La reacción a la revolución anti-tecnológica

Voy a cuestionar la postura neoludita del manifiesto del Unabomber. Primero, ¿por qué hay que tomar en serio a un terrorista? Rechazar la validez de una aseveración por provenir de una fuente condenable, constituye un error de razonamiento conocido como “descalificación de la fuente⬝. Para ilustrarlo tenemos al presidente del PRI Manlio F. Beltrones cuando en el caso de los “Documentos de Panamá⬝, descalificó la validez de su contenido (y así exculparse) porque su autor estaba preso, “¿cómo creerle a alguien que está preso?⬝. La validez de una aseveración no depende del estatus que se le asigne a su emisor (en este caso, estar preso). Otra razón de peso para analizar el manifiesto es que recoge muchas ideas hoy vigentes contra la tecnología, lo que he leído en el manifiesto lo escucho con frecuencia de diferentes personas.

El Unabomber afirma que la revolución industrial y sus consecuencias han sido desastrosas para la especie humana. Aunque reconoce que en todas las sociedades hay problemas, sostiene que en la sociedad industrial moderna se agudizan. Esta afirmación está muy difundida, creer que los problemas sociales actuales son más profundos o más graves que los de otros pueblos del pasado. Como si los atenienses no hubieran enfrentado problemas sociales trascendentales –el conflicto de ser sometidos como esclavos, o aniquilar a otros pueblos para evitar ser aniquilados por ellos, el de la libertad y sus límites, el del diseño de la democracia, quiénes podrían ser ciudadanos libres-, o los tlaxcaltecas –vivir libres o subyugados, ¿traición o rebelión?-, o los medievales -cómo lograr ser autosustentables cuando hay escases de recursos-; todos ellos pueblos no tecnologizados. ¿Por qué sus problemas son menos “agudos⬝ que los nuestros? La respuesta ingenua de muchos pensadores es que se debe a la tecnología. En palabras del Unabomber, “No es culpa del capitalismo ni del socialismo. Es culpa de la tecnología, porque el sistema no lo guía la ideología sino la necesidad técnica⬝. Según esta visión, difundida en la izquierda mexicana, la tecnología complica los problemas sociales, nos deshumaniza, nos distrae de lo verdaderamente importante, que es el cultivo del espíritu. Es cierto que hay un grave impacto contra el planeta que nos afecta como especie, el problema no es la tecnología, es su regulación (tema que nos desvía si lo tratamos aquí).

La propuesta del Unabomber es simplificar nuestra vida. El Unabomber profesa la idea de que desear más allá de lo que tiene uno al alcance de la mano es malo. El Unabomber, como alguna filosofías, se opone al deseo. Observemos con Marx, que la ciencia y la tecnología nos ayudan a satisfacer necesidades humanas, el problema es saber dónde se trasgrede la línea, dónde la necesidad ya no es humana (lo que genera la Paradoja Sorites, cuántos granos de arena forman un montón). Para el Unabomber el límite aceptable lo marca la forma de producción: es inaceptable el artefacto que requiere una gran corporación para su producción; es aceptable el creado por una pequeña comunidad.

Suena bien que no necesitamos tecnología y vivir en armonía con la naturaleza, es un ideal respetable. No obstante el Unabomber lleva su planteamiento al extremo, es cierto que morir y sufrir enfermedades es natural, ¿por qué alterar el curso de la naturaleza? Pero qué cultura es natural. Si el Unabomber es consistente, ni siquiera las culturas no industriales son válidas, pues sus actividades sobrepasan las necesidades básicas. Una construcción de una pirámide no es natural, aunque no se usen para su construcción grúas de acero con sistemas hidráulicos controlados con computadoras.

El Unabomber tiene ideas encomiables, pero presento en contra un argumento pragmático. Mi argumento acepta que el Unabomber está en lo correcto al exigir ciertas demandas, pero algunas esenciales no se pueden poner en práctica, como el simplificar la vida produciendo el mínimo indispensable, refrenar los deseos de tener más, por qué, porque el pueblo vecino o el grupo vecino podría fortalecerse más y codiciar el territorio del otro grupo. No podemos ir a pescar por las mañanas y recolectar manzanas por la tarde (es mi versión libre de la famosa imagen de Marx), pues se genera un problema práctico: cómo nos vamos a defender del vecino poderoso. Requerimos especialistas, gente que se dedique a la perfección de una actividad, que implica que la cultura se vuelva compleja.

Para recapitular, las demandas del Unabomber pueden constituir un noble ideal, pero enfrentan una serie de problemas insalvables. El primero es lógico, en su ideal de vivir en pequeños grupos, cuándo un grupo deja de ser pequeño. El segundo es práctico, cómo va a defenderse un grupo de otro que quiera imponerse si deja de creer en ese ideal. El tercero es político: su ideal actúa contra la libertad que defiende: para que sea realidad todos tenemos que pensar así, lo que significa la imposición de un principio que todos tienen que adoptar, significa el ejercicio de una autoridad hegemónica que indica cómo vivir, en atropello de la pluralidad que hoy fomentamos para satisfacer la libertad. El Unabomber, como muchos filósofos románticos, estipula una forma de vida ideal y desea que se asuma universalmente, desea que todos vivan bajo sus preceptos. Para que una demanda de universalidad se respete, se necesitan instituciones que sobrepasen el poder de una pequeña comunidad, o bien se necesita la buena voluntad de todos (por eso el movimiento hippie solo duró dos semanas, en el festival de Monterey, San Francisco, 1967).

Lo que admiro del Unabomber, además de haber obtenido 9.98 en la clase de Quine, es que a diferencia de muchos que hablan contra la tecnología, vivió décadas siendo autosuficiente aislado en las montañas. Pero deseó cambiar al mundo. En contraste, Diógenes de Sínope, vivió entre la gente, renunció a todos los bienes y no deseó cambiar al mundo: no necesitó tecnología y no necesitó matar gente. El contexto es otro, la crítica en su núcleo es la misma.