Indolentes

En 1963, el antiguo presidente norteamericano John F. Kennedy emitió un discurso ante el parlamento irlandés. En su esfuerzo por instar el reconocimiento de la cooperación como principio universal, dijo: “La realidad suprema de nuestros tiempos recae en nuestra indivisibilidad como habitantes del mundo, así como en las vulnerabilidades conjuntas de nuestro planeta.”

El 13 de septiembre se dieron a conocer los resultados de una encuesta norteamericana sobre cambio climático, realizada por el Washington Post y la Fundación Familiar Kaiser. Participaron aproximadamente 2,300 mayores de 18 años y 630 adolescentes entre los 13 y 17 años, alrededor del territorio estadounidense.

Los resultados revelaron tendencias y conflictos importantes en la percepción del cambio climático.

Aproximadamente 8 de cada 10 estadounidenses señaló a la actividad humana como la mayor causa del cambio climático. La mitad dijo que se requieren acciones urgentes y directas en la próxima década para evitar los peores efectos de este fenómeno. Sin embargo, los elevados niveles de preocupación no se vertieron en conductas concretas. Mientras que menos del 37% de la población reconoce que se necesitan grandes sacrificios para detener el cambio climático, cerca del 50% cree que solo se requieren pequeñas acciones y 14% no considera necesario ningún tipo de compromiso individual.

En el caso de los adolescentes, los resultados fueron aún más incongruentes. Mientras 9 de cada 10 jóvenes reconoce el cambio climático como un fenómeno ocasionado por actividad humana, solo 2 de cada 10 se considera informado sobre causas y consecuencias concretas, así como soluciones viables. Más del 50% declaró no haber ejecutado ninguna acción para combatir al fenómeno que 61% considera “extremadamente importante.”

Esta encuesta se realizó en un planeta que ya se calentó entre 1 y 1.5 grados desde la Revolución Industrial, con algunas regiones exhibiendo un aumento de hasta 2 grados. Mientras la comunidad científica nos advierte sobre los efectos catastróficos del calentamiento global — entre ellos, niveles del mar elevados, intensas olas de calor y sequías, y huracanes cada vez más devastadores — la mayoría de nosotros opta por la indolencia.

A pesar de que la muestra poblacional se limita a EEUU, los resultados de la encuesta desvelan actitudes replicables en muchos países. 

La veracidad del cambio climático sigue en disputa para muchos, especialmente en regiones que no se perciben como afectadas. La conexión entre el calentamiento del planeta y la industrialización global no es clara para muchos.

Aquellos que trascienden estas dudas y validan la idea de una crisis climática directamente atribuible a la actividad humana, señalan a los perversos intereses del “Estado” y “las grandes empresas.”

Plagadas de inconsistencias, licencias y argumentos circulares, nuestras discusiones sobre cambio climático se concentran en: la insignificancia de cualquier acción individual ante la escala del problema; la intransigencia de la mayoría de los gobiernos y la inmoralidad de los intereses “capitalistas;” la hipocresía de aquellos que promueven algunas acciones mientras omiten otras; la relatividad del problema ante otros aún más graves o indignantes.

Ciertas coyunturas nos incomodan. Queremos reducir la erosión de la tierra y las emisiones de metano, sin alterar nuestros patrones de producción y consumo. Queremos acusar a gobiernos y corporaciones como actores unitarios y siniestros, sin reconocer lo integradas que se encuentran sus gestiones con individuos “ordinarios.”

 La denuncia de muchos se basa en que nadie hace nada, y que, por lo tanto, ellos tampoco están obligados. Otros se auto felicitan por su conciencia superior y se quedan inmersos en la superficialidad de sus victorias.

Si Kennedy tenía razón y nuestro estado indivisible es la clave para enfrentar vulnerabilidades conjuntas, esta encuesta exhibe un sentido general de apatía y desapego ante un problema que nos abruma, nos asusta, y nos reta a reevaluar estructuras que parecen selladas, en las que millones participamos.

Desmantelar muchos de nuestros sistemas de producción y consumo, a los cuales nos hemos vuelto dependientes, representa un reto colosal. Pocos reconocen la integración de aquello que rechazamos como “contaminación” y aquello que celebramos como “estilo de vida.” Nos transmitimos la culpa de manera cíclica y nos “oponemos” fervientemente al cambio climático, en teoría.

Sin embargo, si nuestra vulnerabilidad conjunta se mezcla con una falta de voluntad colectiva, ¿a quien le corresponde cambiar? ¿Quién es el responsable definitivo? ¿Trump? ¿Putin? ¿Exxon Mobile? ¿China? Resulta incongruente culpar a unos cuantos actores o intereses malignos sobre la amplia gama de acciones y actitudes a las que nos suscribimos todos los días. No podemos “pedirle” a nuestros gobiernos y a las corporaciones que desistan, si no estamos dispuestos a ser honestos y críticos sobre como llegamos a este punto.

Si queremos combatir un problema con implicaciones tan severas, la indolencia, el abatimiento, y el cinismo no serán suficientes. Los efectos de una “preocupación” sobre el cambio climático que no trascienda la superficialidad y la moda, se observarán en clases políticas y grupos económicos cada vez más rapaces e irresponsables, al servicio de nuestro propio desinterés.