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LA FUERZA DEL TIEMPO

¿No les ha pasado que hay momentos de su vida en los que a diario agradecen al universo, Dios, o a la naturaleza por todas las cosas buenas que les rodean? Por ese regalo que otorga el amanecer, darte unos minutos y pararte en la ventana, ver el cielo, inhalar profundo…y agradecer, ya sea que vivas cerca de una playa, una zona boscosa o bien a una cuadra del segundo piso del periférico en la ciudad de México.

Despertar y agradecer por ese nuevo día se siente bien. Valorar ese tiempo que otorga una oportunidad para arreglar algún asunto pendiente, terminar esa tarea que se ha postergado por meses, visitar a ese ser querido que siempre prometes ir a ver, darle fin a ese libro que tiene meses ahí arrumbado, etc.

Bendito tiempo, nunca alcanza, pero tampoco lo valoramos lo suficiente. A veces pienso que es porque no lo conocemos, no sabemos exactamente qué es. Físicos, matemáticos y filósofos lo abordan desde tiempos remotos.

En especial San Agustín, santo, padre y doctor de la iglesia católica, fue uno de los grandes pensadores, tal vez el más importante de los primeros mil años de nuestros tiempos. Este hombre sabio trató el tema del tiempo en su obra Confesiones. En el libro XI lanza la pregunta: ¿Qué es el tiempo? Y a través de un profundo juego de palabras donde el pasado y el futuro nos consuelan, él remarca que ni uno, ni el otro existen y que el presente si siempre fuese presente…pues no sería tiempo, sino eternidad. Entonces, ¿cuánto dura el presente? Ya no es presente, ya ahorita es pasado.

Más que pensar en la definición de tiempo, me gusta la manera en la que San Agustín ahonda sobre la relatividad del mismo: a veces se nos hacen eternos diez minutos y muy cortos veinte años. ¿Cuántos tienes tú? ¿Y cuántos de ellos has destinado a trabajar por tus sueños? ¿Cuántos a ver televisión? ¿Cuántos a disfrutar? ¿De qué manera utilizas tu presente? ¿Qué te hace valorar tu tiempo? Considero que estas preguntas son importantes. Y tal vez muchos hemos pasado por alto el contestarlas, algunos ni siquiera las formulamos. El tiempo ya es un artículo de primera necesidad y repito, nunca alcanza. ¡A qué hora tendría tiempo yo de contestarlas!

San Agustín dice: “Medimos el tiempo en el momento que pasa, por la percepción que tenemos de su paso. Más el pasado, que ya no es, o el futuro, que todavía no es, ¿quién puede medirlo, si ya alguien no se atreve a sostener que puede medir lo que no es? Cuando el tiempo pasa puede ser percibido y medido; más cuando pasó ya, no es mensurable, porque ya no es”.

Me lleno de angustia al leerlo, ¡cuánto tiempo de mi vida he desperdiciado en cosas que no tienen valor! Porque a veces pasa que ese hermoso tiempo no lo aprovechas ni para descansar. Cuántos conciertos, cuántos libros, cuántas pláticas he dejado de disfrutar por desidia, por flojera.

El agradecer diariamente me ha resultado un muy buen ejercicio de reflexión: me da el espacio de reparar cómo he aprovechado ese tiempo, y cuánto me queda por hacer. El asomarme a la ventana y ver a tanta gente que inicia su día de manera positiva me invita a hacer lo mismo. Todo eso que les cuento que no hacía antes y ahora sí, me ha ayudado a valorar el lugar que ocupo en la sociedad, en mi comunidad.

Me siento más comprometida en la aportación que debo hacer con mi trabajo, mi comportamiento y mi actitud. Todavía hay mucho que mejorar. Soy lenta y torpe con mis pensamientos y mis acciones. A veces me distraigo fácilmente, pero mantengo siempre mi idea cada vez que miro una ventana. Esa ventana que me da los buenos días, o las buenas noches. Esa que me muestra el cielo, una planta, la lluvia, el viento, la risa de un niño.

Hay muchas cosas que nos pueden ayudar a recordar lo valioso del tiempo: ese pasado, el que nos dejó un buen sabor de boca, el que nos ayudó a madurar, sólo ese, el que nos hizo bien. El futuro que nos llena de ilusión y nos impulsa a planear, a crear. Y el presente que se esfuma pronto, pero nos llena de vida. Quiero terminar con un fragmento del capítulo II del libro XI de las Confesiones de Santo Tomás, mientras tanto, no dejemos perder la fuerza del tiempo, esa fuerza que nos impulsa, que nos mueve y nos motiva a vivir correctamente.

“Tiempo ha que ardo en deseos de meditar vuestra ley y confesaros en ella mi saber y mi ignorancia, los rosicleres primeros de mi iluminación y los residuos de mis tinieblas, hasta tanto que mi endeblez sea devorada por vuestra fortaleza. Ni quiero que se gasten en otro quehacer ni hacienda las horas que hallo libres de la necesidad de reparar el cuerpo y atender al alma; y del obsequio servicial que debemos a los hombres y aun del que no les debemos, y no obstante lo pagamos”.

Twitter: @yarzatev