Estudiar Ciencias Sociales en América Latina

Históricamente ser estudiante del área de Ciencias Sociales o Humanidades, ha sido desprestigiado, desvalorizado e incluso ridiculizado por no poseer los datos o valores numéricos certeros; por no tener suficientes fórmulas para asegurar un método absoluto de validez; por estar distanciados completamente de cálculos precisos con márgenes de error mínimos, o por simplemente no figurar entre las primeras opciones de carreras mejor pagadas en el mercado laboral.

Ser estudiante de Ciencias Sociales y de Humanidades no es fácil.

No es fácil porque todas las realidades circundantes dentro de un territorio no se pueden mimetizar ni estandarizar con fórmulas.

No es fácil porque contextualizar regiones, situaciones, personas y acciones no depende de una secuencia milenaria.

No es fácil porque pensar, diseñar y ejecutar políticas públicas transversales, intersectoriales e inclusivas no depende de una implementación con base en porcentajes poblacionales.

No, no es fácil. El mito de la facilidad de estudiar Ciencias Sociales y Humanidades se ve perpetrado por una reticencia a reconocer que el futuro no sólo se hace a partir de un pensamiento material a futuro, ni a partir de una maximización de ganancias, o a partir de una economización de recursos. Estudiar dentro de estas áreas nos permite comprender, explicar, construir, reconstruir y organizar la realidad social a partir del reconocimiento y entendimiento del pasado, valorando así la serie de procesos históricos que nos llevan al ahora y así redefinir el mañana para el beneficio de la colectividad.

En América Latina, estar dentro de esta área de estudios nos hace herederos de un pasado rico en historia que no podemos intentar catalogar como bueno o malo, blanco o negro, pues forma parte de nuestra identidad colectiva, que quizá no es idéntica en todos los países latinoamericanos, pero reconocemos que existe un elemento general que se replica en todos y cada uno de nuestros países.

Si hacemos un recuento, nos remontamos a un pasado indígena, inventivo, fuerte e inteligente, el cual se ve opacado por una imposición colonial, represiva y mortífera. Encendiendo una llama de esperanza de independencia regional, que se ve seguida por un proceso de re-colonización y re-explotación, el cual como bien describió Eduardo Galeano, lo llevamos aferrado en las venas.

Estamos marcados por la existencia de un pasado dictatorial, violento y frívolo, lleno de masacres y de violencia institucional perpetrada por un Estado incapaz de reconocer la diversidad latinoamericana, contestado con revoluciones ideológicas con impacto internacional. Seguido por guerras en las que no figuramos, pero que nos re-moldearon, lo cual solamente fue el preludio para el cierre de un siglo con políticas económicas diseñadas con base en modelos inexistentes en la región.

Llegando a nuestra situación actual, en la que tenemos un panorama de violencia, desigualdad, desconfianza institucional, un fenecimiento de la democracia, libertades restringidas, polarizaciones ideológicas etc… algunos argumentan que América Latina no es una región en sí, porque las regiones solamente son conceptos abstractos. Sin embargo, yo considero que al ser una categoría de análisis, podemos interpretar una realidad transversal que si bien –como comentaba, no está homogeneizada–, está presente y juega un rol en la cotidianeidad de estos países.

Esto es lo que implica estudiar Ciencias Sociales y Humanidades en América Latina; dimensionar realidades que van más allá de nuestra temporalidad, espacialidad y cotidianidad. No sólo para entender y contextualizar, sino para ayudar a crear espacios, mecanismos y políticas para la sociedad a partir del estudio histórico, cultural, político, económico y social de las personas de acuerdo a su contexto.

Por esto creo que no es una pérdida de tiempo estudiar o ser parte de alguna de estas áreas, pues me parece que apostar por la gente nunca será la peor opción, pues es gracias al reconocimiento de las personas que podemos construir futuros más justos, inclusivos, éticos y democráticos. Al ser herederos de este bagaje contextual, tenemos en nuestras manos la posibilidad de evitar la repetición de un pasado injusto y violento, para poder eventualmente re-construir a partir de cimientos que nos soporten a todos y a cada una de nosotras.