigos en mi vida, y los hiciste tú.

Me gustaba que me leyeras cuentos, primero antes de irme a dormir y luego a todas horas. Tu voz era dulce y cambiabas de tono cuando los personajes cambiaban. Luego los cuentos ya no fueron suficientes para mi y tuviste que inventarte otros, una serie de ingeniosas fábulas con las que intentabas ayudarme a comprender el mundo. Aún ahora recuerdo algunas, especialmente la que me contabas para convencerme de peinarme a pesar de los tirones de pelo. Finalmente, me enseñaste a leer cuando fui un poco mayor y las fábulas ya no me parecieron tan maravillosas… mirando hacia atrás, me pregunto porqué dejé de querer escucharlas y me reprocho el no haberlas escrito.

Me gustaba ver como te arreglabas para salir a algún lugar, con nosotros, con tus amigas, con mi padre o simplemente al supermercado por algún alimento. Elegías tu ropa con mucho esmero, generalmente entallada y que resaltaba tu figura. Y luego te maquillabas, un ritual que no te llevaba mucho, en el que destacabas tus ojos con sombras generalmente oscuras, con los labios de colores diferentes pero casi siempre de un color rojo que aún no olvido y que resaltaba tu sonrisa de dientes blancos y casi perfectos. Yo te miraba desde la cama, maravillada por la manera en que lo hacías y siempre me decías que ya aprendería a hacerlo cuando fuera un poco mayor. Y, cuando finalmente fui lo suficientemente grande para usar todas esas cosas y aprender de ti como lucir tan bella, simplemente lo rechacé como una banalidad y me enfrenté a ti muchas veces, decidida a no hacerte caso a tus consejos primero y a tus reproches después. Sonrió con amargura cada vez que recuerdo esos enfrentamientos y las oportunidades que dejé pasar.

Pero antes de todo eso, un día simplemente enfermaste y te fuiste a la Ciudad de México a que te hicieran una operación. “Cáncer de mama” nos dijiste que se llamaba, y con una sonrisa nos aseguraste que todo estaría bien y que no debíamos tener miedo. Volviste tiempo después, un poquito debilitada pero con la misma alegría de siempre. Cuando tomaste tu primera quimio desafiaste a los doctores y todavía fuiste por mi a la escuela… llegando tuviste que recostarte por una semana, pero tanto tu como mi padre se encargaron de asegurarnos de que era “normal” por el “medicamento” que tomabas, y que ya estarías bien. Cuando a la semana ya estabas de pie y tranquila, aprendimos a tomar como algo normal que después de tu “medicamento” te sintieras algo desganada. Y del asunto no se volvió a hablar más, excepto cuando tenías que ir al doctor a la Ciudad de México… algo “de rutina” como siempre decías, quitándole la gravedad al asunto y permitiendo que mi hermano y yo creciéramos sin miedo.

Luego ya no pudiste moverte. Te dolía la cadera, cada vez peor. Ya no considerabas tus idas “de rutina” como algo sin importancia, sino que una vez me confesaste que no querías ir porque estabas asustada. Mi niñez se terminó de romper en ese momento, porque si bien ya sabía de tiempo atrás que los padres son humanos normales, yo nunca te había visto asustada, mucho menos pidiéndome consejo. Para mí, tu eras super humana, poderosa e invencible… intenté calmarte, sin mucho éxito y te aconsejé que fueras al doctor. Pensé que si había alguien en este mundo capaz de ayudarte a superar tu miedo, esos eran ellos.

Estuviste conmigo un tiempo más, me viste y acompañaste a mi graduación de preparatoria y todavía me ayudaste a elegir la carrera que estoy estudiando actualmente. Finalmente, tus miedos y los míos se hicieron realidad y un buen día ya no abriste los ojos. Te habías ido, finalmente, dejándome con el diagnóstico de metástasis embutido en mi cerebro, como una neblina fina pero asfixiante.

Me dejaste, sola y triste en un mundo demasiado grande y demasiado mundo para mi. A los 19 años es difícil explicar que tu madre se ha ido para siempre y a buena hora comencé a ver todas las oportunidades que desperdicié contigo, las que narré arriba y otras más que están aún atascadas en mi cerebro. Poco tiempo después de tu muerte, cuando cumplí 20 años, me decidí a no pensarlos mucho y a no ver tus ropas, ni tus fotos, ni tus papeles, ni las cartas que le hiciste a mi padre en su noviazgo. Me encerré mucho en mi dolor y durante un tiempo no recordé ni tu rostro ni tu voz, ni nada más sobre ti.

Ahora, a un año de tu muerte y a unos días de cumplir 21, me doy cuenta que no debo olvidarte. Te veo en todos lados, especialmente en el verano te encontré en las hojas verdes de los árboles y en la inmensidad de los cielos azules de esta ciudad donde me quedé estudiando. Te encontré en las gotas de lluvia que caían sobre el asfalto, y me acordé de cómo decías que la lluvia no debía ser triste, sino algo alegre, porque era una oportunidad. Era un renacer.

Ahora se que tu partida también es una oportunidad para mi. No voy a olvidar tus enseñanzas, especialmente la de seguir peleando con una sonrisa en mi cara, y difundir cómo lo hiciste.

Te quiero, mamá.

En memoria de mi madre, María Guadalupe, y las incontables víctimas del cáncer de seno en América Latina.