Monitor Nacional
La democracia: El instrumento del pueblo
Opinión | Manuel Saavedra
10 de noviembre de 2016 - 12:27 pm
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El péndulo sigue en movimiento, y ahora le ha tocado a nuestro vecino del norte el experimentar un movimiento de extrema derecha

Hace unas semanas, en mi artículo titulado “El Péndulo Político”, comparé a la política Latinoamericana con el movimiento de un péndulo: siempre meciéndose de un lado a otro; de izquierda a derecha. Este día, cabe hacer la aclaración de que este movimiento, por claro que sea discernirlo en América Latina, no es exclusivo de este territorio. ¿Qué mejor forma de demostrarlo que con la victoria de Donald J. Trump? Después de 8 años bajo el gobierno demócrata de Barack Obama, la población de los Estados Unidos ha elegido al candidato republicano como su nuevo presidente. Independientemente de lo que uno piense de Trump, es innegable que su campaña representa todo lo opuesto al actual presidente. No solo Trump desea imponer condiciones migratorias mucho más estrictas, sino que ha dejado en claro que hará lo posible por eliminar el Obamacare y mantener el embargo económico sobre Cuba.

El péndulo sigue en movimiento, y ahora le ha tocado a nuestro vecino del norte el experimentar un movimiento de extrema derecha. Aun cuando estas políticas puedan parecer preferentes para los seguidores del nuevo presidente, este no es el caso de los cerca de 60 millones de votantes que apoyaron a Hillary Clinton. Incluso más allá de las promesas políticas, muchas de las cosas dichas por Donald Trump a través de su campaña, desde un punto de vista objetivo, hubieran colocado a cualquier otro candidato fuera de la carrera electoral. Esto, combinado con sus comentarios racistas acerca de los inmigrantes mexicanos, la forma en la que presumió de haber acosado sexualmente a múltiples mujeres y su constante rechazo a la idea de seguir aceptando musulmanes dentro del país han dejado a muchos preguntándose acerca de la efectividad de la democracia.

Si bien, la democracia es ampliamente considerada como un instrumento para hacer justicia y evitar que se tomen malas decisiones que vayan en contra de los intereses del pueblo, siempre prevalecerá la interrogante: ¿Qué tan efectiva puede ser la democracia mientras exista la posibilidad de que se puedan tomar malas decisiones aun cuando estas van acorde con los intereses del pueblo? Trump no es el único ejemplo de un escenario como este. Tan solo el junio pasado, la población de Gran Bretaña eligió el abandonar la Unión Europea, mientras que a inicios de octubre Colombia sorprendió al mundo votando en contra del acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC.

Por su puesto, habrá personas que verán todos estos eventos con buenos ojos, más los hechos no parecen respaldar esa posición de optimismo. La economía de Gran Bretaña ha sufrido daños debido a los problemas de comercio que trajo consigo su salida (aun no concretada) de la Unión Europea. Según una investigación hecha por el British Selection Study, cerca del 6% de aquellos que votaron a favor de salir de la Unión Europea se arrepienten de su decisión (porcentaje que hubiera sido suficiente para revertir la decisión). Por su parte, el acuerdo de paz de Colombia podría haber puesto fin de forma definitiva a uno de los conflictos más longevos en la historia de América Latina y su fracaso ha provocado incertidumbre respecto a la factibilidad de crear otro tratado. Trump por su parte, todavía no toma oficialmente el cargo como presidente y su victoria ya ha causado daños considerables a la economía global, particularmente en los mercados de México, Japón y los propios Estados Unidos.

Estos eventos han sido producto de un proceso democrático legítimo y, sin embargo, las consecuencias han sido, en su mayoría, negativas. Por supuesto, esto no implica que recurrir a una dictadura sea la respuesta a los problemas de los Estados. Si algo ha probado la historia a través de dictadores como Augusto Pinochet, Rafael Trujillo y Jorge Videla es que una democracia, por imperfecta que sea, siempre será preferible a una dictadura que tenga la capacidad de limitar los derechos de quienes gobierna. Lo que sí implica es que no se puede decir que toda decisión es buena, o incluso justa, solo porque fue tomada de forma democrática. La democracia es un instrumento del pueblo, quien es, a su vez, capaz de afinarlo y desafinarlo. Solo el tiempo dirá con dicho instrumento comenzaremos a tocar melodías o discordancias.

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