Monitor Nacional
Genuflexión peñista
Divisadero | Eduardo Gonzalez
1 de septiembre de 2016 - 1:43 pm
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Como muchas de las apuestas que realiza Peña Nieto, la invitación a Trump fue una mala posta

Cuando pensábamos que ya habíamos visto todo sobre Donald Trump, sucedió lo impensable: aceptó una invitación de Los Pinos para visitar tierras mexicanas. La invitación del “gobierno” de Enrique Peña Nieto, necesariamente debió estar precedida por una ignorancia de las piezas discursivas de odio y racismo hacia los mexicanos lanzadas por el político republicano; o bien, de una disculpa del candidato: la segunda opción nunca se escuchó. De la primera solo la presidencia tiene la respuesta.

Como muchas de las apuestas que realiza Peña Nieto, la invitación a Trump fue una mala posta, de las malas pujas no se obtiene nada bueno. En esta ocasión se montó el tinglado y Donald Trump lo aprovechó para no mandar decir su sentir, lo expresó de frente y en nuestra casa: de llegar a la Oficina Oval construirá un muro en la frontera con México. En un reduccionismo absoluto insistió en que el muro es la manera de frenar la migración “ilegal” hacia su país. Ignoró las causas estructurales tanto económicas, como políticas y de seguridad que obligan a los mexicanos y centroamericanos a huir de sus naciones. Este discurso ya se conocía, sus posturas racistas no son un secreto, su reducida capacidad de análisis sistémico para entender la histórica vecindad de nuestras naciones no es novedad. Por ello, la gran pregunta que quedó sin respuesta es: ¿por qué lo invitaron a Los Pinos? No preguntamos ¿quién? Porque si no fue Peña Nieto, fue su peor enemigo.

Como convidado de palo quedó el inquilino de la casa presidencial ante los dichos del republicano. Solo respondió, tibiamente a toro pasado, cuando Donald Trump ya se encontraba camino a Arizona, donde presentó su propuesta migratoria que incluye lo dicho por él mismo a lo largo de los meses de campaña. Veámos:

El proyecto migratorio consiste en construir un muro que se insiste, lo pagaremos nosotros. Deportaciones masivas de las personas que ingresen “ilegalmente” a Estados Unidos o que hayan sobrepasado su visado temporal y sean detenidos por las autoridades. Los cuerpos de seguridad estadounidenses, especialmente las policías locales, serán puestos a disposición de la estrategia contra los migrantes. Ningún migrante detenido al cruzar “ilegalmente” la frontera será puesto en libertad, permanecerá detenido hasta que sea deportado. Quienes tengan la intención de migrar al vecino del norte pasarán por un “examen ideológico” para asegurar que comparten los valores de los estadounidenses y “aman a esa gente”. Finalmente, revocaría las órdenes Ejecutivas de Barack Obama como DACA y DAPA para no otorgar derechos a los Dreamers, así como a sus padres. Todo esto, bajo la premisa de que lo importante no es lo que conviene a los migrantes, sino a los ciudadanos norteamericanos (El País, 1 de septiembre de 2106).

Ahora bien, en cada proceso electoral estadounidense a querer o no, el gobierno mexicano debe jugar con mucha cautela para dar su apoyo al candidato que se perfile con mayores posibilidades de triunfo. Es cierto que en algunos momentos los escenarios para decidir con qué candidato se la juega nuestro país, ofrecen poco margen de maniobra, las encuestas no dan color sobre quién puede ganar. Pero en esta ocasión, Donald Trump se ha ido desplomando al paso de las últimas semanas, y la distancia que lo separa de Hillary Clinton es hasta de 16 por ciento en algunas encuestas. Por lo tanto, si se iba a recibir a un candidato esa debía ser la demócrata. En caso de no querer mostrar las cartas, pues se debió optar por no invitar a ninguno. Sucedió todo lo contrario: se invitó a los dos y el primero en aceptar fue Trump, y al día de hoy no hay respuesta positiva por parte de los demócratas.

Hace algunos años, el 1 de septiembre que se leía el informe presidencial era conocido como el “día del presidente”; pocas horas antes de este día, Peña Nieto enfrentó la “amenaza” de Donald Trump con una genuflexión. Uno amenaza, el otro se inclina.

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