Entre la negación y la ira

Las primeras semanas de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos han sido una fuente de gran interés para los politólogos nacionales e internacionalistas. Como mencioné en otro artículo que escribí anteriormente, previamente a la toma de protesta del señor Trump, existían dos ideas prevalentes respecto a la posición que tomaría este una vez en el poder. La primera es que moderará; que no había forma de que cumpliera con todo lo que había dicho a través de los meses, porque de hacerlo, se encontraría con una gran desaprobación que lo limitaría a la hora de actuar. La segunda era que continuaría actuando igual de radicalizado en sus posturas y que ignoraría a las críticas y a la presión civil como ya venía haciendo a lo largo de sus campañas. Ahora, con un mes en la casa blanca, sería pertinente decir que fueron quienes sostenían la segunda idea quienes tuvieron razón.

Trump no sólo ha empezado a cumplir con una gran cantidad de sus promesas de campaña, sino que, más allá de lo cuestionables que muchas de estas pudieran resultar por sí mismas, los medios a través de los cuales las ha empezado a llevar a la práctica han sido sumamente controversiales. Las acciones ejecutivas que tanto le criticaban los republicanos a Obama han sido casi el único medio de acción que ha tomado el actual presidente para llevar a cabo sus planes. Su plan de hacer que México page por el muro fronterizo, al no rendir los frutos que él (por razones que escapan a la razón) esperaba ha hablado de imponer un impuesto del 20% en productos mexicanos, acción que podría ser penada por la Organización Internacional de Comercio. En un acto casi cínico, cuando se transmitió la firma de una orden ejecutiva que prohibirá a los Estados Unidos donar dinero a organizaciones no gubernamentales que ofrezcan servicios de aborto (aun cuando dicho dinero no sea usado para los abortos en sí), Trump se encontraba rodeado de hombres; ni una sola mujer estuvo presente aunque esta sea una acción que afecta primordialmente a las mujeres.

Aunque para la mayoría no sea de sorprender que quienes se oponen a dichas prácticas hagan hecho todo en su poder para impedirlas (como a través una orden judicial que suspendió la prohibición de entrada de ciudadanos procedentes países de mayoría musulmana), esto sí le ha resultado sorpresivo al presidente, o al menos eso quiere aparentar. Es aquí donde se puede apreciar mejor el estado en el que se encuentra el presidente. Ante el fuerte rechazo de sus opositores, los cuales representan una cantidad importante del país, y la insistencia de los medios de corregir los datos erróneos que este difunde de manera casi sistemática, Trump ha respondido de la misma manera en que lo ha hecho desde que llamó por primera vez la atención del ojo público: Pretendiendo que él es el único que tiene la verdad absoluta y que todo aquel que lo contradiga está en un error.

No hay mejor ejemplo de esto que la conferencia que dio el pasado jueves 16. En esta conferencia, cuyo propósito inicial consistía en anunciar al nuevo secretario de labor rápidamente se convirtió en una plataforma para que el presidente pudiera atacar a los medios de comunicación, alegando que estos constantemente difunden noticias falsas en su contra y que la deshonestidad de los periodistas estaba fuera de control. Todo esto fue después de decir que él había tenido la mayor victoria del colegio electoral desde Ronald Reagan, cosa que no es cierta en lo absoluto. Y es que pareciera que se encuentra en perpetuo estado de duelo, constantemente atrapado en su primera dos etapas: la negación y la ira. Siempre negando la verdad cuando se encuentra frente a él y respondiendo de manera agresiva a aquellos que insisten en querer hacerlo reconocerla. No existe ningún diálogo. Él no negocia, no se arrepiente y no acepta.

Esto es verdaderamente preocupante porque si el presidente de los Estados Unidos de América, un país siempre se ha enorgullecido de hacerse llamar uno de los principales  promotores de la democracia y la libertad en el mundo, no sólo ignora la voz de su propio pueblo, sino que abiertamente la rechaza, entonces ¿qué destino le espera al resto del mundo? ¿Qué tan alto tendrá que gritar la prensa para ser escuchada? ¿Cuánto durará la prensa si más hombres como Trump surgen en el mundo? Solo el tiempo dirá si la presión de la ciudadanía logra forzar a Donald Trump a pasar a la etapa de negociación, o si los Estados Unidos se le unirá en su duelo perpetuo de ignorancia y prepotencia.