Monitor Nacional
Los conocidos cuarenta y un desconocidos
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17 de noviembre de 2015 - 3:44 pm
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Habiendo ciento catorce años de diferencia y en condiciones definitivamente diferentes, no podemos hacer a un lado a los cuarenta y un hombres

Un día como hoy, 17 de noviembre, pero de 1901 tuvo lugar un acontecimiento en toda la extensión de la palabra; es decir, una ruptura sobre la que sólo es posible tener noticia por sus efectos. Hablamos de un baile particular cuyos asistentes jamás pensaron dejarían una marca en eso que se podría mal-nominar la historia homosexual de México.

Mucho se dijo en torno al baile; la verdad compartida es que la madrugada del 17 de noviembre de 1901 un grupo de policías irrumpieron en una casa de la cuarta calle de la Paz debido a una fiesta clandestina. Los guardianes de la seguridad, suponemos, quedaron sorprendidos al descubrir a “41 maricones muy chulos y coquetones”. Aparentemente, poco menos de la mitad de ellos “vestían trajes elegantísimos de señora, llevaban peluca, pechos postizos, aretes, choclos bordados y en la cara tenían pintados grandes ojeras y chapas de color”.

A pesar de que en México, desde que se adoptó el Código Napoleónico, no ha habido ley alguna que se refiera a la sodomía (al sexo anal) o que controle la indumentaria, como lo indica el periódico El hijo del Ahiizote en su publicación del primero de diciembre de 1901, “la depravación de los 41 no está calificada de delito en el código; la falta a la moral que cometieron no fue pública y no hubiera llegado a las proporciones del escándalo sin la intervención de la política que la reveló haciéndola notoria”. Así, en lugar de someter el caso al sistema legal, el gobernador del Distrito Federal se encargó de procesarlo; mientras éste decidía qué hacer con ellos, fueron llevados a barrer las calles de la ciudad. Poco después, el gobernador ordenó que fueran enviados a Yucatán como trabajadores de rancho para el ejército nacional en la guerra contra los insurgentes mayas.

Habría que ser muy ingenuos para suponer que éste fue único en su especie; sin embargo, cobra relevancia en tanto acontecimiento, sí, pero un acontecimiento en la superficie; es decir que lo más oculto se ha vuelto lo más manifiesto. Desde que luego que sin la prensa que se resultó sumamente interesada en seguir el caso y los grabados de José Guadalupe Posada lo anterior no hubiera sido posible.

Gracias al baile, el afeminamiento, que había sido borrado del imaginario nacional, se volvió un problema mexicano. Debemos recordar que entre el sodomita colonial y el homosexual de la  ciencia se encuentra la figura del afeminado decimonónico, ése que más que por su conducta sexual se definía por un comportamiento social; es decir, por una preocupación desmedida por la imagen propia en términos de pelucas, cosméticos y zapatos, así como por el gusto por asuntos mundanos e improductivos tales como el baile, la fiesta, la seducción, la lectura. Así, se definen por una conducta considerada propia del supuesto sexo opuesto, las mujeres; de aquí su afeminamiento. Cabe mencionar que, aunque hablamos de latitudes diferentes, hay una cierta vecindad entre el afeminamiento y el dandismo inglés, siendo Oscar Wilde el epítome de éste.

Habiendo ciento catorce años de diferencia y en condiciones definitivamente diferentes, no podemos hacer a un lado a los cuarenta y un hombres que, a pesar de haber sido reducidos a un mero número, tenían nombre y apellido y, sin buscarlo o pensarlo, en su baile estaba “la semilla para la construcción de la cultura gay mexicana”. Si podemos encontrar en una celebración una especie de génesis de la cultura gay mexicana, lo más lógico es hacer que la celebración siga: celebrar la diferencia, diferencia que está encarnada, tallada en los cuerpos y que se vive día a día; no sin recordar a los cuarenta y un desconocidos que pusieron el amor que no se atreve a decir su nombre sobre la mesa e inauguraron un lugar para el mismo.

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