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La camarista: Heroína de la cotidianidad.

 

Si buscamos en el diccionario la definición de camarista, nos encontraremos con aquella persona encargada del aseo minucioso y profundo de las habitaciones en un hotel. Una práctica introspectiva que toda persona en su afán por mejorarse debiera realizar con suma pulcritud, en el sentido estricto, por supuesto, debe estar intrínseco en sus actividades, y es así como la protagonista de «La camarista» ópera prima de Lila Avilés, lo resuelve. Su paso por más de 60 festivales alrededor del mundo, nominada a 10 Arieles y vencedora en el Festival Internacional de Cine de Morelia con el premio a Mejor Largometraje Mexicano, confirma a la perfección el arduo trabajo que su equipo dejó en el metraje.

El deseo de una ensimismada mujer de 24 años de nombre Eve —magnífica Gabriela Cartol— entregada a su trabajo para conseguir un ascenso y poder sacar adelante a su hijo de 4 años, y de paso convertirse en alguien más mientras estudia, juega inocentemente a soñar a través de las pertenencias de los huéspedes que diariamente limpia y organiza meticulosamente en el lujoso hotel de la Ciudad de México donde trabaja. La rutina hará que descubra diferentes universos transformando un poco de su soledad por compañía.

 

Ser mujer en el panorama actual de México supone una serie de retos que van desde los más inverosímiles, hasta algunos más severos que ponen en juego su integridad, y hasta su vida. Situándonos en el mundo laboral, desde esa sutil pero rica perspectiva, la directora Lila Avilés concentra la atención en la clase trabajadora que todos los días sale con un sueño para dejar su alma en jornadas interminables, mal pagadas, desprovistas de beneficios, algunas invisibles y sin reconocimiento, todo para llevar el sustento a sus hogares, cuando queda un poco de tiempo extra. Bajo ese contexto, Eve las representa, enclaustrada entre sábanas, toallas, papel de baño y pasillos interminables en un eterno vaivén entre los pisos de un hotel. Su vida pequeña transcurre atenta a las órdenes que la ama de llaves le solicita por radio. Es observadora, atenta, gentil, algo tímida y siempre se ajusta a toda norma. Pese a todo su empeño, el esfuerzo desmedido anticipa una cruel decepción.

 

Aunque apenas conocemos un pasaje de la vida de «La camarista» las emociones que transmite Cartol sin siquiera pronunciar palabra, calan hondo, se sienten y se resienten. El ejercicio de libertad inexistente entre los pasillos grisáceos que propone Avilés es asfixiante, y llega en el momento perfecto para enseñarnos el valor de las pequeñas cosas en un mundo que se cae a pedazos. ¿Cuesta tanto ser empáticos? Un poco de respeto y caridad no le vienen mal a nadie, aunque tampoco lo hace un poco de rebeldía.

Wilmer Ogaz.

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