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Golpe de Estado en Brasil

El golpe de Estado en Brasil se consumó. El golpe de Estado se maquilló como un impeachment. La puesta en marcha del juicio político para eliminar un proyecto de gobierno. Hacer a un lado, no mediante las urnas, a una mandataria incómoda para las clases privilegiadas. El Senado de aquel país, compuesto por 60 por ciento de individuos que tienen cuentas pendientes con la justicia, votó para retirar del cargo a la presidenta, Dilma Rousseff, al menos por 180 días para posteriormente llamar a nuevas elecciones. En esa lógica golpista, el vicepresidente Michel Temer, hasta hace pocos meses aliado político de Dilma y ahora su peor enemigo, asume la presidencia mientras concluyen en el Senado el juicio votado ayer.

Todo parece indicar que Temer permanecerá a la cabeza del “gobierno golpista⬝ hasta el último día de 2018. Así lo indican las estrategias y los “amarres⬝ políticos puestos en marcha durante estos días para hacerse de una “bases social y política⬝ que le permita mantenerse en el poder. Sin duda, será la marioneta del grupúsculo de la elite económica-financiera que buscará reducir a su mínima expresión la política social de los últimos 13 años bajo los mandatos de Lula y Dilma.

Entre los golpistas aparecen ex presidentes, legisladores con cuentas pendientes, empresarios, miembros de la derecha más radical y dura como el Partido Demócrata. En los siguientes seis meses, al tiempo que los arribistas intentarán formar gobierno, la ex presidente, Rousseff vivirá el destierro en su propio Palacio de la alborada, su residencia oficial. Los siguientes días serán inéditos en la vida política del gigante sudamericano. El desenlace y el impacto en la economía y los bolsillos de los brasileños serán de pronóstico reservado.

Sin duda, el ejercicio del poder desgasta, y el mal ejercicio del poder desgasta aún más. Sin embargo, el camino para recomponer algunas fallas en el proyecto de nación construido por Lula y Dilma no era un golpe de Estado como el asestado por el Senado, la Cámara de diputados y la elite potentada. Estoy cierto, que vienen tiempos oscuros para Brasil y la débil democracia latinoamericana que hace casi cinco lustros comenzó a transitar hacia otras formas de gobernar a través de procesos electorales cada vez más cuidados, transparentes y reconocidos por la comunidad internacional. La difícil transición democrática en el subcontinente, luego de experimentar las más crudas y crueles dictaduras militares, no ha sido entendida a cabalidad por las elites brasileñas.

A querer o no, en su aventura golpista los nuevos “gobernantes⬝ le pasarán la factura a la sociedad.