Monitor Nacional
¡Luces! ¡Cámara! ¿Justicia?
México lindo y kafkiano | Alan Díaz Díaz
19 de abril de 2017 - 10:46 am
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La imagen gubernamental, erosionada y al borde del colapso, se haya en jaque sin importar qué pase. El público, escéptico, no halla qué sacar de este suceso. ¿Qué lección nos da esto de la forma de hacer justicia en México?

En un acto milagroso que casi pareciera producto mismo de estos tiempos pascuales que vivimos, a pocos días de que escribiera sobre la célebre captura de Tomás Yarrington y acerca del resto de ex gobernantes que faltaban por enfrentarse con el sistema judicial nacional, dio la vuelta al país la noticia de la captura de Javier Duarte.

Este célebre personaje, el cual se encontraba prófugo desde octubre del 2016, escapando ante la multitud de acusaciones e investigaciones que se hacían en su contra por desvío de recursos y enriquecimiento ilícito (entre otras cosas, algunas tal vez por descubrirse todavía) aun portando el cargo de gobernador de Veracruz, fue capturado el pasado 16 de abril por elementos de la oficina de la Interpol en Guatemala y por la policía nacional guatemalteca en la ciudad de Panajachel encontrándose en un hotel de lujo.

Sin embargo, en medio de la pompa y circunstancia, en medio de los comunicados de tono triunfante por parte de la PGR por lo que se presume fue un operativo conjunto a petición de esta misma dependencia (ocasión en la cual, por cierto, sí tenemos elementos para hablar de una cooperación en la captura, a diferencia del crédito auto-adjudicado en el caso Yarrington) una pregunta improbable surge: ¿Serán estos dos aciertos de la PGR verdaderos milagros de Pascua?

Razonablemente la ciudadanía se haya escéptica ante tales éxitos. La duda carcome la opinión pública con interrogantes como: ¿Cuál fue el verdadero motivo de esta reciente captura? ¿Tiene como propósito distraer a la gente de algo más (dirían los más conspiranoicos)? ¿Es para tratar de legitimar la tan dañada imagen del presidente actual? ¿Tiene propósitos electorales con la contienda mexiquense estatal, de tan vital importancia para el régimen actual, aproximándose? Algunos inclusive se han planteado la posibilidad de que el mismo Duarte se haya entregado voluntariamente al llegar a algún acuerdo con las altas esferas, y unos más (no tan pocos) han llegado al extremo de afirmar que esto ni siquiera sea una captura “real” y haya sido montada, refiriéndose a un escenario donde, a pesar de ser detenido, este político salga libre en poco tiempo.

En el sentido más estricto de la palabra no podemos afirmar, por el momento, conocer las respuestas a estas preguntas, sin importar la opinión que cada quien tenga sobre esto o su grado de experticia, sólo el tiempo nos las brindará. A pesar de esto no debemos distraernos de una cuestión más vital, por ejemplo, puede que usted pertenezca a ese grupo de personas a los cuales todo paso que dé cualquier aparato gubernamental les resulta sospechoso, o puede que sea usted más moderado y encuentre esta actitud carente de bases en ciertas ocasiones. De cualquier manera esto nos revela una realidad de la política mexicana: su falta casi total de legitimidad y credibilidad ante la ciudadanía.

No es secreto que este sentimiento de desconfianza permea toda recepción del discurso público en la actualidad. Nuestros gobernantes, con el presidente a la cabeza, nos han dado (semanalmente pareciera) numerosas razones para adoptar esta postura. En un país donde podríamos creer que la violación de derechos humanos es la especialidad del día no podía ser de otra manera. La corrupción cínica, acompañada de su fiel compañera la impunidad rampante, han tomado el escenario principal y lo han hecho suyo.

Y el que se supone sería el contrapeso para esta sombra, nuestro poder judicial, ha quedado callado vez tras vez, parte incompetente, parte cómplice. Así, la dama de la justicia permanece sin visitar nuestras dependencias jurídicas y palacios de este tercer poder. La aplicación de la ley ha demostrado ser un producto más a disposición del mejor postor.

Ante esto casi se puede escuchar cómo nuestros representantes responderían argumentando todos los éxitos que han tenido, apuntando a la captura…disculpen, capturas, del Chapo (porque son tan buenos que lo pueden hacer hasta tres veces, sólo para presumir), la aprehensión de Elba Esther Gordillo a inicios del periodo peñista o a las más recientes adquisiciones de la PGR en Duarte y Yarrington. ¿Es este el más reciente ejemplo de una medida desesperada para apagar un poco el fuego del descontento social? Probablemente. Y si bien no podemos asegurar esta sea la intención última ciertamente no negaremos será muy útil para cumplir esta tarea.

Es bien conocida esta vieja práctica de aprehender criminales cuando esto sirve a propósitos electorales o cuando el enojo de la población se desborda a un punto inconveniente, vamos, es una tradicional herramienta del manual del cómo hacer política en nuestro país. Es una historia que hemos visto representada una y mil veces en estas obras (algunos dirían específicamente farsas) sexenales. El asunto es que no debemos olvidar la imagen completa, es vital no normalizar estas actitudes, no se puede permitir el gobierno cumpla su función más básica sólo cuando se siente acorralado. La justicia no puede estar supeditada a una función de espectáculo popular.

En este ámbito creo tenemos el primer paso dado (al menos en cierto grado) con la opinión popular virando en sentido contrario a esta representación falsa. Y henos aquí, sufriendo de un dejavu ante las más recientes capturas. ¿Recibirán estas personas el castigo merecido? ¿Se devolverá algo de lo tomado? De aplicarse ¿serán estas medidas permanentes o veremos un caso similar al de Raúl Salinas, donde la condena expira junto a la memoria? Y lo más importante ¿alguien trabajará, o al menos exigirá, para limpiar el sistema que perpetúa estas prácticas? ¿O nos veremos condenados a observar en horror como esta cinta de mal gusto se repite eternamente?

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