México: El ecosistema que perdimos

Esta semana traemos para ustedes un capítulo más en la historia ya conocida que representa el deterioro ambiental en México. En esta historia, además de personajes reconocidos, tenemos situaciones y actitudes familiares ¿El descuido? Nuestra marca distintiva ¿La indiferencia? Nuestra bandera.

Cada semana, un servidor, junto a otros tantos compañeros que escriben para este periódico en línea, procuramos traerles las historias más interesantes y más relevantes de los acontecimientos nacionales. Hasta cierto punto nuestro trabajo es sencillo, no se necesita tener mucha imaginación como para tener historias cada vez más sorprendentes, de eso se encargan los protagonistas de estas historias, determinados a superarse a ellos mismos y a sus camaradas de trabajo en campos que son especialidad mexicana: corrupción, lavado de dinero, asesinato, cinismo, etc.

Sin embargo, dentro de estas olimpiadas políticas nos falta de revisar un evento, un aspecto importante, una discusión que a pesar de su urgencia (seguida de un posterior olvido casi inmediato) ha salido a la luz con fuerza debido a acontecimientos recientes: el estatus del medio ambiente en México. El pasado martes la zona metropolitana la ciudad donde vivo, Guadalajara, se vio bajo una nube de humo inmensa, imponente, como ninguna otra antes. ¿El origen? Ya sospechado por la mayoría, un incendio en el Bosque de la Primavera. Esto es algo que ya conocemos aquellos que vivimos aquí y algo que ya estamos acostumbrados a ver año con año en estas épocas.

Sin embargo, esta ocasión probó ser diferente, y especialmente trágica, las fuerzas de protección civil y bomberos se vieron sobrecogidos al tener que enfrentarse casi simultáneamente a 16 incendios (sí, han oído bien, 16 incendios) en distintos puntos, algunos sospechosamente muy alejados del siniestro original. Como se puede imaginar esto derivó en una contingencia atmosférica de alta magnitud y en ella suspensión temporal de clases en docenas de escuelas debido a la quema de ya miles de hectáreas de bosques y demás áreas verdes (incluyendo protegidas).

Por si esto no fuera suficiente, investigaciones posteriores del departamento del gobernador parecían sospechar que tres de los cuatro incendios de alta peligrosidad habían sido causados, el gobernador Aristóteles Sandoval dijo “Ya tengo a todo el personal de la Fiscalía trabajando en la vigilancia y prevención y si en su momento determinamos la detención en flagrancia o denuncia, vamos a ir hasta las últimas consecuencias, (vamos) a sancionar aquellos irresponsables que estén haciendo daño a nuestro bosque”.

Después de examinar este caso lamentable cabe decir que problema aquí no es realmente el incendio per se. Aunque es un problema no sirve más que para dejar en claro numerosas carencias que tenemos no sólo aquellos que habitamos en Jalisco (cuarto estado más afectado por los incendios, de los cuales la mayoría son causados por el hombre) sino los mexicanos en general. Este episodio no es más que eso, un episodio más en una historia de nuestro medio ambiente marcada por la tragedia y el descuido.

Para mostrarlo basta remitirnos en primer lugar a las estadísticas que nos indican que en 2015 hubieron 66 incendios en Jalisco, sólo para ser superados por un impresionante aumento a 99 incendios en el siguiente año (quién sabe a cuántos lleguemos este año, es probable que con este inicio podamos “superarnos”). Luego cabe recordar las peleas por el Bosque de los Colomos, algunas ganadas, algunas perdidas; la escasez inevitable de agua nacionalmente que se cierne sobre nosotros cual sombra; la infame destrucción de los ecosistemas en Cancún en favor de construir complejos turísticos; los accidentales derrames de petróleo en la última década; el persistente daño a nuestros manglares; las ya comunes prácticas de la quema de bosques y terrenos intencionalmente con el fin de construir posteriormente en el área y cambiar el uso de suelo; y la reciente batalla legal para intentar hacer una reforma que no permita construir en predios incendiados por al menos 20 años, que aunque valiosa llega un poco tarde y nos ilustra el atraso en materia climática que tiene nuestro país y que promete cobrársenos caro.

Es verdad, la mayoría comprende que hasta cierto punto eventualmente la Madre Naturaleza ha de cobrarnos los platos rotos y hemos de enfrentar las consecuencias de nuestras acciones. Sin embargo, ante la falta de actividad en este campo sólo queda preguntarnos si el gobierno y la población se dan cuenta de lo grave de la situación, y de lo caro que resultará la inacción no sólo en el futuro, sino de lo que resulta en este mismo momento. Para ayudarnos podemos plantear un par de cifras: El INEGI reportaba el último año gastos de casi mil millones de pesos causados por el deterioro ambiental en sus distintos niveles, a la vez señalaba que 68.2% de la población es altamente vulnerable al impacto del deterioro ambiental en México, además, ocupamos un honroso primer lugar en especies en peligro de extinción (con un 63%), entre otros tantos números (de buscar el informe sobre Greenpeace sobre el tema encontrará información extensa sobre estos fenómenos, para que siga sorprendiéndose).

La conclusión relevante a sacar de esto, es que efectivamente nos encontramos en una contingencia ambiental, pero no una que dure un par de días, y ciertamente una que no se puede solucionar únicamente con agua y un par de aviones. Esta contingencia ambiental nacional requiere una examinación sistemática, un reconocimiento tanto gubernamental como ciudadano, y una acción conjunta entre estos dos sectores, ya que la parte ciudadana frecuentemente la pasamos de largo, olvidando que nosotros como ciudadanía jugamos un papel estelar ya sea como salvadores o destructores ¿qué elegiremos ser? Por lo pronto debemos de entender que la batalla por nuestros ecosistemas es una que vale la pena pelear, y una que será más doloroso evitar. De quedarnos sentados observando cómo asciende el fuego tenemos el riesgo de, en los próximos años, no heredar por patrimonio más que un puño de cenizas.