Monitor Nacional
Encontrarse en el otro: la marcha de la Indignación
Simposios Migrantes | Andrea Martinez
30 de septiembre de 2015 - 2:43 pm
marcha de la indignación-mn
Quisieron enterrarnos pero no sabían que éramos semilla

En Phyrrus y Cineas, uno de los textos más tempranos de Simone de Beauvoir que después daría pie a su obra maestra El Segundo Sexo, ella propone que en nuestro encuentro con el “otro” está guardado un infinito. Las posibilidades que cualquier “otro” ser humano nos ofrece respecto a nuestra relación y aprendizaje con el mundo son extensas y está en nuestra libertad forjar el tipo de relación que queremos con los demás.

El “otro” en la ciudad de México representa en muchas ocasiones una posibilidad de amenaza más que una de trascendencia y aún así, hay momentos en la vida cívica que parecen revelar que la trascendencia todavía es posible.

En El malestar de la Civilización, Freud diría que la sociedad está condenada al instinto agresivo del individuo. Que aunque nuestro deseo de violencia ha sido limitado por leyes y por la moral, nuestra civilización está en constante riesgo de volver al desorden y a la agresividad. México contemporáneo sería un gran ejemplo para la tesis de Freud de que algunas sociedades tienen tendencias más fuertes a satisfacer sus instintos básicos.

Tanto el acoso hacia las mujeres en las calles como la violencia desgarradora que caracteriza al narcotráfico ejemplifican casi a la perfección las fuerzas de Eros y Thanatos. Sin embargo, a veces parece resurgir en nuestra sociedad el deseo de sobreponerse a sí misma, de querer ser algo más de lo que somos ahora. Para mí, las marchas que claman justicia por los desaparecidos de Ayotzinapa no sólo son un ejemplo de cultura cívica, sino un deseo latente en la población de no temer al “otro”, de no condenarse a la violencia y corrupción impúdica, de creer que no todo está perdido.

En las multitudes que cantan y caminan no se aclara un plan de acción pero se vislumbra una masa anónima con ansia de catarsis y de cambio; en esos distintos niveles de consciencia hay una esperanza humana de superación, para nosotros y para quienes vengan en un futuro.

Es verdad que es fácil entregarse a la vida cotidiana, al promedio clase mediero que poco se inmuta ante lo que ocurre en su sociedad. Heidegger llamaría Das Man (traducido del alemán como “el uno”, o su contraparte “el otro”) a aquél fenómeno que permite el anonimato en la sociedad y nubla la consciencia entregándole rutinas, horarios, distracciones de aquello que realmente lo define como ser humano. Un ejemplo: uno no grita en las calles, uno va a trabajar, uno paga sus impuestos, uno come con el tenedor en la mano izquierda. Marcando los lineamientos de nuestra vida social, poco espacio queda para la reflexión existencial sobre significado y propósito. Autenticidad, diría Heidegger, es lo que debemos buscar.

Sartre y Beauvoir responderían con textos más inclinados a la ética, en el caso de Beauvoir expresando que mi acción es sólo un punto de partida para el otro, y una posibilidad de trascendencia para ambos. ¿Cómo pertenecer a un país? ¿A una sociedad? Pregunta Beauvoir citando El Jardín de Cándido de Voltaire. Sólo pertenezco si me involucro. Sólo puedo llamar mío a algo o a alguien cuando mis acciones parten de la reflexión, del deseo de una proyección al futuro. Lector, ¿es tuyo México? Para Beauvoir, las acciones no cuentan si son autómatas, si son una repetición de aquello que hace el de al lado, si sólo cumplen con expectativas sociales; sino son a partir de nuestro pensamiento y análisis sobre sus consecuencias y su significado. Sin caer en generalizaciones absurdas, una parte importante de los asistentes de las marchas siente una responsabilidad de involucrarse en la vida y la problemática de un país al que cree pertenecer.

En Ética e Infinito, Emmanuel Levinas escribiría que el “otro” me revela una responsabilidad infinita. Para Levinas, el otro no es el opuesto del yo, pero demanda una afirmación o negación de su trascendencia. El racismo, el sexismo, las declaraciones de Donald Trump, la discriminación a los inmigrantes, el rechazo de la importancia de los hechos en Ayotzinapa es una negación de la trascendencia del otro. Es decirle, tú no importas, no eres trascendente, tu voz no debe ser escuchada.

Muchos sociólogos posteriores a Levinas retomarían el concepto del “otro” refiriéndose a esta negación, sobre todo en torno a las minorías; en México, el subcomandante Marcos la usaría para dar identidad simbólica al movimiento Zapatista. Entonces, según Levinas, es nuestra responsabilidad como seres sociales reconocer la trascendencia del otro, no minimizarlo o considerarlo inferior por su raza, etnia, clase social, orientación sexual, género, etc.

Sin delirios de utopía cuya propuesta es que podemos “entender” a cualquier “otro” o que en esto radica la solución absoluta, es sin embargo posible establecer puentes de comunicación. El primer paso es mirarnos a los ojos y ver en aquéllos rostros posibilidad y significado, para después contarnos y escuchar las diferencias y similitudes en nuestras vidas. Es en la consciencia sobre nuestras acciones y nuestra reflexión ante ellas donde podemos retomar la relación con un país que hoy mira para el otro lado ante la tragedia de miles.

Tal vez ahí radique el balance que Freud, silenciosamente esperanzado, postuló en su teoría sobre la sociedad: un día quizás hagamos una tregua entre los deseos de edificación y de destrucción que nos definen. Un día tal vez logremos comprometernos como sociedad con una ética cuyo propósito sea el reconocimiento de la trascendencia humana.

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