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Gustavo querido, siempre es hoy

Querido Cerati:

He de confesar que nunca sentí una gran atracción por tu música hasta que fue demasiado tarde. Tu partida me tomó por sorpresa a temprana hora de la noche y no pude decir nada. No lo creí. Después llegó el silencio interno que se rompió con lágrimas disimuladas, y fue entonces cuando tu voz, como si se tratara de un mensaje celestial, me sostuvo. No pude compartir el dolor con nadie.

Miré hacia la ventana del bus y después al cielo, traté de hallar una respuesta ahí, de ver tu mirada o de encontrar tu silueta. No logré hacerlo, todo fue demasiado rápido. La sensación de impacto se convirtió en nostalgia, en recuerdos, en lamentos por no haber llegado a este mundo en otro tiempo.

A lo largo de tu carrera, no solo marcaste mi vida, me hiciste viajar y explorar el Universo con tu tenacidad, sensibilidad y poesía, me marcaste a mí y a más de una generación. Tras cuatro años de tu partida, la nostalgia sigue presente y, a veces, mis ojos se humedecen y mi alma se siente oprimida al saber que ya no estás en materia terrena.

Francamente el nudo en la garganta sigue molestando un poco, y todavía no encuentro las palabras correctas para describir los recuerdos en que nuestros caminos se encontraron por causalidad o coincidencia en una tienda de discos de las calles del Centro y de la Roma.

De más joven fingía que no me gustaba Soda solo para fastidiar a papá, que ponía el Último Concierto una y otra vez los sábados por la tarde. Si te digo la verdad, en el fondo me maravillaba tu esencia, tu poética y los estrepitosos sonidos de Música Ligera, mismos que cantaba en voz baja dibujando los acordes con mis dedos.

Sin saberlo me diste esperanza cuando ya no la había, me mantuviste cuerda cuando estuve a punto de perderme en un mundo de turbaciones. Diseñaste lugares increíbles en mi mente, me invitaste a volar y después de tanto, tu voz sigue dándome calma.

Me sigue siendo difícil imaginar un mundo sin ti y aún creo que despertarás y regresarás a los escenarios para que, por fin, pueda ser testigo de cómo te reinventas ante los ojos de una multitud que clama tu nombre, que ríe, llora, grita y enloquece junto a ti.

Sigo sin estar preparada para aceptar que eso no pasará. A mí como a muchos nos haces falta. Aquí todavía se siente tu ausencia y, por lo menos a mí, me sigue sorprendiendo que una persona, con la que nunca tuve un encuentro físico ni un contacto directo, me haya dejado tanto y una tristeza inmensa con su partida.

Con el paso del tiempo descubrí un susurro en una de tus canciones, mismo que aquel 4 de septiembre de 2014, en medio del dolor, la tristeza y la conmoción, me hizo entender que la vida consiste en llegar lejos y alto, cada vez más alto hasta estar más cerca del Universo, de Dios y desde entonces, de ti.

No puedo pedirte nada que no hayas dado, ni decir nada con respecto a tu talento que no se haya dicho antes. Quizá para muchos, mi reacción sea exagerada o fingida después de tanto tiempo. Tal vez la vean como la de esas personas que dicen llorarte y sentirse mal al saber que no compartirás más este mundo, pero solo conocen unas cuantas canciones tuyas, las más populares, o quizá no, quizá no digan nada.

En fin, ignoro cuál sea mi caso y no me importa mucho porque en verdad, tu ausencia me sigue siendo fuerte y cada que te escucho la nostalgia me gana.

Me queda seguir agradeciéndote por haber existido, por haber conseguido tus sueños, por haber creado tanto, por haber luchado hasta el final aún después de ese fatal concierto en Venezuela. Por transformarme a mí y a tantos, por dejar tu legado en mi existencia, por haber sido la gran leyenda que estará presente en nuevas generaciones que vivirán su propia historia en compañía de tu música, donde quizá encuentren un consuelo. Me queda seguir creciendo contigo.

Como sea sigues en el viaje y yo sigo creyendo que nos encontraremos en otra vida. Tu recuerdo no se va, no se desvanece ni se aleja. Se queda aquí. Cuídate mucho, Gus, sigue siendo eterno y ante todo, gracias totales.