La doble moral mexicana

El 25 de marzo de 2018 la denominada “Viacrucis Emigrante 2018”, o comúnmente conocida como la Caravana Migrante, emprendió su camino entrando a Chiapas, con la meta de llegar a los Estados Unidos para encontrar oportunidades laborales, con el fin de obtener ingresos económicos y poder mantener a sus familias que se quedaron en sus respectivos países, o que incluso en algunos casos viajan con sus familias enteras. Esta caravana está conformada principalmente por aproximadamente 7 mil ciudadanos centroamericanos de países como Honduras, El Salvador, Guatemala. Miles de hombres, mujeres y niños huyen de la pobreza y la insuficiencia de oportunidades de sus países, con la esperanza de cruzar la frontera mexicana-estadounidense.

Después de las declaraciones de Trump, llamando a este éxodo como “ilegal” y declarando que en un futuro la frontera se va a militarizar para detener el paso de estas personas que, de acuerdo con él, presentan una amenaza para la seguridad estadounidense, se dio pie a que se dividiera la opinión pública mexicana. Algunos celebrando los ataques de la policía mexicana hacia los migrantes, argumentando que la sociedad mexicana no está lista para recibir a tal cantidad de personas, que ni siquiera tenemos la capacidad de atender a nuestros propios pobres, que la prioridad de la nación no debería de ser ofrecer un paso seguro a estos migrantes centroamericanos, sino atender a nuestros propios connacionales que viven en situación vulnerable.

Y no se equivocan, alrededor de 2 millones de mexicanos viven en pobreza extrema en la actualidad, y nuestro país no ha sido capaz de otorgar los recursos y oportunidades necesarias para que este sector poblacional pueda salir de esta situación y tener una verdadera calidad de vida. A pesar de esto, la problemática que presenta para el país la caravana migrante debe de ser analizada con un enfoque de Derechos Humanos, pues esta migración es resultado de una crisis humanitaria en Centroamérica.

Como ya se mencionó anteriormente, el objetivo final de este grupo de personas no es quedarse en México, buscan llegar a Estados Unidos. Por esto, a pesar de las declaraciones discriminatorias, acusatorias y engañosas del actual presidente estadounidense, el único objetivo de las autoridades mexicanas debería de ser garantizar el paso seguro de los migrantes hasta la frontera. Asimismo, desarrollar programas sociales con la capacidad necesaria para recibir a los migrantes que decidan quedarse en el país en el camino. México no debe de ser un filtro para Estados Unidos, debe de fungir como una potencia regional en América Latina que busca apoyar y ser empáticos con estas personas que se han visto forzadas a abandonar a sus conocidos, sus casas, su nación.

Retomando los comentarios que rechazan a estos migrantes en nuestro país, es importante señalar que muchas de estas personas que etiquetan a la Caravana Migrante como delincuentes que vienen a desestabilizar a México y a Estados Unidos tienen un discurso contradictorio. Por un lado, categorizan las aseveraciones de Trump con respecto a los migrantes mexicanos que cruzan a Estados Unidos buscando el conocido “sueño americano” como racistas, como mentiras. Por otro lado, toman una postura similar hacia nuestros hermanos centroamericanos, los que se enfrentan a la misma realidad que los migrantes mexicanos, e incluso a una realidad más fuerte. Ellos no solamente reciben la apatía de los estadounidenses, sino que también obtienen el rechazo y la violencia mexicana. Si México se autodenomina como un país con responsabilidad global es importante que sus acciones sean congruentes con su discurso. Como mexicanos, debemos de exigir a nuestro país que actúe como lo que aspira a ser, una potencia global y regional.