Miedo a la oscuridad

Cuando era más pequeña le tenía miedo a la oscuridad. Me daba la impresión, cada vez que tenía que irme a dormir, de que algo malo saldría del clóset semi abierto; que algo podría tomar mi pie cuando intentaba levantarme por agua o al baño; que algo me veía desde arriba, en las esquinas del techo, donde la luz de la luna no alcanzaba a llegar.

Dormía con mis padres o mi hermano casi todas las noches, aterrada por la negrura de la noche y de los monstruos que me acechaban dentro de ella, tantos que ya no podía ni describirlos. Finalmente, cuando ya era demasiado grande como para dormir en otro lado que no fuera mi habitación, resolvieron comprarme una lámpara de noche, de esas que solo tienes que conectar a la corriente y presionar un botón. Eso ayudó hasta que crecí un poco más y comencé a pensar de manera más lógica.

No había monstruos en la oscuridad. No había cosas esperando a que bajara mi pie para arrastrarme debajo de mi cama hasta su guarida y comerme. No había ojos observando desde arriba, esperando a que me durmiera para finalmente hacerme algo. Solo eran supersticiones mías, alimentadas por años y años de historias de terror contadas aquí y allá por mis amigos, la televisión y mi familia. Era, pues, un miedo infundado.

Años más tarde, me enteré que en realidad no era un miedo tan infundado después de todo, sino uno que más bien ya no tenía sentido tener. Me explico: los hombres de las cavernas (nuestros antepasados más inmediatos y los primeros de nuestra especie) tenían razón al sentir miedo de la noche. Eran, igual que nosotros ahora, criaturas de lo más frágiles. Un paso en falso y podrían ponerse en evidencia ante un montón de depredadores, que aprovecharían el momento y, gustosamente, los convertirían en su cena. Los seres humanos, claro está, no tenemos desarrollados el sentido del oído o del olfato como sí los tienen los animales, por lo que estamos condenados a servirnos de nuestros ojos para todo. En aquellos tiempos, la vista era un sentido decisivo entre la muerte y la supervivencia; por eso, es natural que los primeros seres humanos le tuvieran miedo a la oscuridad y que, antes de la invención de métodos más eficaces para alejarla, inventaran toda clase de mitos para que nadie se acercara a ella. Es, pues, un miedo más bien ancestral y no uno que esté basado en cuestiones lógicas. Un miedo con el que nacemos y del que no podemos desprendernos, por lo menos hasta que crecemos un poco.

Cuando compartí mi teoría con mi familia, el primero en rebatirme fue mi padre. “No le tememos porque exista algo que nos vaya a comer” –dijo, muy serio. “Es porque no sabes qué hay ahí. Le tememos a lo desconocido.” Discutí un poco con él, típico de adolescente intentando demostrar que tiene la razón, y durante mucho tiempo creí que yo estaba en lo correcto.

Cuando entré a la carrera, mi miedo a la oscuridad y la discusión con mi padre habían quedado en el olvido, y habrían quedado en solo una divertida anécdota familiar para contarle a mis hijos cuando fueran mayores, de no ser porque recientemente han pasado cosas en el mundo que me han regresado a esa plática. La primera fue la elección de Donald Trump en Estados Unidos y los cada vez más frecuentes ataques racistas que comenzaron a experimentar diversas comunidades de minorías en ese país. Principalmente, los migrantes. Personas que van huyendo, que lo han perdido todo… que van a lo desconocido, con miedos reales. Personas que probablemente nunca lleguen, no porque se quedaron en otros lugares, sino porque no sobrevivieron a la travesía de alguna manera u otra.

A principios de este verano, se hablaba mucho de la creación de un centro de detención para infantes en Texas, donde los niños latinos eran separados de sus padres y dejados ahí, a merced del gobierno de Estados Unidos. No lo digo de esta manera para sonar cruel, pues es noticia también que las autoridades estadounidenses “perdían” el registro de los padres, por lo cual básicamente dejaban a los niños sin familia. También se sabe que murieron niños de enfermedades respiratorias, muertes que no fueron informadas hasta que reporteros pudieron entrar al lugar. Niños aventados sin más a una fosa común.

La gente no hizo escándalo por este asunto, sin dudas menos conocido que los videos virales de redes sociales como Facebook y Twitter, mismos en los que varios mexicanos comentan a favor de sus compatriotas y en contra del racismo estadounidense. No dejamos pasar los mensajes de Trump, que exige un muro en la frontera sur porque nosotros “no enviamos lo mejor” de nosotros. Nosotros no somos ladrones, decimos, no somos malas personas. Solo queremos una mejor oportunidad para nuestras familias.

Pero cuando la situación es a la inversa, cuando a nosotros nos toca recibir migrantes, suceden cosas como las que se suscitaron al paso de la caravana migrante, que cruzó a México desde la frontera con Guatemala. Personas que huían, que tenían miedo, que querían comer y descansar. Hombres y mujeres con sus niños. Y entonces no hizo falta nada para que la discusión entre los mexicanos se inclinara hacia el Trump que hay en sus corazones. “Son puros maras”. “Vienen a robar y a violar”. “Nos van a quitar el trabajo”.

Fue esta situación lo que me hizo acordarme de la conversación con mi padre. El tiene razón, el miedo a la oscuridad no es una cuestión ancestral, como el apéndice, que no sirve para nada. Le tememos a lo que está ahí y no conocemos.

Y llegué a la conclusión de que en realidad no tememos a los migrantes porque nos vayan a dañar necesariamente. Les tememos porque no los conocemos, porque estamos acostumbrados a que ellos son “el otro”, algo impensable.

Realmente, somos una bola de hipócritas y de cobardes, pero eso está bien ¿no?

Después de todo, tenemos que sobrevivir… aún a costa de otros humanos que sufren.