Matrimonio Kirchner, una telenovela latinoamericana de corrupción

Entre los mexicanos ya es bien conocido el esquema de desvío de recursos públicos denominado por primera vez por Animal Político como Estafa Maestra. Sin embargo, el arte de llenar bolsillos sin perder la gracia no está limitado a Javier Duarte, Rosario Robles o Alfredo del Mazo. Prueba de lo anterior es el matrimonio Kirchner, quienes a lo largo de sus doce años y medio en el gobierno lograron desviar, con su versión del procedimiento, aproximadamente 3 millones de dólares diarios.

Todo comenzó como acostumbramos en Latinoamérica, con una historia al estilo telenovela de dos jóvenes estudiantes que se conocieron en la Universidad de La Plata. Mientras su amor florecía y su carrera terminaba, enfrentaron la dictadura más violenta de América Latina, producto del golpe militar del General Jorge Rafael Videla en 1976. Alejándose de la capital, decidieron ejercer su labor de abogados en la ciudad de Río Gallegos en la provincia de Santa Cruz y una vez calmadas las aguas, con el regreso de la democracia en 1983, decidieron unirse al partido peronista.

Néstor obtuvo la gobernatura de Santa Cruz en 1991 y finamente, en 2003, llegó a la presidencia argentina. Mientras tanto, Cristina se hizo de una carrera a través del poder legislativo, primero a nivel provincia, luego con una diputación nacional y finalmente siendo senadora hasta que en 2007 llegó a la presidencia, sucediendo a su esposo, al estilo de la pareja fundadora de su partido. Se puede decir que la mayor prueba de amor de Néstor Kirchner fue la entrega del bastón presidencial, eran una pareja diseñada a la medida del poder.

La historia del matrimonio Kirchner es una de entendimiento mutuo y colaboración. Al fin y al cabo, debían encontrar una forma de ascender a la presidencia ¿De quién habrá sido la idea de comprar a todos los sectores políticos argentinos, de él o de ella? Empresarios, sindicalistas, jueces, periodistas, artistas y hasta líderes de la sociedad civil fueron “convencidos” de que el peronismo era la mejor opción para la Argentina, un partido que a pesar de haber gobernado casi todo el siglo XIX no tenía la culpa de ninguna de las múltiples crisis financieras del país. Así comenzaron las concesiones, los billones de dólares repartidos entre los simpatizantes y los subsidios convenientes.

Argentina contempló el clímax de la novela Kirchner, un cuento de ensueño con un hada madrina más generosa que la negociación política: el gasto público. El presidente Kirchner, mediante su Ministro de Planeación Federal e Inversión Pública, Julio de Vido, y el presidente de la Cámara de Construcción Carlos Wagner, generaron el esquema de desvío de recursos públicos más eficiente conocido hasta el momento. El procedimiento era sencillo; durante juntas periódicas de estos tres miembros se convendría quiénes serías las compañías que ganarían las licitaciones para la construcción de hospitales, escuelas, carreteras y todo lo que la sociedad argentina tan fervientemente necesitaba para su progreso.

Una vez acordada la entrega del contrato, la compañía tenía que cobrar un pago por adelantado al gobierno para empezar a trabajar, dinero que debía regresar de manera íntegra y en efectivo a Kirchner y su grupo de amigos. Sin embargo ¿cuál era el incentivo para las compañías? Bueno, además de cobrar por sus servicios, los empresarios recibían jugosas comisiones agregando del 30% al 40% del presupuesto inicial bajo el concepto de costos extras. Incluso, se registraron casos en los costos de los proyectos de construcción de infraestructura incrementaron 2.8 veces el presupuesto inicial. Más aún, no había ni si quiera la necesidad de terminarlos.

El esquema era tan bien planeado, tan bien ejecutado y tan bien silenciado, que prosperó en Argentina más de una década. No obstante, esta era una telenovela latinoamericana, lo que implicaba un final con moraleja; en este caso, que el diablo está en los detalles.

Los llamados “cuadernos de la corrupción”, escritos por el conductor de confianza del agente de los sobornos, relataban con todo detalle cada viaje, cada edificio, cada nombre, cada conversación involucrada en el esquema de corrupción. Un tanto tarde para Néstor, quien dejó por su cuenta a su amada Cristina, la investigación salió a la luz en julio de este año. Así, aun cuando Cristina pide la nulidad de la denuncia contra ella, alegando un complot contra la izquierda de América Latina, lo cierto es que sus amigos la han abandonado. Y es que ya una vez expuestos sus nombres en los “cuadernos de corrupción”, quién podría culparlos por cooperar con el departamento de justicia.

Quizá la traición del amigo que más dolió a Cristina fue la de Carlos Wagner, quien no solamente acusó al matrimonio de la autoría del esquema de corrupción, sino que además confesó la escandalosa cantidad de 3 millones de dólares diarios desviados a los bolsillos de los políticos. Finalmente, como toda buena protagonista, la salida de Cristina ha sido la victimización que defiende mediante el término “persecución política”.

En México, sin embargo, no nos sorprenden ya este tipo de escándalos. Somos inmunes a la sorpresa de los fraudes, las estafas y los robos; al fin y al cabo, qué son 3 millones de dólares comparados con los miles de millones que se han perdido en México ¿Cómo se puede comparar el involucramiento del sector de construcción en el esquema de corrupción argentino con la alianza evidente y sínica de todas las secretarías (de educación, de salud, etc.) en esquemas tan ben ejecutados como la Estafa Maestra? América Latina está tan lastimada por los esquemas de corrupción de los garantes de la democracia que ha optado por la utilización de un mecanismo de defensa llamado indiferencia. El problema radica en que este esquema casi siempre evoluciona, gira y se revuelve en el interior de los ciudadanos y se verbaliza a través de un discurso violento que termina en hambre de transformación. Ahora Cristina está protegida por los fueron parlamentarios que le permiten ser condenada pero no detenida; aunque el factor que no se ha tomado en cuenta es el de la sociedad, una que ya no quiere quedarse callada y que ejerce cada vez más presión.