Monitor Nacional
Estar preso en América Latina: una verdadera pesadilla
Termostato | Gabriela Navarro
2 de noviembre de 2016 - 2:38 pm
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El problema va mucho más allá del número de presos hacinados. Hay que pensar en las características propias de América Latina que definen su dinámica actual

La noche del domingo 30 de octubre fue testigo de una más de las riñas carceleras ya comunes en Brasil. En un centro de reclusión para menores en el municipio de Caruarú en el estado de Pernamburo, siete adolescentes murieron durante una pelea entre grupos rivales que provocó una rebelión. Los reclusos quemaron colchones y desataron un incendio que sólo los bomberos pudieron contener. Seis de los siete murieron carbonizados, el otro mutilado. Tres tenían 14 años, dos tenían 15, uno tenía 17 y el otro tenía 18 años. Hay 205 presos en ese reclusorio que sólo tiene capacidad para atender a 90 presos. No es la primera vez que Brasil es escenario de estas atrocidades.

El 16 de octubre de este mismo año, el saldo de reclusos fallecido por un enfrentamiento entre facciones rivales en la Penitenciaria Agrícola de Monte Cristo, ubicada en Boca Vista en el estado de Roraima, fue de 25 personas. El patrón se repite, siete murieron decapitados, otros seis quemados vivos. La penitenciaria tiene capacidad para atender a 740 presos, hay mil 400 reclusos. Al día siguiente la cárcel Porto Velho en la capital de Rondonia sufrió un saldo de 8 presos muertos.

En diciembre 2013 en el Penal de Pedrinhas en el estado de Maranhao, el recluso Edson Carlos Mesquita da Silva fue asesinado de la manera más atroz. Los presos cortaron su cuerpo en 59 partes, las salaron y las esparcieron por el penal en bolsas de basura. Entre los restos hallados días después, notaron que faltaba el hígado. Los presos habían asado el hígado, lo repartieron y lo comieron. Este crimen fue el resultado de un “roce” entre la víctima, otro preso y uno de los líderes de esa facción. El Penal de Pedrinhas ya tenía sospechas de otros casos de canibalismo.

Población carcelaria por encima de los límites

Las cárceles brasileñas han creado su propio sistema de justicia interno, son los grupos criminales quienes imponen sus propias reglas y castigos que incluyen decapitaciones, linchamientos y violaciones colectivas. Brasil tiene graves problemas carceleros, a tal grado que está en riesgo de recibir su primera condena de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. El problema radica en un solo factor clave: el gran hacinamiento de sus celdas. Con 600 mil reclusos, Brasil es el país con mayor población carcelaria de América Latina y el cuarto a nivel global, sólo por debajo de Estados Unidos, China y Rusia. El número de presos creció un 575% en los últimos 25 años. En Brasil hay 607,731 detenidos, mientras que el país tiene capacidad para atender a 377 mil reclusos; las cárceles están siendo utilizadas al 161% de su capacidad.

Tristemente Brasil no es el único país latinoamericano que sufre problemas de hacinamiento en sus prisiones. Entre los motines carcelarios más sangrientos de los últimos 30 años en América Latina, figuran los siguientes países y cifras (hay que recordar que cada una de estas cifras son recolectadas a partir de un solo enfrentamiento violento):

Venezuela: 60 muertos (1992); 108 muertos (1994); 58 muertos (2013)

Honduras: 69 murtos (2003); 361 muertos (2012)

Chile: 81 muertos (2010)

Brasil: 111 muertos (1992); 133 muertos (2006)

República Dominicana: 135 muertos (2005)

Perú: 250 muertos (1986)

La violencia es tendencia en las prisiones de América Latina

¿De dónde surge esta tendencia a la violencia extremada en las prisiones latinoamericanas? Podríamos reducirlo a una sola causa: la sobrepoblación. Ciertamente es el mayor problema. Entre las 10 cárceles más pobladas del mundo, 4 son de América Latina: Haití con 416% de sobrepoblación, Salvador 320%, Venezuela 270% y Bolivia 256%. Por cada 100 camas en el Salvador hay 290 reclusos; en Guatemala 190; en Nicaragua, República Dominicana y Panamá 180; en Brasil 175; y en México y Paraguay 125.

Pero la verdad es que el problema va mucho más allá del número de presos hacinados. Hay que pensar en las características propias de América Latina que definen su dinámica actual, como lo son la impunidad, la corrupción, la pobreza y la desigualdad. Los niveles que tenemos de delincuencia de alto y bajo impacto, no es más que el reflejo del bajo desarrollo humano, lo que forma una sociedad ordenada, que tenemos es América Latina. En cuanto a sistema penitenciario, el mayor problema no es un sistema eficiente, sino que el problema es evitar que la gente cometa un delito.  El 46% de presos en América Latina ni siquiera tienen condena, es decir, aún no se define si son culpables o inocentes, pero están encerrados en una prisión de todas formas.

El sistema penitenciario latinoamericano es completamente inequitativo y tramposo. Se acostumbran prácticas como la compra de testigos, la fabricación de pruebas y el maridaje de las autoridades con los criminales. Además de que se ha incrementado aceleradamente la población penitenciaria debido al endurecimiento de las penas, el incremento de los delitos considerados como graves, la duración de los procesos judiciales, el abuso en el número de prisiones preventivas y la falta de alternativas a los procesos penitenciarios..

¿Qué se puede hacer con este problema?

Hay que reducir el excesivo y desproporcionado nivel en las penas. Muchos de los presos en Latinoamérica cumplen condenas larguísimas por delitos de bajo impacto. Están en completa desproporción al grado del crimen cometido.

Se tiene que recuperar el control de las cárceles por parte del Estado. La corrupción de las autoridades en las prisiones es cada vez más común. Este problema fomenta la violencia dentro de los mismos, pues las cárceles se convierten en un negocio paralelo donde se le pone precio a la comida, las drogas, la seguridad, el acceso a las visitas, la prostitución, las armas y celulares.

Hay que reducir el abuso de uso de prisión preventiva. Hay delitos de bajo impacto que deberían poder ser condenados con otro tipo de actividades de mayor provecho, como el servicio comunitario, en lugar de cumplir tiempo encarcelado.

Se deben evaluar las instituciones penitenciarias por sus resultados. El fin último de una prisión es la rehabilitación y reincorporación de los presos al tejido social. En su gran mayoría las prisiones de Latinoamérica no procuran la cohesión social, pues el negocio está en mantener presos dentro de la prisión. Un preso que cumple condena por un crimen de bajo impacto sale de la prisión graduado en crimen organizado y asesinato.

Hay que situar a los internos en centros cercanos a sus domicilios. Como una táctica de ablandamiento y sumisión, los sistemas penitenciarios de América Latina acostumbran trasladar a los que cumplen condena a prisiones alejadas de sus domicilios para desconectarlos por completo de su contexto social. Esta medida provoca que eventualmente los familiares del prisionero dejen de visitarlo y el preso queda completamente desconectado de la vida al exterior de la prisión.

Cárceles para que cumplan su función

Como mencioné anteriormente, la funcionalidad de las prisiones recae en la reincorporación a la sociedad de los presos. Queda mucho por hacer para hacer cumplir esa función, pero si algo es seguro es que en Latinoamérica no deben existir las prisiones privadas, no mientras los sistemas penitenciarios sean corruptos; no mientras el Estado no sea capaz de garantizar seguridad a todos sus ciudadanos, eso incluye a sus presos y presas, que aunque tienen sus garantías suspendidas, no se convierten en ciudadanos de segunda ni tercera.

 

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