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Enrique Alfaro, candidato frentista

Los tiempos se acortan. Los ciudadanos exigen definiciones políticas a los aspirantes de cara a las próximas elecciones. El espacio para los dobles discursos y las indefiniciones electorales se reduce. El margen de maniobra cada vez es menor. Los equilibristas políticos hacen verdaderos actos circenses para seguir vendiendo una cara que no tienen y abultar sus masas de votantes que saldrán a las urnas en 2018.

Como en ninguna otra elección presidencial en la historia reciente de México se presenta un escenario donde tenemos muchos aspirantes y muchos partidos políticos, pero con débiles relaciones entre unos y otros. Es decir, asistimos a una realidad donde partidos hay políticos que gozan de cierto apoyo ciudadano pero que se puede reducir cuando le ponen nombre y apellido a quien pudiese ser su abanderado rumbo a Los Pinos; por otro lado, tenemos candidatos cuyo nivel de aceptación se reduce significativamente cuando se asocia a un partido político.

En ese sentido, pareciera que la encrucijada para los aspirantes a puestos de elección popular será bajo qué siglas partidistas salen a la pepena electoral. O bien, si aceptan la ganancia otorgada por un partido político a cambio de ceder parte de su autonomía.

Quiero referirme al proceso electoral de Jalisco, donde, además de diputados y presidentes municipales, saldremos a elegir al próximo gobernador. Sin temor a equivocarme, el próximo jefe del Ejecutivo estatal saldrá de las filas priistas, sin que hoy conozcamos el nombre de la candidata o candidato, o bien, será Enrique Alfaro, que aún no deja en claro si irá solo o es el abanderado del Frente Ciudadano por México (FCM). A mí me parece que será el candidato frentista-alfarista.

La lógica que sustenta esta afirmación tiene que ver con lo que en política se debe ofrecer para recibir. En la conformación del FCM confluyen tres fuerzas políticas con pesos específicos diferentes. Sea a nivel nacional o estatal, la fuerza del PAN, PRD y MC cambia sustantivamente. En ese sentido, los partidos frentistas suman o restan según sea el caso, y como miembros del Frente deben asumir los costos y beneficios de ello.

Así las cosas, resulta difícil pensar que Ricardo Anaya y Alejandra Barrales le abran la puerta a Dante Delgado y no le pidan nada a cambio. Primero, lo que el PAN y PRD le ofrece a MC, los emecistas no lo tienen en ningún lado del país; con excepción de Jalisco, la presencia de MC en la República es testimonial. Pues bien, así como MC no pinta en los estados que no sean Jalisco; el PAN y el PRD se encuentran en franca decadencia en nuestro estado, incluso el partido del Sol Azteca corre el peligro de perder el registro luego del proceso electoral; con ello pedirle a Enrique Alfaro que vaya por el Frente sería para revivir a dos muertos políticamente hablando: PAN y PRD.

Si solamente miramos un lado de la historia, Alfaro no tendría necesidad para ir con el Frente, puede ganar solo la gubernatura. Sin embargo, usando esa misma lógica, Ricardo Anaya y Alejandra Barrales, podrían pensar que su nivel de votación en el resto del país no se verá incrementado por la unión con los naranjas, y aun así van en alianza. Lo cual le cobrarán al alfarismo jalisciense.

¿Por qué el FCM estaría teniendo candidaturas comunes para la presidencia de la República y el gobierno de la Ciudad de México, y no para el gobierno de Jalisco? En ese sentido, aunque Ricardo Anaya diga que “no habrá imposiciones desde lo nacional”, pienso que la historia ya está escrita. Enrique Alfaro será el candidato del FCM a la gubernatura de Jalisco.