Monitor Nacional
Las niñas bien
Portada | Andrea Martinez
2 de septiembre de 2015 - 10:43 am
Angelica Rivera-MN
Me enfoco en la entrevista hacia Loaeza porque evidencía diversos puntos clave sobre la sociedad mexicana moderna

En su edición del domingo 30 de Agosto, la Revista Proceso publicó un artículo del periodista Arturo Rodríguez García, entrevistando a Guadalupe Loaeza sobre el rol de Angélica Rivera ante la sociedad mexicana. El artículo se titula ‘Gaviota’, la solitaria de los Pinos. El periodismo disidente en México es insuficiente y gracias a la poca tolerancia del gobierno de Peña Nieto, va en decadencia. Ejemplos sobran, desde el desaparecido programa de Carmen Aristegui en MVS, hasta la despedida reciente de periodistas del Canal 22. Sin embargo, la responsabilidad de la palabra escrita en la prensa es grande, los medios deben ser constantemente cuestionados y revisados sin importar su alineación ideológica.

Me enfoco en la entrevista hacia Loaeza porque evidencía diversos puntos clave sobre la sociedad mexicana moderna.

El Infantilismo de la Sociedad Mexicana

El filósofo Paul Virilio ya había diagnosticado en la sociedad Americana el culto hacia la juventud y el impacto que éste tiene en sus ciudadanos. La simpleza de personajes y situaciones representados en los medios masivos son una forma, entre muchas, de esperar menor capacidad cognitiva de su audiencia. Los ejemplos en México no pueden ser más claros. Basta con navegar por los canales de televisión abierta para ver adultos brincando en juegos de competencias, gritándose desaforadamente en telenovelas, o jugueteando con las periodistas en los canales de deportes. La seriedad en la mayor parte de estos programas brilla por su ausencia. En el caso de presidencia en particular, las cosas no son muy distintas. El artículo de Rodríguez García critica los desplantes de la pareja presidencial en público, durante su visita a Francia y en un recorrido con los reyes de España. Tanto Peña Nieto como Rivera se permiten ignorar su entorno para enfrascarse momentáneamente en sus problemas personales. No es pretender que las figuras políticas están exentas de tales situaciones (para muestra, sobra Bill Clinton), sino es el contar con la inteligencia emocional para saber manejar la situación en el momento. Enfrascados en lo que aparenta ser una ofensa por “no darse el brazo”, quedan ante la sociedad como dos individuos ciegos a su circunstancias externas, enfocados sólo en ellos mismos. Tal vez una acertada manera de describir su actitud ante la situación del país en general.

La Mujer y los Medios

Utilizada como herramienta de campaña, Angélica Rivera no ha logrado, ni parece que lo desee, escapar de los límites que la sociedad mexicana le ha marcado a la mujer. Acostumbrada a ser representada como objeto en los medios, práctica usual en Televisa, arrinconada a roles predecibles y de poca complejidad, Rivera encuentra imposible trasladar su personaje a un nivel trascendente. Su aparición en las revistas de sociales con vestidos lujosos e intentando presentarse como madre/primera dama modelo, su imagen no deja de ser simple y secundaria. Rivera no tiene las herramientas para defenderse en el ámbito político en parte porque vive en un país que le enseña a las mujeres a que el ser bonitas es suficiente para triunfar. Su caso es un dramático ejemplo: de actriz de telenovela a primera dama. Su éxito: conquistar al príncipe de Atlacomulco. Los medios la juzgan a partir de su apariencia, sus vestido, demasiado corto, demasiado rojo, el cabello lo tiene más claro o más oscuro. Simplificándola como accesorio de Peña Nieto, la retroalimentación es mutua, ella vale por su apariencia y es su única herramienta de defensa. Angélica Rivera como muchas mujeres mexicanas se construyen a partir de la mirada del otro, por lo general la de otro varón. México no está solo en tal tendencia. Las damas de Miss Universo son blanco de burlas en las redes sociales por sus respuestas ignorantes, y aún así no se espera más de ellas. El anonimato de las mujeres de #pobrezafilia es relevante porque para nuestra sociedad sus nombres no importan, sólo sus cuerpos; a diferencia de los juniors y mirreyes cuya proveniencia y legado es digno de presunción y orgullo.

Guadalupe Loaeza: el comal le dijo a la olla

Como autora del “Manual de la Gente Bien” y “Las Niñas Bien”, es difícil tomar sus perspectivas de género en serio. Clasista, sectaria y superficial, Loaeza es presentada en Proceso como una voz con cierta autoridad sobre el tema. Cito una de las líneas más reveladoras “las mexicanas caminamos feo, ella no”, refiriéndose a Angélica Rivera. En esa oración, hay mil años de historia, de un país post-colonial que no logra aceptarse como es y añora constantemente ser otro. Las mexicanas, según Loaeza, caminamos feo. ¿A comparación de quién? Me pregunto. ¿Bajo qué estándares de caminatas o de belleza? ¿impuestos por quiénes? Su ignorancia ante su declaración es tan grave como el asunto que aborda.

Loaeza reitera su punto hablando de las “herramientas femeninas” de Angélica Rivera. Casi un centenar de años de feminismo no le han dejado nada a esta autora que termina enfocando su crítica en el guardarropa de la acusada. Sus generalizaciones resultan ofensivas: “reacciona como cualquier mujer enojada”. No tengo muy claro cómo reacciona cualquier mujer enojada, pero seguramente hay más de una manera. Y al final, condena “será ex actriz, ex primera dama, ex…”. Ése último “ex” como la sentencia máxima: ¿Peña Nieto abandonará a Rivera? ¿Aparte de todo, tendrá que ser una “pobre divorciada”? En la dramatización telenovelesca de Loaeza resurgen los valores arcaicos, enjuiciando silenciosamente a la mujer “ex”. El juicio moral está implícito en la importancia otorgada en su estado civil.

Los ejemplos que nos faltan

Mi crítica hacia Loaeza surge a partir de una falta de presencia en los medios de mujeres con una mente crítica, compleja y abierta. Las hay: Denise Dresser, Carmen Aristegui, Lydia Cacho, Amparo Casar, por nombrar sólo algunas. El daño que nos hacen como sociedad las palabras de Loaeza y el comportamiento de Rivera es grave. Refuerzan los estereotipos de género y promueven la simplicidad de pensamiento y de análisis. Necesitamos analistas, reporteras, académicas que no se enfoquen en los atuendos de las mujeres, sino en sus ideas. Este país necesita de hombres y mujeres adultas que analicen contenidos, no tabloides, que desafíen estereotipos y no que los mantengan.

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