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Los de aquí y los de allá

Imaginémonos en un día cualquiera transitando por las calles de la Ciudad, volteamos a un lado y vemos casas enormes y lujosas… al mirar hacia el lado contrario vemos casas pequeñas y de lo más humilde que podemos imaginar.
Y nos ponemos a pensar…”Esas diez o veinte casas probablemente quepan dentro de la casa grande”.
Seguramente en esta casa debe haber carros de las mejores marcas… nos imaginamos que probablemente en aquellas diez o veinte casas casi nadie tiene un coche y estamos seguros que ninguno de ahí tiene un coche del año y aseguramos que la mayoría tendrá que pasar mucho tiempo del día en el transporte público para moverse por la ciudad.
Nos imaginamos que el dueño de la casa grande seguramente es abogado, un doctor reconocido y en el peor de los casos un político corrupto, aunque por otro lado … primero dudamos si los que viven ahí son dueños de las casas que habitan…llegando al ¿a qué se dedicarán? Podemos deducir que tienen algún oficio, que no tienen empleo, o que trabajen en donde trabajen el salario que perciben es insuficiente para satisfacer sus necesidades.
Los hijos de los dueños de aquí, seguramente van a las mejores escuelas de México o incluso en el extranjero, mientras los de acá… no sabemos si estudian todos, porque seguramente la demanda económica es apremiante y no prefieren, pero sí necesitan dedicar ese tiempo que pasarían en la escuela, a trabajar.
Los de aquí comen diario… quisiera decir que una dieta balanceada, no lo sabemos pero sí pueden comer lo que quieren, cuando quieren, donde quieren, las veces que quieran. Los de acá… pues no. Nos encontramos todos viviendo en una sociedad profundamente desigual.
Del ejemplo anterior pudimos observar todos los indicadores de carencia social como lo son el rezago educativo, la carencia por acceso a servicios de salud, carencia por acceso a calidad y espacios de vivienda, servicios básicos en vivienda y alimentación.
Sin afán de marearlos, debo comenzar con algo de números 7,930,000—8,918,643.
Estos números se vuelven preocupantes cuando sabemos que se trata de personas; para el 2015 alrededor de 7,930,000 personas en la ciudad de México eran afectados por algún tipo de carencia social. Si tomamos en cuenta que para ese año la población era de 8,918,643 habitantes, lo cual significa que casi el 90% de la población total de nuestra ciudad se encontraba en una situación de rezago, viéndose afectados en su patrimonio, en su desarrollo, en su educación, en su salud, en economía o en su calidad de vida. El 10% que falta, son “los de aquí”.

No todo es la medición y la estadística, bien cierto es que para aspirar a que exista un sano equilibrio en los rubros que rigen la calidad de vida y que denotan un estado de bienestar se necesita para comenzar, una igualdad de oportunidades, pero sin entender “igualdad de oportunidades” como se entienden en los ya trillados discursos, sino entendiéndolo como esfuerzos de pensamiento que se materialicen en políticas públicas exitosas que permitan ofrecer a la población un justo comienzo, una justa competencia y premiación de los esfuerzos.
Para lograr la igualdad y la justicia no solo es cosa de números, no solo son buenas intenciones se necesita decisión, capacidad y experiencia.
Estamos a nada de empezar un año electoral, lo cual significa, que en nuestras manos estará el poder elegir a quien es aquella persona –que dentro de muchas otras cosas- sepa ocuparse de la preocupante realidad desigual en la que vivimos. Bien cierto es que hay desigualdad en todas partes, pero es obligación moral de todos el acortar esa brecha que separa a los de aquí de los de acá.

Seamos objetivos, seamos observadores y busquemos a aquel personaje político que no solo sea capaz de describir los problemas, sino que nos ofrezca una lista con claros puntos de posibles soluciones, para lograr un cambio efectivo en el tema de desigualdad social que hoy tanto aqueja a nuestra ciudad.
La igualdad va más allá de tener la misma casa, es el asegurar que haya un trato igualitario para todos, entendiendo nuestras diferencias y respetando cada una de ellas, dando pie a una verdadera igualdad de oportunidades, una verdadera igualdad salarial, a una verdadera igualdad de derechos, y a una verdadera equidad de género.
El ejemplo que platicaba en un inicio, es tan común y tan corriente como muchos otros más en los que podemos pensar que describirían claramente la desigualdad de nuestra ciudad, pero lo preocupante, lo alarmante, lo verdaderamente inadmisible es que esta desigualdad actúe como una constante que tienda a repetirse por generaciones.
Para impedirlo, necesitamos liderazgos con decisión y capacidad; necesitamos que en nuestra Ciudad de México que se una la juventud con la experiencia, estamos obligados todos y cada uno de nosotros a buscar constantemente reducir las brechas de desigualdad en nuestra sociedad, sin importar si somos de aquí o de acá.