Monitor Nacional
Mujeres guatemaltecas trabajando en Chiapas
Divisadero | Eduardo Gonzalez
21 de octubre de 2015 - 10:48 am
Guatemala-MN
Las mujeres guatemaltecas que conforman la dinámica laboral entre Chiapas y su país tienen fuertes vínculos históricos, económicos y culturales con varias poblaciones del sureste mexicano

En los últimos ciento cincuenta años, el patrón migratorio centroamericano ha presentado cuatro diferentes etapas: el primer periodo corre de la segunda mitad del siglo XIX hasta finales de los años setenta de la centuria pasada, en él se presentaron flujos y reflujos temporales de indígenas y campesinos en busca de empleo en las plantaciones de la frontera sur de México, pero también entre las naciones centroamericanas. A finales de este primer momento algunos trabajadores emprendieron la migración de ida y vuelta hacia Estados Unidos usando una visa mexicana de “turista” para cruzar nuestro país, y una vez llegados a nuestra frontera norte ingresaban de manera “ilegal” a la Unión Americana. La segunda etapa corrió de finales de los años setenta hasta el término de la década de los años ochenta del siglo XX. El contexto social, económico y político fue más violento: crisis económica, deuda externa, desmoronamiento del crecimiento y desarrollo, aparición de grupos guerrilleros y gobiernos autoritarios producto de golpes de Estado. Entre un millón y millón y medio de centroamericanos migraron a otros países mientras un millón más se desplazó en el interior de sus naciones. En este periodo es cuando el gobierno mexicano amplió los requisitos legales que debían cubrir los centroamericanos para ingresar al país; esta medida no limitó el flujo migratorio, pero cambió su estatus convirtiéndola en “ilegal”, lo que devino en una criminalización de los migrantes. La tercera etapa comenzó a fines de los años ochenta, una vez concluidos los conflictos armados y recuperada cierta estabilidad política. Muchos individuos y familias migrantes del periodo anterior dejaron de ser “refugiados de guerra” para convertirse en “exiliados económicos” en busca de mejores condiciones de vida. La cuarta fase inició a partir del año dos mil donde identificamos mayor peso específico de la migración extra regional; una combinación entre migraciones internas y externas; y una agudización de la violencia contra los migrantes a su paso por México.

A lo largo de las últimas décadas ninguno de los países del istmo han podido garantizar a sus ciudadanos las condiciones mínimas para que no experimenten la obligatoriedad migratoria; sea por guerras intestinas, por pobreza, por violencia urbana, o por persecuciones políticas los centroamericanos cargan en su historia la penosa necesidad de huir de la tierra que los vio nacer. La histórica pobreza de Centroamérica catapulta a sus habitantes allende las fronteras en busca de un lugar para vivir. De los poco más de 43 millones de personas del área, 75 por ciento subsisten en la pobreza, de ellos la mitad se encuentran en pobreza extrema. En el caso de Guatemala, 55 por ciento de sus habitantes viven en la pobreza y 29 por ciento sufre indigencia; en cuanto al Índice de Desarrollo Humano (IDH) el país se encuentra ubicado en el lugar 125 del planeta.

La frontera sur mexicana es un territorio ambiguo, inestable, violento, poroso; en permanente movimiento; un espacio que se redimensiona ante el incesante flujo de personas que transitan con su bagaje cultural a cuestas. La frontera chiapaneca es una constante renegociación entre conglomerados de desposeídos que únicamente se diferencian por el grado de explotación que han sufrido. Al término del día la frontera solo “negocia” el precio de la sumisión.

No hay duda, las centroamericanas ingresan a Chiapas para trabajar. “En mi país todo está muy caro y no hay trabajo, y cuando lo encuentras la paga es muy poca”, dice una salvadoreña al pie de las vías del tren a las afueras del municipio de Arriaga.

Las mujeres guatemaltecas que conforman la dinámica laboral entre Chiapas y su país tienen fuertes vínculos históricos, económicos y culturales con varias poblaciones del sureste mexicano. El empleo al que acceden tiene las características marginales presentes en varios espacios de la cotidianidad económica y social de Chiapas. Son empleos, muchos de ellos enclavados en las zonas agrícolas, abandonados por los chiapanecos que migran hacia otras zonas del país o Estados Unidos en busca de trabajos mejor remunerados. No obstante que muchas guatemaltecas ingresan a nuestro país con un permiso para laborar, esto no les garantiza acceder a las prestaciones laborales básicas como salud, aguinaldos o vacaciones. Aun así, los recursos que obtienen son mayores a los salarios en su país.

En 2013 la movilidad laboral transfronteriza entre México y Guatemala se consolidó en intensidad registrándose al menos 700 mil cruces de personas. La Emif Sur 2013 registró entre 2004 y 2007 un promedio anual de 3 millones de desplazamientos de personas en la región Chiapas-suroccidente de Guatemala, de los cuales 13 por ciento se refiere a desplazamientos de tipo laboral. La mitad de estos migrantes se encuentra entre las edades de 15 y 29 años. Quienes cuentan con primaria concluida son 28 por ciento.

Para ingresar a México los guatemaltecos y beliceños cuentan con diversos permisos según sean los objetivos de su viaje. Pueden tramitar directamente en los puntos de internación la Tarjeta de Visitante Regional (TVR) que les permite visitar hasta por tres días los municipios de los estados fronterizos; también pueden solicitar la Forma Migratoria de Trabajador Fronterizo (FMTF) para desempeñarse como trabajadores temporales en los estados de Quintana Roo, Campeche, Tabasco y Chiapas. Este permiso lo pueden tramitar los mayores de 16 años que cuenten con una oferta de trabajo lícita y honesta de un empleador mexicano y que no tengan malos antecedentes o hayan violado las leyes nacionales. Es importante que presenten la oferta de trabajo por escrito, firmada por el empleador o su representante legal, en la que se indique el salario que obtendrán; si el pago que recibirá en México es menor al salario mínimo o hasta tres salarios mínimos para trabajos especializados, la FMTF no tiene costo, si el salario es mayor al límite mencionado se debe pagar $1,904. La forma migratoria los limita a realizar las actividades económicas que indiquen en los estados fronterizos por el tiempo indicado, asimismo deben avisar a las autoridades migratorias en caso de cambiar de empleo. La portación de la FMTF permite el ingreso del cónyuge e hijos como dependientes económicos. En caso de incumplimiento de cualquier obligación, el extranjero se hará acreedor de una sanción administrativa que puede ir desde una multa hasta la expulsión del país, misma que contará como antecedente negativo para una próxima documentación. Algo muy importante es que bajo ningún motivo el empleador podrá detener la FMTF del centroamericano, cuya vigencia es de un año.

La paradoja que atraviesa la realidad de las mujeres guatemaltecas que trabajan en Chiapas es que cruzan las aguas del río Suchiate para buscar ganarse la vida lejos de las malas condiciones de sus países ora económicas, ora de violencia e inseguridad, ora de agresiones domésticas, pero México las recibe con una profunda desigualdad que recorrer amplios espacios de la vida nacional. Sin negar que a lo largo de los años han encontrado empleo, este siempre ha sido mal remunerado: hoy en día los salarios van de los 70 a 140 pesos por una jornada de al menos 10 horas.

En el contexto chiapaneco es posible identificar tres flujos migratorios distintos, a saber: personas nacidas en Centroamérica que residen y trabajan en Chiapas; trabajadoras transfronterizas quienes cruzan a laborar en ese estado por periodos cortos; y trabajadoras temporales que atraviesan y mantienen una estancia de mayor duración o por ciclos agrícolas.

Una de las principales ocupaciones de las mujeres se da en el servicio doméstico. La jornada es de lunes a sábado, los domingos es su día de descanso. La mayoría no tiene papeles. Es el mismo caso que las chicleras que andan en la calle y les dan donde vivir a cambio de que vendan dulces y cigarros. En este sentido, es que se ha señalado que la inserción laboral de guatemaltecos a trabajos no agrícolas ha modificado la forma tradicional de movilidad laboral transfronteriza familiar a una de tipo individual, especialmente a empleos u ocupaciones como las de trabajadoras domésticas, donde únicamente la persona se moviliza a la casa chiapaneca donde labora.

Las trabajadoras domésticas, también muestran una diferencia muy importante con los trabajadores agrícolas; su grado de inserción en la dinámica cotidiana del lugar de destino. Los jornaleros van de su comunidad directamente (contratados o no) a la unidad productiva y prácticamente no salen de ahí hasta que su periodo de trabajo termine y regresan a su comunidad; por esta razón sus vínculos sociales con la comunidad receptora son casi nulos a diferencia de los trabajadores en las ciudades (hombres, mujeres y niños) que van creando vínculos con parte de la población mexicana y se insertan en las actividades cotidianas.

Aunque las mujeres guatemaltecas miran la migración hacia Chiapas con mayor “seguridad” por la cercanía que existe con sus comunidades de origen, lo que les permite regresar a casa si las condiciones de violencia se agudizan en demasía, lo cierto es que la vulnerabilidad cotidiana se presenta en todos sus espacios sea por su situación “irregular”; sea por el tipo y condiciones de empleo; sea por la persecución y hostigamiento de las “autoridades”; sea por las constantes violaciones a sus derechos humanos; sea por las “contradicciones” de las leyes migratorias mexicanas. En la práctica pareciera que la violencia de sus comunidades migra con ellas a los territorios chiapanecos.

Las mujeres que trabajan y viven en las fincas cafetaleras se dedican a las labores del hogar y algunas  a  la cosecha del grano, en cambio sus maridos siempre salen a la cosecha. Sean hombres o mujeres las jornadas en el campo son mínimo de ocho horas tapiscando el café durante dos temporadas de tres semanas cada una durante el año. El salario depende de lo los costales que lleguen a cosechar, regularmente por día llegan a ganar entre 100 y 200 pesos. Algunos finqueros les proporcionan vivienda, alimentos, médicos y educación básica para los niños, todo ello son costo para los mexicanos y guatemaltecos sean permanentes o temporales.

En relación a la contratación, ésta se presenta de dos maneras. La primera es por medio de los contratistas o consejeros de empleo que tramitan la documentación de los trabajadores a través de la FMTF; y la segunda es en la que los trabajadores migratorios se contratan en las fincas de la región es de manera voluntaria; esto quiere decir que no tienen intermediarios en su proceso de contratación e ingresan al país a través de un pase local, llegando directamente a las unidades productivas y trabajando en ellas sin un contrato de por medio.

Es de llamar la atención que muchas guatemaltecas iniciaron su experiencia migratoria-laboral acompañando a sus parejas con el encargo de las “labores del hogar y el cuidado de los niños”, pero al paso de tiempo y con “tanta necesidad” las mujeres “nos incorporamos al trabajo agrícola, doméstico o como vendedoras ambulantes, o meseras”. Muchas mujeres también han visto terminar su relación sentimental y comenzar a cruzar la frontera solas o en compañía de sus hijos “cuando no hay con quien dejarlos al otro lado”. En algunos casos los maridos iniciaron el camino hacia Estados Unidos sin la posibilidad del retorno.

Al quedar como jefas de hogar, las mujeres guatemaltecas que trabajan en Chiapas corren con la responsabilidad de todas las actividades del núcleo familiar, sobre todo la educación y manutención de los hijos. La “ventaja” de todo ello, es que su incursión al trabajo chiapaneco sea en las fincas agrícolas, en el comercio ambulante, en negocios de alimentos o en el servicio doméstico, es la escasa distancia que deben recorrer; los bajos costos del cruce, entre veinte y treinta pesos cada vez que ingresan a México; el fácil acceso a nuestro país, “ingresar a tu país es muy fácil, lo cabrón es cruzarlo”; y la fuerte demanda de mano de obra en la ciudad y en el campo. “Todo esto, y darle de comer a nuestros hijos es lo que nos motiva a seguir viniendo”. Comenta un grupo de mujeres una tarde de descanso en una plaza cualquiera de Tapachula.

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