¿Es usted geek o neoludita?

Los discursos sobre la tecnología están polarizados, o la rechazas o la adoptas. Más a fondo, la postura ante la tecnología tiene además de sus polos, zonas matizadas. Soy consciente del falso dilema que planteo en el título. La tecnología no es buena ni mala en sí misma, nos dicen los estudios sociológicos, y el viejo marxismo agrega: depende de cómo se use. Pero revira otra corriente de pensamiento: el medio es el mensaje, que en palabras simples significa entre otras cosas, que la tecnología orienta ya el proyecto de vida de los sujetos, no depende de cómo se use. Cada una de estas perspectivas merece una apreciación que prometo atender en el futuro. Por ahora me concentro en los polos.

Quien rechaza la tecnología puede recibir el calificativo de neoludita. Marx informa que desde el siglo XVII los obreros protestaron contra las nuevas máquinas que dejaban a muchos sin trabajo, a veces las destruían y hasta llegaron a matar a un inventor para que no pudiera recrear el artefacto (Marx, Karl (1984), Cuaderno tecnológico-histórico (Extractos de la lectura B 56, Londres 1851), tr. Enrique Dussel Peters, México: Universidad Autónoma de Puebla, p.110). La historia a voces indica que Ned Ludd era uno de los obreros que más rabia tenía contra esos inventos, y que de su apellido surgió el concepto de ludita, el que odiaba la tecnología, esa conducta da origen a una postura que en el contexto actual se conoce como neoludita. Un ejemplo radical de neoludismo es el del Unabomber, un genio matemático y profesor en la Universidad de California en Berkeley, que se convirtió en terrorista para despertar al mundo del deterioro grotesco que la tecnología produce en la vida del hombre moderno, según él.

En el polo opuesto está el geek. Según el traductor Word reference, el geek es un friki informático. El RAE a su vez, dice que el friki (sí existe en español), es el “que practica desmesurada y obsesivamente una afición⬝. El geek es el obsesionado por el gadget (dispositivo) más actualizado que pasa la noche haciendo fila para obtenerlo. También existe el término “tecno-optimista⬝. Lo emplea el economista R. Gordon, quien según Taylor Cowell (“Is innovation over? The case against pessimism⬝, en Foreign Affairs) lo emplea para criticar a quien está convencido de que las tecnologías más recientes han hecho mejorar al mundo, por el contario, él afirma que la pobreza de los últimos siete años se debe a que las tecnologías digitales presentan una innovación incapaz de rendir ganancias en términos de producción. Otro término es el de tecnófilo, lo usa el Unabomber (en su manifiesto El futuro de la sociedad industrial) para designar a quien tiene la creencia naive, según él, de que la tecnología se puede regular y controlar como queramos.

Sin embargo para diferentes estudiosos de la sociología y la filosofía de la tecnología, ambas posturas son incorrectas, al caer en el fetichismo tecnológico, creyendo ingenuamente que todos los beneficios o todos los males provienen de la tecnología (v.gr. Corona Treviño, Leonel (ed.), (2002). Teorías económicas de la innovación tecnológica. 1ª ed. México: IPN. p. 175, 176).

En contraste con los discursos, en la práctica el uso de la tecnología no está polarizado, casi toda la gente la emplea aunque la repudie. Solo son unos cuántos que pasan por extravagantes, quienes deciden, y lo cumplen, no usar dispositivos tecnológicos; descontando a los marginados en las sierras mexicanas o los cinturones de extrema pobreza alrededor de las ciudades, porque lamentablemente no todos son libres de elegir.

La objeción contra el tecnófilo, es que en la práctica hay una innumerable cantidad de subproductos no deseados que deja la producción tecnológica (contaminación, etc.), lo que lo obliga a tener que aceptar que el mundo tecnológico tiene una faceta negativa.

La situación del neoludita también es penosa, pues si no quiere vivir aislado tiene que vivir haciendo uso de la tecnología, orillado a soportar un estilo de vida que no cree correcto. Esta situación genera que el neoludita guarde un resentimiento contra el empleo de la tecnología y contra la sociedad en general (en especial contra el sistema capitalista) que lo vuelve intolerante frente al geek, y a veces esa intolerancia es violenta. Aunque lo ordinario es que ambos se vean con desprecio y se lancen consignas hirientes, sobre todo en redes sociales, pues el neoludita también las usa, lo que refleja que suele ser el menos consistente con sus ideales. Por su parte, la actitud del geek también es destructiva, aunque indirecta si consideramos el impacto de las consecuencias no deseadas (ilustrada con la figura del hipster), pero que llega a desaparecer pueblos al apoderarse de los recursos para su subsistencia y que los empresarios necesitan para convertirlos en mercancías. Si bien aquí ya tenemos que considerar los múltiples factores que entran en juego, precisamente para no caer en el espectáculo de la polarización.

Finalmente observemos, que como sentencia F. Fukuyama (Our posthuman future), la tecnología es un pacto con el diablo, mejora una cosa pero empeora otra. Yo agregaría que es un pacto inevitable, pues señala K. Marx, somos seres “necesitantes⬝, y la tecnología ayuda a satisfacer nuestras carencias (Cuaderno tecnológico-histórico).

Que el neoludita no sea coherente al intentar vivir sin tecnología, nos viene a confirmar la tesis de K. Marx, el humano tiene que producir herramientas que a su vez le permitan superar su debilidad ante la naturaleza. No es por capricho que tengamos tecnología, es una necesidad. Ahora bien, debemos escoger la tecnología que queremos, podemos ponerle límites, tales que permitan un equilibrio entre sus beneficios y sus vicios. El problema será ponerse de acuerdo en dónde es correcto trazar las líneas limítrofes.