México tiene el llanto atorado en el pecho

Las heridas que México tenía desde hace 32 años se abrieron de nuevo el martes 19 de septiembre, cuando el reloj marcó las 13:14 el aturdidor sonido de la alarma sísmica anunciaba una de las tragedias más importantes de los últimos tiempos para el país; dos minutos bastaron para la devastación se hiciera presente.

Apenas dos horas antes bromeábamos sobre un simulacro que año con año nos “quita una hora de actividades laborales y escolares”, nos jactábamos sobre “lo preparados que estamos para un sismo de grandes magnitudes”, “que no volvería a repetirse lo del 85” y muchas cosas más. Cosas que hoy nos demuestran que para lo único que estamos preparados, con todo el dolor de mi alma, es para buscar a los muertos: en los mismos lugares que hace tres décadas.

“Y he aquí el primer descubrimiento. ¿Qué pasa con nuestro gobierno? ¿Quién cuida a los mexicanos? ¿Qué diablos es un asentamiento humano? ¿Dónde están los que mandan y dirigen? Aquel 19 de septiembre de 1985 era lo que podían gritar los mexicanos… Esto es un breve fragmento del libro, casi obligatorio para quienes estudiamos periodismo, “Nada, nadie, las voces del temblor” y permítanme decirles que la historia de Elena Poniatowska no es muy diferente al día de hoy…

Justamente ayer escribía sobre las imágenes previas al sismo de hace 32 años, la moda que había, la música que se escuchaba en las calles y los productos televisivos que tenía la gente de aquel entonces. Ayer era un día para recordar las anécdotas que toda mi vida he escuchado, los rescates, las sensaciones, el dolor. Todo, sin imaginar que tan solo dos horas después experimentaría en carne propia.

Ayer viví dos minutos de preocupación, sin embargo tan grande fue la impresión, que no me percaté de las dimensiones de lo ocurrido. Aún en shock, salí camino a casa y entonces un perturbador silencio dominaba las calles, el transporte público escaseaba como pocas veces, la ciudad colapsaba un poco más a cada minuto.

Cuando después de mucho tiempo, hallé la forma de llegar a mi hogar, las caras tristes estaban por todos lados, ya no sabía qué sonido era peor, si el de las sirenas apresuradas por llegar con ayuda o el doloroso silencio que una vez más invadía a mi ciudad.

Los primeros reportes de daños ya se escuchaban por la radio y tv, y ahora también por Facebook, Twitter y WhatsApp, los teléfonos no dejaban de sonar, notificaciones, llamadas y mensajes llegaban sin parar. Y justamente ahora nos tocó a nosotros, una generación inmersa en redes sociales, llevar la información casi instantánea. Pero no saben lo difícil que ha sido leer y escribir sobre el número de muertos, los colapsos, los rescates y muchas historias que anteriormente leí, pero que, ni en el remoto caso imaginé vivir.

Y para muchos de mis compañeros creo que fue difícil, con lágrimas en los ojos leía: “a todos se nos rompió el corazón un poco”, “nunca antes contar lo que está pasando había dolido tanto”. Entre otras cosas.

Sin embargo, hemos sacado la casta, los jóvenes periodistas, comunicólogos se han comportado a la altura de la situación, por eso creo en mi país, creo que aún somos muchos lo que queremos hacer la diferencia, es momento de demostrarlo, de olvidar rencores, de ser menos pretenciosos, de unirnos. La gente mayor no es quien va a salvar a México, somos nosotros, la generación que vive de y para las redes sociales, tenemos que usar estas herramientas a nuestro favor.

No se queden sentados frente a una pantalla ¡Si nosotros no hacemos algo, nadie lo hará!