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La naturaleza de la pobreza y el deterioro social en el México contemporáneo

En el México de las dos últimas décadas, la vieja disyuntiva de la pobreza endémica generada por el subdesarrollo y la elevada desigualdad, se anexa una nueva encrucijada; a saber, el aumento de la precariedad laboral a raíz de la adopción de una política económica de corte neoliberal. La política social se ha limitado al resguardo de la protección de los trabajadores del sector formal, así como a la asistencia a los más desprotegidos y a la mera reducción de los niveles de indigencia. Pero al privatizarse parcialmente los sistemas de pensiones y al focalizarse los programas de asistencia, dicha política se ha segmentado en mayor grado. De la misma manera, la producción de bienestar se articuló cada vez más al mercado, el cual sustituyó al desarrollo en las prioridades de las élites, acentuándose la fragmentación. La política social ha continuado arraigada en un esquema de relaciones corporativistas. En suma, no se ha logrado la unificación de los derechos y una auténtica ciudadanía social capaz de contrarrestar la creciente precariedad de la sociedad y reforzar su frágil cohesión. (Dautrey, P. 2013).  ¿Por qué? Tantos años repitiendo la misma historia y cada día parece que México no aprende de sus errores, o si lo hace los comete por el hecho de que a una minoría de la población, mejor conocida como la élite es la que se ve favorecida. Entonces, ¿qué pasa con las mayorías? que aparte de ser multitudes, esas multitudes carecen de dignidad humana. Tanto neoliberalismo, tantas promesas de industrialización que conducirían a un país de primer mundo donde dichos cambios brillan por su ausencia ensuciando con la realidad; una realidad que existió, existe y que, lastimosamente tiene esperanzas de prevalecer en el México contemporáneo.

Ahora bien, la política social del país no es comparable a las que se implementan en Estados Unidos y en Europa; vaya, países primermundistas, donde el compromiso con los derechos humanos esta bastante simentado. Por contraparte, el país azteca, fue el Estado corporativista el que estableció la protección social (salud, sistema de pensión) y la asistencia (programas de combate a la pobreza). Pero esa política social fue supeditada a la prioridad concedida al desarrollo económico, al que se le asignó la tarea de cumplir con el bienestar de los ciudadanos. ¿Consecuencias? Bastantes. Primeramente la segmentación de dicha política, la cual está ligada a fuertes desigualdades  junto con la ausencia de ciudadanía social (cobertura universal). Con la descentralización del sistema de salud y la privatización de los regímenes de pensiones, promovida por el neoliberalismo, acentuando la fragmentación. Asimismo, los esquemas de combate a la pobreza se han enfocado hacia grupos específicos, se ha reducido el crecimiento económico y el acceso a un trabajo digno. A esto por tanto, se agrega un nuevo dilema (el creciente número de empleos informales sin prestaciones y de empleos formales precarios) y por supuesto al viejo, (la desigualdad y la pobreza endémica, vinculadas al subdesarrollo, sobretodo en las minorías étnicas y los grupos vulnerables: jóvenes, mujeres y adultos mayores. (Dautrey, P. 2013).

Entonces, ¿Qué le espera a México en 2018? no se puede hablar de pobreza como un tema actual, ya que este tiene años de trascendencia. De la misma manera, no se puede hablar de pobreza desde “siempre” ya que si bien es cierto que México vive más en una crisis junto con un fúnebre entorno enmascarado de fiestas y fuegos artificiales no esta de más recordar el Milagro Mexicano en 1940 hasta el declive de los 70 donde toda la economía se vino abajo y de la cual aun no se ha sido capaz de salir. ¿Cuál fue la razón? ¿por qué existe la pobreza? Es una pregunta que bastante se menciona tanto en reuniones familiares, sociales e incluso en pensamientos personales; una pregunta tan simple y tan difícil (al parecer) de resolver. Pero, ¿y si en verdad la respuesta no es tan compleja como se piensa? La pobreza en México no es nada más que el fruto de la mala repartición de bienes; claro esta que el país tiene potencial tanto demográfico como en el ámbito económico gracias a que se ubica en el lugar número 15 del ranking con 1.14 billones de dólares, que representan el 1.54% de la economía a nivel global. (Banco Mundial, 2017). Pareciera dudosa la posición de éste ya que si se le pregunta a un ciudadano común si su economía es buena la respuesta no sería tan favorecedora. ¿Dónde está todo ese dinero? Efectivamente, en la mala repartición de riquezas en la cual los ricos se vuelven  más ricos y los pobres más pobres.

¿Cuántos ciudadanos no tienen trabajos informales? mexicanos trabajando informalmente porque no alcanza la quincena del trabajo supuestamente estable para las necesidades básicas. Hoy en día es fácil ver a un ingeniero que aparte de trabajar en la empresa donde se supone tiene que tener un salario digno, da clases de matemáticas en sus tiempos libres, adolescentes que se ponen a vender postres, accesorios y de más en sus escuelas, o lo que es peor, jóvenes recién egresados trabajando en algo que no tiene nada que ver con lo que estudió porque “no hay trabajo”; sale un Licenciado en Turismo y a los meses se puede ver a ese mismo jóven dando clases de inglés porque “es para lo único que se le dio empleo”. Tantos años de esfuerzo en vano; incluso a los que ya tienen un trabajo fijo, vamos, de planta, años sirviendo a la misma empresa esperando la famosa jubilación que cada día se vuleve más éfimera para posteriormente “disfrutar” los pocos años que quedan de vida descansado después de ocho horas diarias de trabajo que se convertían en doce e incluso quince, horas extras no pagadas, entre otras. ¿A dónde se va el esfuerzo del mexicano que día a día se levanta por las mañana siguiendo su rutina diaria esperando el día en que todos esos esfuerzos tengan alguna recompensa? La recompensa siempre llega, sin duda. No obstante llega a manos que no corresponden.

Teniendo en cuenta que la pobreza es más que la privación de ingreso o ingreso bajo y que su erradicación no sólo supone de un aumento de salario, si no que va de la mano con la conversión de recursos de los individuos en capacidades mediante derechos sociales, culturales y civiles, los cuales son la base fundamental de las relaciones humanas y que, se necesitaría más de dos décadas para reducir en la mitad la pobreza extrema para mantenerse el ritmo de crecimiento económico y el nivel de desigualdad observados desde 1990 y 2002 (Zermeño 2005, 41; Salama 2006, 68; Kliksberg 2008, 24 y 38). (Dautrey, P. 2013). De la misma manera, a esa desigualdad relacionada al ingreso, se agregó otra relativa a las transferencias sociales. Los derechohabientes del sector formal obtienen del presupuesto público 2,6 veces más que la población no asegurada. Y más aún, mientras más rico es el individuo, mayor es la cobertura de protección social (al respecto países como Uruguay y Costa Rica, que tienen los sistemas más universales de América Latina, presentan una mejor distribución del ingreso). (Kliksberg 2008, 60 y 123; Rodríguez Gómez 2011,160). A la postre, tales desigualdades afectan la cohesión social (Wilkinson 2001,28-29). Así, se ha compuesto en México una sociedad de dos pisos con un conjunto desprotegido que se ha hundido en la anomia y otro perteneciente al sector formal de la economía que protege sus derechos y sus espacios. Ahora bien, ¿en quién radica el cambio?.

Texto por Lizbeth Rodriguez