Ingobernable

Por Daniela Guerrero

El 8 de febrero de 1996, el antiguo presidente Bill Clinton ratificó la Ley de Telecomunicaciones. En uno de los primeros eventos transmitidos en línea, Clinton tomó una pluma digital para firmar electrónicamente.

Al levantar las provisiones antimonopolios impulsadas por Franklin D. Roosevelt, la administración de Clinton desregularizó la industria de telecomunicaciones norteamericana, incluido el entonces novedoso Internet.

El día de la ratificación presidencial, el activista libertario cibernético John P. Barlow publicó la “Declaración de Independencia del Ciberespacio.” En tan solo unas horas, el contenido se volvió viral.

Gobiernos del mundo industrial, gigantes cansados ​​de carne y acero, vengo del ciberespacio, el nuevo hogar de la mente. En nombre del futuro, le pido al pasado que nos deje en paz,” pontificó el manifiesto. “El ciberespacio no está dentro de sus fronteras. No piensen que pueden edificarlo, como si se tratara de un proyecto de construcción pública. Es un acto de la naturaleza, que crece a través de nuestras acciones colectivas.”

Al proclamar su desdén al pasado, los utópicos cibernéticos omitieron la gama de deterioros que se cultivarían en el “ingobernable” paradigma digital.

Hoy, la desigualdad económica y la polarización política toman la delantera, alcanzando niveles alarmantes en EEUU, Europa Occidental, China, Rusia, y Latinoamérica.

Jeff Bezos fundó Amazon en 1994; Larry Page y Sergei Brin abrieron las puertas de Google en 1998; Mark Zuckerberg creó Facebook en 2004; Jack Dorsey erigió Twitter en 2006.

La figura del emprendedor de Silicon Valley se convirtió en el símbolo de la “innovación disruptiva” del Internet. Concebidos como beneficios indudables, los cambios sin precedente que generaron estas plataformas arrasaron sin cuestionamientos.

El pozo sin fondo de datos y servicios en el que se convirtió el Internet, no soló concentró fortunas en las manos de unos cuantos colosos, sino que transformó la difusión, velocidad, y alcance de la información. A pesar de la retórica sobre democratización, colaboración, y equidad, la red digital también erosionó estándares de calidad, conducta, y veracidad.

El nuevo paradigma de información condiciona a creadores y consumidores por igual. Para acelerar la transmisión, la selección recae en monopolios como Google, el cuál controla más del 90% del mercado de buscadores. Facebook comprende más del 58% de ingresos en publicidad digital móvil, mientras que ninguna otra compañía amasa más del 10%.

En entrevista con el New York Times en 2002, un asesor del presidente George W. Bush arremetió contra “aquellos que aún creen que las soluciones emergen de su juicioso estudio de realidades discernibles.” Afirmó que el mundo ya no funcionaba así, puesto que “cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad.”

Durante el periodo de campañas presidenciales norteamericanas en 2016, Twitter rebasó 48 millones de cuentas falsas. Facebook vendió datos privados de 87 millones de usuarios a la empresa Cambridge Analytica, contratada por el equipo de Trump, además de recibir pagos de organizaciones rusas para posicionar anuncios incendiarios, vistos por 126 millones de usuarios.

El tráfico virtual se enaltece como la moneda del futuro. Los datos deseados y realidades discernibles encuentran públicos ansiosos. Se producen contenidos tóxicos con facilidad alarmante.

Si Barlow tenía razón y el ciberespacio se construye a través de acciones colectivas, hoy enfrentamos el peso completo de nuestras innovaciones disruptivas: su irreflexión, soberbia, irresponsabilidad, dogmatismo, vigilancia, y desinformación.

Ante la falta de precedentes, y un discurso que plantea cualquier tipo de regulación como censura, germina la oportunidad para unos cuantos, y el caos para todos.